viernes, 31 de julio de 2020

JUAN SIN MIEDO


Había una vez, en una aldea que contaba con pocos habitantes, un hombre que tenía dos hijos. El mayor jamás lo disgustaba pues era un muchacho trabajador, asentado y muy emprendedor, mientras que el segundo era todo lo contrario pues aún no lograba establecerse decentemente. Ya el padre mayor y enfermo se acerca al joven y le dice: 

– Sabes que nuestra situación económica no es muy favorables, así que el día que falte no podrás heredar mucho de mí. Yo noto que nada te motiva y que no has sido capaz aún de encontrar un trabajo que te permita vivir modestamente. ¿No hay nada en la vida que te gustaría aprender hacer? 

– Si padre quiero aprender a sentir miedo. Hasta el momento ninguna de las historias de monstruos que he escuchado me han causado temor, mientras que a todos los que la escuchan alrededor mío se aterran. 

El padre decepcionado por la respuesta de su hijo le dijo que se marchara de la casa en busca del miedo, para ver si de ese modo su hijo encontraba el camino correcto de la vida. Y así hizo Juan, se despidió de su única familia, su padre y su hermano, y comenzó su largo recorrido el cual no tenía rumbo pero si un propósito, encontrar al miedo. Durante la travesía se encontró a un sacristán con el que instauró una amena conversación. 

– Buenas, mi nombre es Juan Sin Miedo. 

Ante tal presentación el sacristán le respondió: 

– Es tu nombre muy poco usual. 

– Mi nombre se debe a que siempre he vivido sin miedo y es por eso que he abandonado mi casa y he llegado hasta tan lejos. ¿Podría usted decirme dónde puedo hallarlo?

– Tal vez pueda ayudarte- fue la respuesta del sacristán, quien posteriormente comenzó a narrarle una historia muy antigua. 

– Hace muchos, pero muchos años en un lugar que está más allá del valle existía un castillo que era gobernado por un mago maléfico. Ahora el dueño del castillo es un pobre rey que ha ofrecido grandes riquezas al que logre liberar a su castillo de ese malvado mago. Hasta el momento todos habían fracasado y tenían que huir muy aterrados. Estoy seguro de que en ese lugar encontrarás eso que tanto deseas. 

Una vez que el hombre terminó la historia, Juan partió en busca de este castillo y de su terrible maldición. Cuando llegó a la puerta del lugar les dijo a los guardias que se encontraban allí: 

– Mi nombre es Juan Sin Miedo y necesito conversar con vuestro rey. 

Uno de los guardias lo llevó al salón del trono donde se encontraba el rey. En ese preciso instante el rey le explicó las condiciones que debía cumplir para poder liberar al castillo de este terrible poder malvado. 

– Serás un hombre muy rico pues si logras pasar tres noches allí y liberas a mi castillo de esta maldición, te entregaré todo el oro de mi reino. 

Asombrado del ofrecimiento, Juan le respondió: 

– Es usted muy amable, y le agradezco mucho lo que pretende hacer, pero mi único objetivo es poder descubrir que es sentir miedo. 

A pesar de sus palabras, el rey tenía pocas esperanzas pues muchos habían intentado y habían fracasado. 

Y llegó la primera noche de Juan en el castillo; ya estaba durmiendo cuando un quejido aterrador proveniente de un sombrío fantasma lo despertó. 

– ¿Quién eres tú que has tenido la osadía de despertarme?- Preguntó Juan sin temor alguno. 

A Juan no le importó ninguno de los chillidos de ese fantasma, y continuó con su sueño. Al día siguiente cuando el rey visitó al muchacho en el castillo conversó con él, siempre recordándole que para poder cumplir su acuerdo aún le quedaban dos noches más. Y llegó la segunda noche, cuando nuevamente Juan volvió a sentir los alaridos de ese espectro y comenzó a buscar el lugar de donde provenían. Cuando Juan vio que el fantasma que lo había despertado por segunda vez se encontraba preso de una cadena, corrió a liberarlo, logrando de este modo que el espectro desapareciera para siempre de la habitación y del castillo. 

A pesar de esto el rey aún no estaba satisfecho con el valor del joven pues no había terminado de cumplir su promesa de pasar las tres noches en el castillo embrujado. Y llegó la tercera y última noche cuando ya estaba dormido nuevamente y sintió que lo pasos de una desagradable momia lo despertaron. 

¿Quién eres tú que te has atrevido a despertarme?- Preguntó Juan esperando una respuesta rápida.

Debido a que no escuchó ninguna respuesta, Juan se levantó y le quitó la venda a la momia, y pudo ver que debajo de esos trapos se encontraba el malvado mago quien le dijo: 

– Por lo que he visto mi magia no te hace efecto, así que si me dejas escapar el castillo quedará libre de todos mis hechizos. 

Ante tal noticia el Rey estaba lleno de alegría. Todo el reino se reunió a las puertas del castillo para demostrarle a Juan Sin Miedo su alegría y agradecimiento y celebrar junto a él su gran hazaña. Debido a la gratitud del rey hacia Juan este le permitió vivir en su castillo por mucho tiempo, y cada momento que pasaba allí estaba seguro de que jamás conocería el miedo. 

Después de muchos años una de las hijas del rey dejó caer una pecera llenas de pececitos sobre la cama de Juan Sin Miedo. Ante tal hecho, el joven gritó: 

– ¡Quítenme esto de aquí! ¡Qué miedo tengo! 

De este modo fue como Juan Sin Miedo descubrió el miedo, inexplicable que unos simples pececitos de colores causaran tal temor en el valiente joven. A pesar de que por primera vez la joven princesa vio que Juan tenía miedo decidió no contar nada de lo sucedido para que aquel hombre siguiese siendo “Juan Sin Miedo”. 

                                 Juan sin miedo

martes, 28 de julio de 2020

ALADINO


La leyenda de Aladino comienza en el Lejano Oriente, hace muchos años atrás. En la plaza de una ciudad, un muchacho menudo se la pasaba todo el día buscando comida para él y para su madre. Cierta tarde, se le acercó un señor de aspecto sobrio y traje elegante: 

“Aladino. Aunque no me reconozcas, yo soy tu tío. Todos estos años me encontraba navegando por los mares y he llegado a acumular una gran riqueza, ahora quiero ayudarte a ti y a tu madre. Ven conmigo”. 

Dicho aquello, el misterioso señor salió caminando hacia las afueras de la ciudad, y Aladino decidió seguirlo por curiosidad, pero también por todas las cosas buenas que le habían prometido. Cuando llevaban un buen rato caminando, el muchacho se percató de que su supuesto tío lo había llevado hacia un lugar apartado del desierto desde donde no se divisaban los edificios de la ciudad. 

Tras permanecer un tiempo en silencio, el misterioso señor pronunció unas palabras extrañas alzando los brazos, y de repente, la arena comenzó a abrirse para dar paso a un estrecho, pero oscuro agujero. Aladino, sorprendido, no hacía otra cosa que mirar con los ojos bien abiertos todo lo que estaba sucediendo. “Querido sobrino, como puedes ver, ese agujero es muy estrecho y yo apenas puedo entrar. En cambio, tú si puedes hacerlo, así que ayúdame y busca en su interior una vieja lámpara de aceite. Anda, tráemela” 

Aladino escuchó con desconfianza aquellas palabras, pero con tal de recibir la ayuda que le prometían, se adentró sin pensarlo en el agujero hasta descubrir un estrecho y oscuro pasadizo. Luego de caminar por unos minutos, el joven arribó a una cueva subterránea repleta de joyas, piedras preciosas y todo el oro del mundo que jamás hubiese sido capaz de imaginar. Al fondo de la cueva, se encontraba la lámpara de aceite que su tío le había pedido. 

Con gran agilidad, Aladino saltó entre los cofres de joyas y agarró la lámpara, pero en ese momento, sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. El lugar parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro, así que el muchacho se dispuso a marcharse antes de que fuera demasiado tarde. Una vez en la entrada nuevamente, el señor de traje elegante le aguardaba:


“Dame la lámpara, muchacho. Apresúrate” 

“Por favor, tío. Ayúdame a salir primero de este lugar” 

“No seas imbécil. Entrégame la lámpara o morirás” 

Pero no había terminado de decir aquellas palabras el señor cuando el agujero misterioso se cerró por completo, dejando prisionero a Aladino en la total oscuridad. Desesperado y con miedo, el muchacho se lamentaba de su suerte cuando de pronto, agarró entre sus manos la lámpara y la acarició accidentalmente. 

Al momento, apareció frente al chico una figura peculiar rodeada por una luz blanca. “Amo, soy el genio de la lámpara y tus deseos son órdenes para mí”. “¡Perfecto!” – exclamó Aladino – “Quiero regresar a casa”. De esa manera, no tardó más de un segundo para que el afortunado muchacho se encontrará junto a su madre. Por supuesto, antes de partir, se había asegurado de llenar sus bolsillos de joyas y piedras preciosas, y al llegar a casa pudo reunirse con su madre y contarle todo lo sucedido. 

Con el paso del tiempo, Aladino pudo vivir cómodamente gracias a las joyas que había tomado de la cueva, pero un buen día, mientras se encontraba en el mercado de la ciudad, conoció a una hermosa joven que resultó ser la hija del Sultán. Enamorado profundamente de la belleza de la princesa, Aladino decidió frotar la lámpara una vez más para pedirle al genio que le concediera todo tipo de riquezas, carruajes finos y una legión de soldados. 

Así lo hizo entonces su fiel sirviente, y esa misma tarde partió el chico rumbo al palacio para pedir la mano de la princesa en matrimonio. Por supuesto, la princesa también se enamoró de Aladino tan pronto lo vio, y de esa manera, el Sultán accedió con alegría a celebrar una boda real por todo lo alto. 

Varios años después, mientras Aladino vivía felizmente con su esposa en el palacio, se acercó un buen día un mendigo a las puertas reales pidiendo limosna. La princesa, al verlo, no dudó un segundo en llevarle algo de comida y ropas. Sin embargo, lo que ella no sabía, era que aquel mendigo se trataba del tío malvado de Aladino, y su intención no era otra que la de raptar a la princesa para pedir a cambio la lámpara maravillosa. 

Al enterarse de lo sucedido, Aladino tuvo una idea genial, y cuando por fin se encontró con su tío, le ofreció la lámpara a cambio de su amada esposa. Cuando la princesa se encontraba a salvo, el señor malvado frotó la lámpara para pedir que Aladino perdiera su riqueza y su felicidad, pero aquella lámpara no era mágica, sino que había sido engañado, y de esa manera los guardias lograron apresarlo y ponerlo bajo custodia para siempre. 

Una vez juntos y felices, Aladino y la princesa retornaron al castillo, y vivieron el resto de sus días muy enamorados. 
                                    Aladino

sábado, 25 de julio de 2020

PEDRO Y EL LOBO


Érase una vez un pastorcillo llamado Pedro, que se pasaba la mayor parte del día cuidando a sus ovejas en un prado cercano al pueblo donde vivía. Todas las mañanas salía con las primeras luces del alba con su rebaño y no regresaba hasta caída la tarde. El pastorcillo se aburría enormemente viendo cómo pasaba el tiempo y pensaba en todas las cosas que podía hacer para divertirse. 

Hasta un día en que se encontraba descansando bajo la sombra de un árbol y tuvo una idea. Decidió que era hora de pasar un buen rato a costa de la gente del pueblo que vivían cerca de allí. Dispuesto a gastarles una broma se acercó y comenzó a gritar: -

“¡Socorro, el lobo! ¡Viene el lobo!”. 

Los aldeanos de inmediato agarraron las herramientas que tenían a mano y se dispusieron a acudir al pedido de auxilio del pobre pastor. Al llegar hasta la pradera lo encontraron deshaciéndose en risas en el suelo, por lo que descubrieron que todo había sido una broma de mal gusto. Los aldeanos se enfadaron con el pastor y regresaron a sus faenas molestos por la interrupción.

Al pastor le había hecho tanta gracia la broma que se dispuso a repetirla. Ya había pasado un buen rato cuando se volvieron a escuchar los gritos alarmantes de Pedro:



-“¡Socorro, el lobo! ¡Viene el lobo!”. 

Al volver a oír los gritos del pastor, la gente del pueblo creyó que en esta ocasión sí se trataba del lobo feroz y corrieron a ayudarlo. Pero otra vez volvieron a encontrarse con la decepción de que el pastor no necesitaba su ayuda y se divertía viendo cómo habían vuelto a caer con su broma. Esta vez los aldeanos se enfadaron mucho más con la actitud del pastor y juraron no dejarse engañar más por este. 

Al día siguiente el pastor volvió al prado a pastar con sus ovejas. Aún recordaba con risas lo bien que se lo había pasado el día anterior, cuando había hecho correr a los aldeanos con sus gritos. Estaba tan entretenido que no vio acercarse al lobo feroz hasta que lo tuvo muy cerca. Preso del miedo al ver que este se acercaba a sus ovejas, comenzó a gritar muy fuerte: -

“¡Socorro, el lobo! ¡Viene el lobo! ¡Ayudan a mis ovejas! ¡Auxilio!”. 

Gritaba una y otra vez, pero los aldeanos no parecían escucharlo. Hacían oídos sordos ante los gritos de auxilio del pastor, ya que pensaban que se trataba de otra broma. El pastor no sabía qué otra cosa hacer, por lo que seguía pidiendo ayuda, desconcertado sin saber por qué nadie acudía. -

“¡Socorro, el lobo! ¡Viene el lobo! ¡Se está comiendo a mis ovejas! ¡Auxilio!” 

Pero ya era muy tarde para convencer a los aldeanos de que esta vez era verdad. Fue así como el pastor tuvo que ver con dolor cómo el lobo devoraba una tras otra sus ovejas, hasta quedar saciado. Luego de este día el pastor se arrepintió profundamente de su comportamiento y la manera en que había engañado a la gente del pueblo. En lo adelante nunca más repetiría una broma como esta.

                             Pedro y el lobo

jueves, 9 de julio de 2020

LA PRINCESA RAPUNZEL


Había una vez una linda pareja cuyo único deseo era tener un bebé. Tras años de espera, por fin lograron quedar embarazados y su felicidad se vio completa. Tendrían una hija o hijo y podrían ser una adorable familia. 

Sin embargo, no parecía que la felicidad estuviese destinada a ellos. Frente a su casa había un huerto donde crecían bellísimos frutos y flores

La mujer siempre había deseado probarlos, pero ni ella ni su marido se habían atrevido nunca a ir en su busca porque se decía que el terreno pertenecía a una cruel hechicera. 

Nadie entraba a ese huerto, pero aún así el deseo crecía por días en el interior de la mujer, que al no poder probar alguna de las manzanas que cada día disfrutaba con la vista, cayó gravemente enferma de pena. 

Ante la situación, que podía traer consecuencias también para el bebé, el hombre irrumpió en la huerta sin temor alguno y llevo algunas manzanas a su amor.  
Como por arte de magia, al comer las frutas el estado de salud de la mujer mejoró, pero para mantenerse bien necesitaba comerlas cada día. 

Por ello todas las tardes el hombre irrumpía en la huerta de la hechicera hasta que esta, vigilante por la falta que percibió en su cultivo favorito, las manzanas, lo atrapó y amenazó con cobrarle su vida por tamaña osadía. 

El hombre le suplicó clemencia y le explicó el motivo por el cual tomaba las manzanas. 

La bruja comprendió al hombre pero en su corazón no había sitio para la bondad, por lo que le propuso un trato. Podría seguir llevando manzanas a su esposa, pero cuando naciera el bebé se lo entregaría a ella, que nunca había podido tener hijos. 

Al buen hombre no le quedó otro remedio que aceptar. 

Cuando nació su bebé, que era una tierna y linda niña, se le llevó a la hechicera, quien a la postre terminó criándola. … 

Pasaron los años y la niña, que se había convertido en la muchacha más bella que se había visto nunca por aquellos lares, despertó la envidia de la bruja, que decidió encerrarla en una torra alta y alejada, donde no había puertas por las que entrar o salir. 

La torre solo tenía una ventana alta desde la que Rapunzel, nombre que había dado la bruja a la niña, podía asomarse siempre que quisiera a disfrutar del paisaje. 

No obstante, la soledad y la reclusión no hacen la felicidad, por lo que Rapunzel no era ni de lejos una muchacha feliz. Su única interacción era con la hechicera, que cada tarde iba a la torre y la llamaba para que dejara caer su larga trenza y ella subir a verla y darle los alimentos necesarios. 

Un día esta rutina fue apreciada por un joven que, atraído por el canto de Rapunzel, se había acercado a la torre y se escondió tras un árbol al ver a la bruja. Vio como esta llamó a la bella muchacha y le pidió que dejase caer su trenza hasta el suelo para subir. 

Así, cuando la malévola hechicera se fue, hizo lo mismo y trepó hasta la torre, con lo que Rapunzel se llevó una gran sorpresa. 

Al principio se asustó mucho, pues estaba acostumbrada solo a la presencia de la bruja, que en definitiva la había criado desde bebé, pero a medida que pasaron los minutos e interactuaba con el joven apuesto, se sintió bien y descubrió que compartir con él le resultaba más atractivo que estar recluida en la torre, cantar y recibir la visita de la hechicera. 

Sin embargo, la felicidad de los bellos jóvenes no duró mucho. 

La bruja había olvidado su sombrero en la torre y regresó antes de lo previsto. Se percató que Rapunzel no estaba sola y espero a que el joven descendiese de la torre para atraparlo y dejarlo ciego con un hechizo. 

Luego subió y cortó la trenza de Rapunzel, a la que desterró a una cabaña en un apartado del bosque que no frecuentaba nunca ninguna persona. 

Cegado, el joven estuvo condenado a vagar por el bosque, impedido de encontrar el camino a su casa y mucho menos de volver a contemplar la belleza de Rapunzel. 

Tras muchos meses de andares torpes y a ciegas, escuchó a lo lejos una bella voz que le resultó familiar. Siguió su rastro y a medida que se acercaba descubrió que esa voz era la de su bella Rapunzel. 

Cuando lo vio, la muchacha fue corriendo a su encuentro y lo abrazó con gran ternura. Creyó que había ido a rescatarla de aquel infierno, pero al ver que el joven estaba ciego por un maleficio de la hechicera rompió en llanto. 

Tanto lloró, que inevitablemente algunas de sus lágrimas llegaron a los ojos del muchacho, devolviéndole la visión. 

Esto hizo muy feliz a la pareja que sin dudarlo se fue para siempre de aquel sitio, al pueblo del que provenía el joven, que en definitiva era un príncipe muy querido. 

La historia no es muy clara sobre si Rapunzel y su príncipe se casaron o quedaron como muy buenos amigos. Nosotros, amantes de los finales felices, más cuando se lucha mucho para conseguirlos, queremos creer que sí lo hicieron y que reinaron juntos, llevando felicidad a toda la comarca y a los muchos hijos que de seguro tuvieron. 
                
                              La princesa Rapunzel

jueves, 2 de julio de 2020

EL SOLDADITO DE PLOMO


¿Te sabes la historia del soldadito de plomo? Todo comienza en la pequeña casa de una ciudad donde habitaba un niño. El día de su cumpleaños, nuestro amiguito había recibido como regalo de sus padres una caja misteriosa. Lleno de curiosidad, el niño abrió la caja y descubrió en su interior quince soldaditos de plomo idénticos. Con un porte elegante, fusil al hombro, pantalones azules y gorra roja, los quince soldaditos habían nacido de una vieja cuchara de plomo fundida. 

El niño aplaudió con gran alegría al ver sus nuevos juguetes, y sin perder un segundo los sacó de la caja y los colocó en fila para comenzar a jugar. Sin embargo, el último de los soldaditos no era igual que el resto, pues como el plomo de la cuchara no había sido suficiente le faltaba una pierna al desdichado. Aun así, el soldadito se mantenía firme igual que sus hermanos, y una vez que fue colocado junto al resto de los juguetes en la alacena, pudo comprobar un hermoso castillo de papel que se alzaba frente a él. 

Aquel castillo era realmente deslumbrante, tenía grandes ventanas y puertas doradas, y en su interior, lo más sorprendente era una pequeña muñeca que se encontraba con los brazos en alto y una pierna recogida hacia arriba como suelen hacer las bailarinas. Al verla, el soldadito quedó completamente enamorado, y como pensó que a ella también le faltaba una pierna, decidió tomarla por esposa cuanto antes. 

“He encontrado la persona perfecta para mí, y encima tiene un castillo donde podremos vivir juntos”, así pensaba el soldadito de plomo mientras contemplaba la belleza de su amada. Al arribar la noche, el niño terminó de jugar y se marchó a la cama, y en ese instante, los juguetes cobraron vida y comenzaron a caminar y a conversar en la alacena. Sin embargo, el soldadito de plomo permanecía inmóvil con la mirada fija en la muñeca bailarina. A cambio, ella también le devolvía sonrisas y en poco tiempo entablaron una hermosa amistad que hubiese durado por mucho tiempo si la envidia y la maldad no hubiesen aparecido esa noche. 

Resulta que entre los juguetes, existía además un feo payaso de plástico que no soportaba el amor que se tenían la muñeca y soldadito. A la mañana siguiente, el niño regresó a la alacena para jugar como de costumbre, pero a la hora del almuerzo, abandonó al soldadito de plomo en el borde de la ventana, y entonces, el payaso malvado aprovechó para empujar al pobre hacia la calle. Desde una gran altura, el soldadito cayó sin remedio hasta caer en el justo medio de la calle, con riesgo de que algún automóvil pasara a toda velocidad y lo aplastara. 

Cuando el niño notó la ausencia del soldadito, bajó hasta la calle para encontrarlo, pero la suerte no estuvo de su lado, y aunque buscó y buscó por largo tiempo, jamás pudo encontrar a su juguete que permanecía abandonado y triste en el pavimento. Al caer la tarde, el cielo tomó un color gris, y unos cuantos segundos después, comenzó a llover tan fuerte que las calles se llenaron de agua, y fue entonces cuando el soldadito fue arrastrado por la corriente hasta alejarse de la casa y de su amada, la muñeca bailarina. 

El agua de lluvia caprichosa deslizó al soldadito calle abajo, pero este apenas se movía mientras contemplaba el cielo gris sobre su cabeza. Al rato, el agua se adentró por una alcantarilla oscura y horrorosa, y con ella, también el soldadito. “Cómo quisiera regresar a casa y contemplar la belleza de mi amada”, pensaba nuestro amigo mientras la corriente de agua impulsaba su menudo cuerpecito de plomo por tuberías estrechas y oscuras. 

Durante algún tiempo anduvo el soldadito navegando por las alcantarillas cuando de pronto, sintió un temible sonido. La tubería por donde navegaba estaba llegando a su fin, y el agua se abalanzaba a toda velocidad hacia un inmenso canal. Sin más remedio que dejarse llevar, el soldadito fue abalanzado con fuerza hacia el exterior de la alcantarilla, y justo antes de caer en el estanque, un enorme pez saltó desde las profundidades y se lo tragó de un solo bocado. 

Allí, en el estómago de aquel pez, el soldadito de plomo permaneció durante varios días, y como todo era tan oscuro, no hacía otra cosa que pensar en su querida muñeca y en sus ganas de regresar a casa. Finalmente, una buena tarde, el pez comenzó a moverse bruscamente, luego quedó inmóvil y cuando pudo notarlo, el soldadito fue capaz de ver nuevamente la luz. Unos pescadores se habían hecho con el pez y lo habían vendido a una sirvienta. Al llegar a casa, la señora lo abrió con un cuchillo y cuál fue su sorpresa cuando, sin poder imaginarlo, encontró dentro al querido soldadito de plomo. 

Rápidamente, la sirvienta salió de la cocina y se dirigió al comedor donde aguardaban los dueños de la casa, y ¿Saben qué? Aquellas personas no eran otras que los padres del niño, y el propio niño que no pudo contener su emoción al ver que su juguete perdido había regresado milagrosamente a casa. El soldadito también se emocionó, pues su deseo se había hecho realidad. “Por fin, he regresado” – gritaba con emoción para sus adentros – “Dentro de poco podré estar nuevamente junto a mi adorada muñeca”. 

Y así mismo sucedió. El niño colocó al soldadito en la alacena junto al castillo de papel, y desde una de las ventanas, unos ojos bañados en lágrimas lo contemplaban. Era la muñeca bailarina llena de alegría al ver como su amado regresaba junto a ella. Desde entonces, el payaso malvado no volvió a entrometerse con la pareja de enamorados, y el amor, triunfó una vez más por encima del mal. 

                          El soldadito de plomo