Al igual que todos los años, en los meses de verano, la Señora Pata se dedicaba a empollar. El resto de las patas del corral siempre esperaban con muchos deseos que los patitos rompiesen el cascarón para poder verlos, pues los patitos de esta distinguida pata siempre eran los más bellos de todos los alrededores.
El momento tan esperado llegó, lo que causó un gran alboroto ya que todas las amigas de mamá pata corrieron hacia el nido para ver tal acontecimiento. A medida que iban saliendo del cascarón, tanto la Señora Pata como sus amigas gritaban de la emoción de ver a unos patitos tan bellos como esos. Era tanta la algarabía que había alrededor del nido que nadie se había percatado que aún faltaba un huevo por romperse. El séptimo era el más grande de todos y aún permanecía intacto lo que puso a la expectativa a todos los presentes. Un rato más tarde se empezó a ver como el cascarón se abría poco a poco, y de repente salió un pato muy alegre. Cuando todos lo vieron se quedaron perplejos porque este era mucho más grande y larguirucho que el resto de los otros patitos, y lo que más impresionó era lo feo que era.
Esto nunca le había ocurrido a la Señora Pata, quien para evitar las burlas de sus amigas lo apartaba con su ala y solo se dedicaba a velar por el resto de sus hermanitos. Tanto fue el rechazo que sufrió el patito feo que él comenzó a notar que nadie lo quería en ese lugar. Toda esta situación hizo que el patito se sintiera muy triste y rechazado por todos los integrantes del coral e incluso su propia madre y hermanos eran indiferentes con él. Él pensaba que quizás su problema solo requería tiempo, pero no era así pues a medida que pasaban los días era más largo, grande y mucho más feo. Además se iba convirtiendo en un patito muy torpe por lo que era el centro de burlas de todos. Un día se cansó de toda esta situación y huyó de la granja por un agujero que se encontraba en la cerca que rodeaba a la propiedad. Comenzó un largo camino solo con el propósito de encontrar amigos a los que su aspecto físico no les interesara y que lo quisieran por sus valores y características. Después de un largo caminar llegó a otra granja, donde una anciana lo recogió en la entrada. En ese instante el patito pensó que ya sus problemas se habían solucionado, lo que él no se imaginaba que en ese lugar sería peor. La anciana era una mujer muy mala y el único motivo que tuvo para recogerlo de la entrada era usarlo como plato principal en una cena que preparaba. Cuando el patito feo vio eso salió corriendo sin mirar atrás.
Pasaba el tiempo y el pobrecillo continuaba en busca de un hogar. Fueron muchas las dificultades que tuvo que pasar ya que el invierno llegó y tuvo que aprender a buscar comida en la nieve y a refugiarse por sí mismo, pero estas no fueron las únicas pues tuvo que esquivar muchos disparos provenientes de las armas de los cazadores. Siguió pasando el tiempo, hasta que por fin llegó la primavera y fue en esta bella etapa donde el patito feo encontró por fin la felicidad. Un día mientras pasaba junto a estanque diviso que dentro de él había unas aves muy hermosas, eran cisnes. Estas tenían clase, eran esbeltas, elegantes y se desplazaban por el estanque con tanta frescura y distinción que el pobre animalito se sintió muy abochornado por lo torpe y descuidado que era él. A pesar de las diferencias que él había notado, se llenó de valor y se dirigió hacia ellos preguntándole muy educadamente que si él podía bañarse junto a ellos. Los cisnes con mucha amabilidad le respondieron todos juntos: – ¡Claro que puedes, como uno de los nuestros no va a poder disfrutar de este maravilloso estanque! El patito asombrado por la respuesta y apenado les dijo:
– ¡No se rían de mí! Como me van a comparar con ustedes que están llenos de belleza y elegancia cuando yo soy feo y torpe. No sean crueles burlándose de ese modo. – No nos estamos riendo de ti, mírate en el estanque y veras como tu reflejo demostrara cuan real es lo que decimos.- le dijeron los cisnes al pobre patito. Después de escuchar a las hermosas aves el patito se acercó al estanque y se quedó tan asombrado que ni el mismo lo pudo creer, ya no era feo. ¡Se había transformado en un hermoso cisne durante todo ese tiempo que pasó en busca de amigos! Ya había dejado de ser aquel patito feo que un día huyó de su granja para convertirse en el más bello y elegante de todos los cisnes que nadaban en aquel estanque. El patito feo
Había una vez, una mamá cabra que vivía en una casita del bosque con siete cabritillos. Los pequeñines vivían muy felices, protegidos por su madre de todo peligro. Cierta mañana, la cabra decidió salir al bosque en busca de comida para sus pequeños pero antes de partir les advirtió: “Mis queridos hijos, no deben abrirle la puerta a nadie hasta que yo regrese. El lobo malo anda suelto por el bosque y de seguro vendrá a devorarlos mientras yo no esté”. “No te preocupes mamá. Tendremos mucho cuidado”, prometieron los cabritillos viendo alejarse a su madre por el bosque. Unas horas después, mientras los pequeñines saltaban y jugaban dentro de la casita, oyeron unos golpes secos en la puerta. “Hijitos míos, soy vuestra madre y he regresado. Por favor, abridme”. Pero los cabritillos no se dejaron engañar, pues supieron por la voz que se trataba del lobo malo. “No abriremos la puerta. Sabemos que no eres nuestra madre”, gritaron los cabritillos con todas sus fuerzas. El lobo, enfurecido, salió a toda velocidad hacia su cueva y devoró una docena de huevos para aclararse la voz. Al llegar nuevamente a la casita de mamá cabra, toco suavemente la puerta y dijo con mucho cuidado: “Hijos míos, soy vuestra madre y les he traído un regalo. Abridme, por favor”. Engañados por la voz suave y melodiosa del lobo, los cabritillos decidieron mirar por debajo de la puerta y fue entonces cuando pudieron ver las patas negras y gordas del lobo. “No te abriremos porque no eres nuestra madre”, gritaron los pequeñines con temor. Sin embargo, el lobo no se rindió, y partió hacia su cueva nuevamente para pintarse las patas con harina blanca. Por segunda vez, arribó la bestia a la casita donde vivían los cabritillos. “Abridme la puerta mis queridos hijos. Mamá cabra ha llegado”, dijo el lobo malo con una voz suave y musical. Al mirar por debajo de la puerta, los pequeñines pudieron ver unas patas blancas como las de su mamá, y fue entonces cuando el lobo logró entrar a la casita. Muertos de miedo, los pequeños cabritos se pusieron a correr por todo el lugar, pero el lobo era mucho más rápido y logró capturar al cabrito que se había escondido en la estufa, al que se refugió debajo de la cama, al que quedó colgado del techo, al que se ocultó detrás del piano y finalmente, al que se había metido debajo de la alfombra.
Uno por uno, la bestia feroz devoró a los cinco cabritillos, sin darse cuenta que uno de los pequeñines se había quedado escondido en el armario. Repleto y cansado, el lobo decidió abandonar la casita para irse a dormir a la sombra de un árbol. Tiempo después, mamá cabra llegó por fin a la casita con la esperanza de ver a sus hijos, pero cuál fue su sorpresa cuando descubrió que solamente uno de los cabritillos se encontraba en el lugar. Asustada y nerviosa, mamá cabra abrazó a su pequeñín mientras este le contaba cómo el lobo malo había devorado a sus hermanos. Sin tiempo que perder, la madre salió en busca del lobo feroz, y tal cómo había imaginado lo encontró tendido a los pies de un árbol, roncando y durmiendo profundamente con la panza hinchada de tanto comer. Con gran valor, mamá cabra regresó a casa en busca de hilo, agujas y una tijera, para abrirle la panza al lobo malo y rescatar a sus hijitos.
Tan pronto cómo abrió la panza, uno de los cabritillos asomó la cabeza, luego otro, y otro, y otro, hasta que los seis pequeñines se encontraron a salvo bajo el amparo de su madre. Seguidamente, la cabra le indicó a sus hijos que buscaran todas las piedras en los alrededores, y cuando tuvieron una pila enorme, rellenaron la panza del lobo hasta dejarla bien inflada.
Con mucho cuidado, mamá cabra cosió al lobo y se marchó con sus cabritillos rápidamente hacia casa. Cuando la bestia mala despertó, sintió un peso enorme en su estómago, así que se dirigió al río para tomar agua. Como las piedras pesaban mucho, el lobo quedó atrapado en el fondo del río sin poder salvarse, mientras la madre cabra y los cabritillos festejaban a salvo en su casita del bosque.
Versión 1: Cuento de El gato con botas Érase una vez un viejo molinero que tenía tres hijos. El molinero solo tenía tres posesiones para dejarles cuando muriera: su molino, un asno y un gato. Estaba en su lecho de muerte cuando llamó a sus hijos para hacer el reparto de su herencia.
– “Hijos míos, quiero dejarles lo poco que tengo antes de morir”, les dijo. Al hijo mayor le tocó el molino, que era el sustento de la familia. Al mediano le dejó al burro que se encargaba de acarrear el grano y transportar la harina, mientras que al más pequeño le dejó el gato que no hacía más que cazar ratones. Dicho esto, el padre murió. El hijo más joven estaba triste e inconforme con la herencia que había recibido. –“Yo soy el que peor ha salido ¿Para qué me puede servir este gato?”, – pensaba en voz alta.
El gato que lo había escuchado, decidió hacer todo lo que estuviese a su alcance para ayudar a su nuevo amo. – “No te preocupes joven amo, si me das un bolso y un par de botas podremos salir a recorrer el mundo y verás cuántas riquezas conseguiremos juntos”. El joven no tenía muchas esperanzas con las promesas del gato, pero tampoco tenía nada que perder. Si se quedaba en aquella casa moriría de hambre o tendría que depender de sus hermanos, así que le dio lo que pedía y se fueron a recorrer el mundo. Caminaron y caminaron durante días hasta que llegaron a un reino lejano. El gato con botas había escuchado que al rey de aquel país le gustaba comer perdices, pero como eran tan escurridizas se hacían casi imposibles de conseguir. Mientras que el joven amo descansaba bajo la sombra de un árbol, el gato abrió su bolsa, esparció algunos granos que le quedaban sobre ella y se escondió a esperar.
Llevaba un rato acechando cuando aparecieron un grupo de perdices, que encontraron el grano y se fueron metiendo una a una en el saco para comérselo. Cuando ya había suficientes, el gato tiró de la cuerda que se encontraba oculta, cerrando el saco y dejando atrapadas a las perdices. Luego se echó el saco al hombro y se dirigió al palacio para entregárselas al rey. Cuando se presentó ante el rey le dijo: – “Mi rey, el Marqués de Carabás le envía este obsequio. (Este fue el nombre que se le ocurrió darle a su amo)”. El rey complacido aceptó aquella oferta y le pidió que le agradeciera a su señor. Pasaron los días y el gato seguía mandándole regalos al rey, siempre de parte de su amo. Un día el gato se enteró de que el rey iba a pasear con su hermosa hija cerca de la ribera del río y tuvo una idea. Le dijo a su amo: – “Si me sigues la corriente podrás hacer una fortuna, solo quítate la ropa y métete al río”. Así lo hizo el hijo del molinero hasta que escuchó a su gato gritando: – “¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Se ahoga el Marqués de Carabás! ¡Le han robado sus ropas!”. El rey atraído por los gritos se acercó a ver qué pasaba. Al ver que se trataba del Marqués que tantos obsequios le había enviado, lo envolvió en ropas delicadas y lo subió en su carruaje para que les acompañara en el paseo. El astuto gato se adelantó a la comitiva real y se dirigió a las tierras de un temido ogro, donde se encontraban trabajando unos campesinos. Los amenazó diciéndoles: – “Cuando el rey pase por aquí y les pregunte de quién son estas tierras, deberán responder que pertenecen al Marqués de Carabás, sino morirán”. De esta manera cuando el rey cruzó con su carruaje y preguntó a quién pertenecían aquellas tierras, todos los campesinos contestaron: – “Son del señor Marqués de Carabás”. El gato con botas que se sentía muy complacido con su plan, se dirigió luego al castillo del ogro, pensando en reclamarlo para su amo. Ya había escuchado todo lo que el ogro podía hacer y lo mucho que le gustaba que lo adularan. Así que se anunció ante él con el pretexto de haber viajado hasta allí para presentarle sus respetos.
Cuando estuvo solo con el ogro, el gato le dijo: – “Me han dicho que es capaz de convertirse en cualquier clase de animal, como por ejemplo un elefante o un león”.
– “Es cierto”, – contestó el ogro muy halagado y se transformó de inmediato en un rugiente león para demostrarlo. A lo que el gato contestó: – “¡Sorprendente! ¡Ha sido increíble! Pero me impresionaría más si pudieras transformarte en algo tan pequeñito como un ratón. Eso debe ser imposible, incluso para un ogro tan poderoso como tú”. El ogro ansioso por impresionar al gato, se convirtió en un segundo en un diminuto ratón, pero apenas lo hizo el gato se lanzó sobre él y se lo tragó de un bocado. Fue así como el gato reclamó aquel palacio y las tierras circundantes para el recién nombrado Marques de Carabás, su joven amo. Allí recibió al rey, que impresionado ante el lujo y la majestuosidad del castillo, le propuso de inmediato la mano de su hija en matrimonio. El hijo del molinero aceptó y luego de que el rey murió gobernó aquellas tierras, al lado de el gato con botas a quien nombró primer ministro.
Versión 2: Cuento de El gato con botas Érase una vez un molinero que tenía tres hijos, a los que quería por igual. Sin embargo, el molinero era muy pobre y por eso cuando murió tan solo tenía para darles en herencia a sus hijos el molino, un burro y un gato, en apariencia bastante común. La repartición de los bienes, según la voluntad del fallecido, sería atendiendo a la edad de sus muchachos. Así, el molino correspondió al primogénito, el burro al hijo del medio, y el gato al más pequeño. Apenas estuvo hecha la repartición, este último pensó que había sido el más desgraciado. Sus hermanos podrían trabajar mancomunadamente y aprovechar sus fuerzas para acumular algo de riqueza, algo que el padre, aunque muy bueno, no había podido lograr por su tozudez y viejos hábitos. En cambio él, con un simple gato, nada podría hacer para ganarse la vida.
Al tanto de los pensamientos de su nuevo amo, el gato, para nada un felino doméstico común, lo sorprendió al hablar cual si fuera una persona y le dijo: -No lamentes en vano, pues ciertamente de los tres eres el que ha salido mejor parado. Para demostrártelo y consolidar tu fortuna solo necesito que me consigas un par de botas y un saco. Sorprendido, el muchacho le buscó al gato lo que este demandaba. Siempre había sabido que el gato era muy astuto por su comportamiento extraño en comparación con otros animales, pero nunca había imaginado que pudiese hablar, y mucho menos coordinar acciones para un plan como el que al parecer tenía ideado. Así, el gato tomó sus botas y se las encasquetó y saco en ristre salió hacia el bosque. Una vez llegó allí llenó el saco con hierba y trampas para animales y se tiró en el suelo, simulando estar muerto. A los pocos minutos varios conejos se acercaron al saco y al intentar comer de la hierba que contenía, quedaron atrapados en las trampas. Contento por el triunfo de su ardid, el gato con botas recogió el saco con los conejos y fue al palacio real, donde pidió hablar con el rey para entregarle un presente de su amo. Los guardias lo dejaron entrar y, ya frente al monarca, el gato exclamó: -Su Majestad, permítame entregarle este obsequio resultante de su habilidad para cazar, de mi amo el Marqués de Carabás. El rey nunca había oído hablar de tal noble, pero los conejos tenían tan buena carne, que enseguida pensó que se trataba de un muy buen cazador y gustoso aceptó el regalo. -Gracias por este presente, gato –dijo el rey-. Asegúrate que tu amo reciba mi gratitud y dile que es bienvenido en nuestra corte. El gato desbordaba de júbilo y rápidamente fue a poner al tanto a su dueño, incapaz de comprender la estrategia de su felino. Este le pidió que lo dejara actuar, que llegado el momento comprendería de qué iba todo. El día después de haber cazado los conejos y regalárselos al monarca, el gato repitió su operación. Esa vez, la presa fueron dos perdices y a cambio recibió una propina del rey, que vino muy bien al joven que heredó tan astuto gato con botas. El tiempo fue pasando y por varios meses el gato llevó el resultado de su caza al rey, que siempre le daba algo a cambio y le manifestaba su interés por conocer al Marqués que tantos detalles tenía con él.
Pero resulta que un día las condiciones que el singular felino requería para pasar a la siguiente etapa de su plan se materializaron. El rey salió en su carruaje junto a su hija, la bella princesa de la comarca, a dar un paseo por la ribera del río. Enterado de esto, el gato instó a su amo a meterse en el río en paños menores y le pidió que lo dejase actuar y solo le siguiese el rollo. El joven hizo tal cual le pidió el gato sin cuestionarse nada. En definitiva, llevaba ya varios meses viviendo del dinero que su astuto compañero animal le llevaba cada día. Cuando el carruaje pasó por las cercanías del sitio exacto en el que el joven se bañaba, el gato comenzó a gritar: -Auxilio, auxilio! Unos ladrones han asaltado a mi amo y se han llevado su ropa. Por eso está en el río, avergonzado y sin poder salir. Apenas lo escuchó el rey mandó a detener su caravana. Había reconocido al gato y preocupado por la suerte del noble Marqués de Carabás, le pidió al gato que le contase la historia con lujo de detalles. Así lo hizo el gato y ganó la solidaridad del monarca, que ordenó dar ropas lujosas al Marqués, para que pudiera salir del agua. Cuando esto estuvo hecho el rey trabó inmediata confianza con el supuesto noble que había estado regalándole el resultado de su habilidad para la caza durante meses. El joven hijo de un pobre molinero había ganado en astucia desde el momento en que heredó a su gato con botas, razón por la que comprendió de inmediato el sentido de todo lo que había estado haciendo su suerte de mascota. De esta forma, aceptó la invitación del rey a acompañarlo a él y su hija en el carruaje, durante el resto del paseo. A medida que avanzaba, la caravana real se encontraba a su paso a productores de heno, trigo y otros cultivos de gran demanda en el palacio.
El rey siempre ordenaba detener el paso de su carruaje para interactuar con los trabajadores y preguntarles para quién trabajaban y de quién eran las tierras en la que lo hacían. Estos, a los que oportunamente el gato con botas, que iba al frente de la caravana, les había alertado lo que debían decir para supuestamente no morir, respondía al monarca que eran trabajadores del famoso Marqués de Carabás, dueño y señor de las tierras por las que el monarca transitaba ahora mismo. Mientras esto pasaba, en la cabeza del rey iba cobrando cada vez más forma una idea. El joven Marqués era el pretendiente ideal para su hija, la que al parecer estaba encantada con el joven tanto como él lo estaba con ella. Unos kilómetros más adelante de donde habían visto al último productor de trigo, los nobles se encontraron con un fabuloso castillo, que competía en belleza y esplendor con el palacio real. Pero sucede que unos minutos antes de que la caravana llegase, el astuto gato, que se había adelantado aún más, había tomado cartas en el asunto. Ese castillo, el cual conocía muy bien, era propiedad de un horrendo ogro. El gato conocía que esta criatura tenía la extraña habilidad de convertirse en animal. Por ello, cuando llegó al castillo y lo vio, le increpó:
- ¿Es cierto que tienes la habilidad de convertirte en cualquier animal? -Por supuesto que sí -le dijo el ogro, al tiempo que se convertía en un león. Sin dejarse amilanar ante la impresión y el temor que le causaba el llamado rey de la selva, el gato con botas agregó a la conversación: -¿Pero acaso serás capaz de transformarte también en animales más pequeños? -¿Por quién me tomas? Claro que sí –exclamó orgulloso el ogro, mientras se convertía en un ratón.
Esta era la oportunidad que el gato esperaba. Apenas vio al roedor le fue encima y se lo tragó de golpe, de forma que el castillo quedaba sin amo. Así, cuando la caravana real llegó, la recibió y con mucha solemnidad dijo: -Bienvenido Su Majestad y bella princesa al castillo de mi amo el Marqués de Carabás. Pueden disponer de sus terrenos como gusten para descansar y volver cada vez que les apetezca. Esto era lo que necesitaba oír el rey para tomar su decisión. El joven, guapo y rico Marqués de Carabás era sin dudas el candidato perfecto para desposar a la princesa y sucederlo en el trono. Y exactamente así fue al cabo de pocos meses. El joven vivió feliz para siempre con su bella y adorada esposa, orgulloso de haber heredado a un astuto gato con botas que lo convirtió en rey.
Hace mucho tiempo, existió un rey que gustaba de dar largos paseos por el bosque. Un buen día, y cansado de tanto cabalgar, el monarca llegó a una humilde casita entre los árboles. En aquel lugar, vivía un agricultor con su hija joven, la cual rápidamente se ganó la admiración del rey por su belleza. “Mi hija no solo es bella, sino que también tiene un don especial” – alardeaba el campesino. Cuando el rey le preguntó de qué se trataba, el anciano respondió que la muchacha era capaz de convertir en oro la paja seca con el uso de una rueca. “Genial, la llevaré conmigo al palacio” – gritó entonces el rey. Al llegar al enorme castillo, el monarca condujo a la joven doncella hacia una habitación donde se encontraba una rueca rodeada de paja. “A la mañana siguiente vendré a ver si es verdad que puedes convertir todo esto en oro. Si me engañas, tú y tu padre sufrirán las consecuencias por haberme mentido”. Al no saber qué hacer, la pobre muchacha se desplomó en el suelo y se puso a llorar hasta la llegada de la noche. Entonces, cuando dieron exactamente las doce en el reloj, apareció por una de las ventanas, un enano narizón que prometió ayudarla.
“Si me regalas tu collar, convertiré toda esta paja en oro” – dijo el enano con una voz suave, y sin pensarlo dos veces, la hermosa joven le entregó su collar a la criatura, y esta se dispuso a hilar la rueca con toda la paja de la habitación. A la mañana siguiente, el rey abrió la puerta y quedó boquiabierto de ver que, efectivamente, toda la paja había sido convertida en oro. Cegado por su ambición, el rey tomó a la muchacha por las manos y la llevó hacia otra habitación mucho más grande que la anterior. Enormes bultos de paja se extendían hasta el techo. “Ahora debes hacer lo mismo en esta habitación. Si no lo haces, verás las consecuencias de tu engaño”, le dijo el monarca antes de cerrar la puerta. La suerte de la muchacha no había cambiado, y tan nerviosa se puso que se tumbó en el suelo a llorar desconsoladamente. A las doce en punto de la noche, apareció nuevamente el enano narizón que la había ayudado. “Si me das esa sortija que brilla en tus dedos, te ayudaré a convertir toda esta paja en oro”, le dijo la criatura a la muchacha, y esta no dudo un segundo en cumplir su parte del trato. Para sorpresa del rey, cuando regresó a la mañana siguiente, la habitación se encontraba repleta de hilos de oro, y fue tanta su avaricia, que decidió casarse entonces con la pobre muchacha, pero a cambio debía repetir el acto mágico una vez más. Tan triste se puso aquella joven, que no tuvo más remedio que echarse a llorar durante toda la noche. Como era costumbre, el enano narizón apareció entonces a las doce de la noche y acercándose lentamente a la muchacha le dijo: “No llores más, hermosa. Te ayudaré con el rey, pero deberás entregarme algo a cambio”. “No tengo más joyas que darte”, exclamó la muchacha con pesadumbre, pero el enano le pidió entonces una cosa mucho más importante: “Cuando nazca tu primer hijo, deberás entregármelo sin dudar. ¿Aceptas?”. La princesa no tuvo que pensarlo mucho, y tal como había prometido el enano, convirtió toda la paja de la habitación en oro usando la rueca. En las primeras horas de la mañana siguiente, el rey apareció como de costumbre, y al ver que era más rico aún gracias a la muchacha, ordenó a sus súbditos que preparan un banquete de bodas gigante para casarse de inmediato. Al cabo de un año, el rey y la nueva reina tuvieron su primer hijo, y aunque la muchacha había olvidado por completo la promesa del enano narizón, este apareció una buena noche en la ventana de su alcoba. “He venido a llevarme lo prometido. Entrégame a tu hijo como acordamos”, susurró el enano entre risas. “Por favor, criatura. No te lleves lo que más amo en este mundo”, suplicó la reina arrodillada, “te daré todo lo que desees, montañas de oro, mares de plata, todo porque dejes a mi hijo en paz”. Pero el enano no se dejó convencer, y tanta fue la insistencia de la muchacha que finalmente, la criatura le dijo: “Sólo hay un modo de que puedas romper la promesa, y es el siguiente: dentro de tres noches vendré nuevamente a buscarte, si para ese entonces adivinas mi nombre, te dejaré en paz”. Y dicho aquello se desapareció al instante. La reina, decidió entonces averiguar por todos los medios el nombre de aquella criatura, por lo que mandó a sus guardias a todos los rincones del mundo y les ordenó que no volvieran si no traían una respuesta. Tras dos días y dos noches, apareció uno de los guardias, contando la historia de un enano que había visto caminando por el bosque, mientras cantaba lo siguiente: “Soy un duende maldito, Inteligente como yo, nunca encontrarán Mañana me llevaré al niño Y el nombre de Rumpelstiltskin, jamás adivinarán”
Así pudo saber la reina el nombre del enano narizón, y cuando se apareció en la noche le dijo: “Tu nombre es Rumpelstiltskin”. Entre gritos y lamentos, el enano comenzó a dar saltos enfurecidos por toda la habitación, y tanto fue su enfado, que saltando y saltando llegó al borde del balcón y se cayó en el foso del castillo, quedando atrapado allí para siempre. El enano saltarín
Esta historia que estás a punto de conocer sucedió en París, en una época muy lejana. Se trata de una leyenda que se mantuvo en secreto por muchos años en la catedral de Notre Dame. En realidad, era un lugar muy hermoso, un edificio inmenso y deslumbrante cuyas torres se alzaban hasta el cielo. Cuentan las personas de aquel tiempo, que las paredes de la catedral encerraban un misterio horroroso, pero otras aseguraban que, en realidad, se trataba de una historia de amor como pocas. Esto fue lo que sucedió: Los niños y los comerciantes que merodeaban cerca de Notre Dame, se horrorizaban cada cierto tiempo con una silueta extraña que se desplazaba por las campanas de la catedral, sobre todo en las noches. Algunos ancianos decían que se trataba de un espíritu, mientras que otros aseguraban que se trataba de una temible bestia peluda que expulsaba fuego por los ojos. La verdad, no era ni una cosa ni la otra, sino un ser humano común que había nacido con una peculiar deformidad en su espalda. Aquel jorobado de Notre Dame se llamaba Quasimodo, y era un joven muy tímido de noble corazón que había sido condenado a vivir en el interior de la catedral desde los primeros días de su vida. Quasimodo estaba acostumbrado a la soledad del campanario, y todos los días se dedicaba a repicar las campanas y mantener limpio el lugar. El obispo de Notre Dame, de nombre Frollo, era el encargado de mantener al jorobado atrapado en lo alto, y según dicen, era una persona malvada que maltrataba al pobre muchacho y no le tenía el menor cariño. Con el paso del tiempo, Quasimodo creció y sintió una enorme curiosidad por conocer el mundo bajo sus pies. Así fue que, una tarde de verano en que se celebraba el Festival de los Bufones, el noble jorobado decidió descender del campanario para participar de la fiesta. Al comienzo, tuvo mucho miedo de no ser aceptado, pero a medida que avanzaba entre las personas, pudo reconocer que todos eran muy amables con él. Había avanzado algunas calles cuando arribó a un espectáculo maravilloso, era una danza seductora interpretada por la gitana Esmeralda, y al verla, Quasimodo quedó encantado con el aspecto de la bella joven. Esmeralda, también fue muy amable con él, e incluso, le invitó a unirse a la fiesta. Más tarde, el capitán Febo, enamorado de la gitana, también apareció y entabló una hermosa amistad con Quasimodo. Todo aquello le resultó detestable al obispo Frollo, quien enardecido de rencor y odio, decidió apresar a Febo y a Esmeralda para que recibieran un castigo inmerecido. Quasimodo también fue castigado y obligado a regresar al campanario. Durante varios días, el jorobado permaneció encadenado sin poder moverse apenas, y durante ese tiempo se lamentaba de la maldad del mundo, y de personas que, como su amo Frollo, no tenían pureza de corazón. Finalmente, arribó el día en que el capitán Febo y su amada Esmeralda serían condenados. Las personas se reunieron en torno a la catedral, donde yacían encadenados sobre el estrado los dos enamorados. Cuando el verdugo se disponía a ejecutarlos, se oyó un temible sonido desde lo alto del campanario. ¡Era Quasimodo! El jorobado se había librado de las cadenas y con gran agilidad arribó ante sus dos amigos para liberarlos. El pueblo comenzó a gritar para apoyar a Quasimodo, pero el obispo Frollo se llenó de una ira incontenible. Rápidamente, el jorobado rompió las cadenas de Esmeralda y del capitán Febo, y reunidos en un abrazo lograron sonreír por primera vez después de largo tiempo. Las personas allí reunidas se sumaron a la celebración, y con gran entusiasmo gritaban el nombre de Quasimodo y le aplaudían por su gran heroísmo. El obispo Frollo no pudo hacer mucho al respecto, y desde entonces, el jorobado de Notre Dame consiguió librarse de los castigos de su amo y vivir entre las personas como un verdadero héroe, que aunque jorobado y de aspecto extraño, poseía un corazón puro y noble. El Jorobado de Notre Dame
Había una vez, un viejo carpintero de nombre Gepetto, que como no tenía familia, decidió hacerse un muñeco de madera para no sentirse solo y triste nunca más. “¡Qué obra tan hermosa he creado! Le llamaré Pinocho” – exclamó el anciano con gran alegría mientras le daba los últimos retoques. Desde ese entonces, Gepetto pasaba las horas contemplando su bella obra, y deseaba que aquel niño de madera, pudiera moverse y hablar como todos los niños. Tal fue la intensidad de su deseo, que una noche apareció en la ventana de su cuarto el Hada de los Imposibles. “Como eres un hombre de noble corazón, te concederé lo que pides y daré vida a Pinocho” – dijo el hada mágica y agitó su varita sobre el muñeco de madera. Al momento, la figura cobró vida y sacudió los brazos y la cabeza.
– ¡Papá, papá! – mencionó con voz melodiosa despertando a Gepetto.
– ¿Quién anda ahí?
– Soy yo, papá. Soy Pinocho. ¿No me reconoces? – dijo el niño acercándose al anciano. Cuando logró reconocerle, Gepetto lo cargó en sus brazos y se puso a bailar de tanta emoción. “¡Mi hijo, mi querido hijo!”, gritaba jubiloso el anciano.
Los próximos días, fueron pura alegría en la casa del carpintero. Como todos los niños, Pinocho debía alistarse para asistir a la escuela, estudiar y jugar con sus amigos, así que el anciano vendió su abrigo para comprarle una cartera con libros y lápices de colores.
El primer día de colegio, Pinocho asistió acompañado de un grillo para aconsejarlo y guiarlo por el buen camino. Sin embargo, como sucede con todos los niños, este prefería jugar y divertirse antes que asistir a las clases, y a pesar de las advertencias del grillo, el niño travieso decidió ir al teatro, a disfrutar de una función de títeres. Al verle, el dueño del teatro quedó encantado con Pinocho: “¡Maravilloso! Nunca había visto un títere que se moviera y hablara por sí mismo. Sin dudas, haré una fortuna con él” – y decidió quedárselo. Este aceptó la invitación de aquel hombre ambicioso, y pensó que con el dinero ganado podría comprarle un nuevo abrigo a su padre. Durante el resto del día, Pinocho actúo en el teatro como un títere más, y al caer la tarde decidió regresar a casa con Gepetto. Sin embargo, el dueño malo no quería que el niño se fuera, por lo que lo encerró en una caja junto a las otras marionetas. Tanto fue el llanto de Pinocho, que al final no tuvo más remedio que dejarle ir, no sin antes obsequiarle unas pocas monedas. Cuando regresaba a casa, se topó con dos astutos bribones que querían quitarle sus monedas. Como era un niño inocente y sano, los ladrones le engañaron, haciéndole creer que si enterraba su dinero, encontraría al día siguiente un árbol lleno de monedas, todas para él. El grillo trató de alertarle sobre semejante timo, pero Pinocho no hizo caso a su amigo y enterró las monedas. Luego, los terribles vividores esperaron a que el niño se marchara, desenterraron el dinero y se lo llevaron muertos de risa. Al llegar a casa, Pinocho descubrió que Gepetto no se encontraba, y empezó a sentirse tan solo, que rompió en llantos. Inmediatamente, apareció el Hada de los Imposibles para consolar al triste niño. “No llores Pinocho, tu padre se ha ido al mar a buscarte”. Y tan pronto supo aquello, Pinocho partió a buscar a Gepetto, pero por el camino tropezó con un grupo de niños:
– ¿A dónde se dirigen? – preguntó Pinocho
– Vamos al País de los Dulces y los Juguetes – respondió uno de ellos – Ven con nosotros, podrás divertirte sin parar.
– No lo hagas, Pinocho – le dijo el grillo – Debemos encontrarnos con tu padre, que se ha ido solo y triste a buscarte.
llegar, quedó tan maravillado con aquel lugar que se olvidó de salir a buscar al pobre de Gepetto. Saltaba y reía Pinocho rodeado de juguetes, y tan feliz era, que no notó cuando empezó a convertirse en un burro. Sus orejas crecieron y se hicieron muy largas, su piel se tornó oscura y hasta le salió una colita peluda que se movía mientras caminaba. Cuando se dio cuenta, comenzó a llorar de tristeza, y el Hada de los Imposibles volvió para ayudarle y devolverlo a su forma de niño.
– Ya eres nuevamente un niño bello, Pinocho, pero recuerda que debes estudiar y ser bueno. – Oh sí, señora hada, a mí me encanta estudiar – dijo Pinocho y al instante, le quedó crecida la nariz.
– Tampoco debes decir mentiras, querido Pinocho.
– No, para nada, nunca he dicho una mentira – pero la nariz le creció un poco más – ¡Y siempre me porto muy bien! Pero al decir aquello la nariz le creció tanto, que apenas podía sostenerla con su cabeza. Con lágrimas en los ojos, Pinocho se disculpó con el Hada y le prometió que jamás volvería a decir mentiras, por lo que su nariz volvió a ser pequeña. Entonces, él y el grillo decidieron salir a buscar a Gepetto. Sin embargo, cuando llegaron al mar, descubrieron que el anciano había sido tragado por una enorme ballena. Enseguida, se lanzó al agua, y después de mucho nadar, se encontró frente a frente con la temible ballena. “Por favor, señora ballena, devuélvame a mi padre”. Pero el animal no le hizo caso, y se tragó a Pinocho también. Al llegar al estómago, se encontró con el viejo Gepetto y quedaron abrazados un largo rato.
– Tenemos que salir cuanto antes, Pinocho – exclamó Gepetto
– Hagamos una fogata papá. El humo hará estornudar a la ballena y podremos escapar. Y así fue como Pinocho y su padre quedaron a salvo de la ballena, pues estornudó tan fuerte que los lanzó fuera del vientre y lograron escapar a tierra firme. Cuando llegaron a casa, este se arrepintió por haber desobedecido a su padre, y desde entonces no faltó nunca a clases, y fue tan bueno y disciplinado, que el Hada de los Imposibles decidió convertirlo en un niño de carne y hueso, para alegría de su padre, el viejo Gepetto, y del propio Pinocho. Pinocho