domingo, 31 de mayo de 2020

GARBANCITO


Érase una vez hace mucho tiempo, un niño tan pequeño que cabía en la palma de una mano. Todos le llamaban Garbancito, incluso sus padres que le adoraban porque era un hijo cariñoso y muy listo. El tamaño poco importa cuando se tiene grande el corazón. 

Era tan diminuto que nadie lo veía cuando salía a la calle. Eso sí, lo que sí podían hace era oirle cantando su canción preferida: – 

“¡Pachín, pachín, pachín! 

¡Mucho cuidado con lo que hacéis! 

¡Pachín, pachín, pachín! 

¡A Garbancito no piséis!” 

 A Garbancito le gustaba acompañar a su padre cuando iba al campo a la faena y aunque este temía lo que le pudiera pasar, le dejaba acompañarlo. En una ocasión Garbancito iba disfrutando de lo lindo, porque su padre le había permitido guiar al caballo. 

 – “¡Verás como también puedo hacerlo!”, le había dicho a su padre. Luego le pidió que lo situara sobre la oreja del animal y empezó a darle órdenes, que el caballo seguía sin saber de dónde provenían.



–“¿Ves, papá? No importa si soy pequeño, si también puedo pensar”. Le decía Garbancito a su padre que lo miraba orgulloso. Cuando llegaron al campo de coles, mientras su padre recolectaba todas las verduras para luego llevarlas al mercado, Garbancito jugaba y correteaba por dentro de las plantas. 

Tanto se divertía el niño que no se dio cuenta de que cada vez se iba alejando más de su padre. De repente en una de las volteretas quedó atrapado dentro de una col, captando la atención de un enorme buey que se encontraba muy cerca de allí. 

El animal de color parduzco se dirigió hacia donde se encontraba Garbancito y engulló la col de un solo bocado, con el niño adentro. Cuando llegó la hora de regresar el padre buscó a Garbancito por todos lados, sin éxito. Desesperado fue a avisar a su mujer, quien le ayudó a recorrer todos los sembrados y caminos casi hasta el anochecer. Gritaban con una sola voz: – ¡Garbancito! ¿Dónde estás hijo? Pero nadie respondía. 

Los padres apenas pudieron conciliar el sueño aquella noche con el temor de no volver a ver a su hijo. A la mañana siguiente retomaron la búsqueda, sin ser capaces de encontrar aún a Garbancito. 

Pasó la época de lluvia y luego las nevadas, y los padres seguían buscando: – ¡Garbancito! ¡Garbancito! Hasta un día en que se cruzaron con el enorme buey parduzco y sintieron una voz que parecía provenir de su interior. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Estoy aquí! ! ¡En la tripa del buey, donde ni llueve ni nieva!


Sin poder creer que lo habían encontrado y aún seguía vivo, los padres se acercaron al buey e intentaron hacerle cosquillas para que lo dejara salir. El animal no pudo resistir y con un gran estornudo lanzó a Garbancito hacia afuera, quien abrazó a sus padres con inmensa alegría. 

Luego de los abrazos y los besos, los tres regresaron a la casa celebrando y cantando al unísono: – 

“¡Pachín, pachín, pachín! – 

¡Mucho cuidado con lo que hacéis! – 

¡Pachín, pachín, pachín! – 

¡A Garbancito no piséis!” 

Versión 2: Cuento de Garbancito 

Érase una vez una pareja de campesinos humildes que soñaba con tener hijos para traer más amor y bienestar espiritual a la familia. 

Tras mucho intentarlo consiguieron salir embarazados, aunque tras el parto se llevaron una gran sorpresa: su hijo era tan pequeño como un grano de legumbre, razón por la que lo llamaron Garbancito.

A medida que pasaron los años el niño ganaba en belleza y desarrollo de su cuerpo y músculos, pero seguía siendo extremadamente pequeño. Esto preocupaba a sus padres, que constantemente temían además de que por su aparente indefensión, su hijo resultase dañado o muerto ante cualquier eventualidad o accidente de la vida. 

Sin embargo, Garbancito no se amilanaba nunca por su pequeñez. Se sentía fuerte y en tal sentido quería siempre ayudar a sus padres en todo, para superar esa sobreprotección que comprendía, pero que no le gustaba. 

Un día la madre estaba haciendo una exquisita comida y se quedó sin uno de los ingredientes infaltables en la receta, el azafrán. Ni corto ni perezoso Garbancito se ofreció para ir a buscarlo al pueblo. La madre rechazó su ofrecimiento de inicio, alegando la posibilidad de que ocurriese algún accidente, pero tanto insistió el niño, que no tuvo más remedio que dejar que fuese él quien se encargase de ir al pueblo por azafrán. 

Cuando caminaba entre multitudes, Garbancito tenía un cántico específico para alertar a los demás de su presencia y evitar que le pisasen. No obstante, al ser tan pequeño, el cántico apenas se escuchaba, por lo que si una desgracia estaba destinada a suceder, sucedería sin más. 

Afortunadamente Garbancito llegó sano y salvo a la tienda donde la madre le encargó comprar el azafrán. Luego de no poder distinguir de dónde lo llamaban, el tendero vio que el nuevo cliente era un minúsculo hombrecillo, más pequeño incluso que la moneda con la que pagaría el azafrán. 

Se mostró muy sorprendido y hasta un poco asustado de estar perdiendo sus estribos y teniendo visiones, pero al cabo de unos minutos comprendió que podía ser el famoso hijo del tamaño de una legumbre, que hacía unos años habían tenido unos campesinos de la zona. 

Como en definitiva lo único que importaba al tendero era vender, tomó la moneda que agarraba Garbancito y le dio el azafrán. Este, contento por la satisfacción del deber cumplido, reemprendió el camino a casa con su cántico característico. … 

La madre de Garbancito se puso muy contenta cuando vio que su hijo había regresada sano y salvo. 

Así, cuando este pidió ser él quien llevase el almuerzo al padre, la madre no mostró tanta preocupación como la vez anterior, aunque sí le exigió que se cuidara mucho de todos los animales y trabajadores del campo. 

Garbancito salió con la cesta del almuerzo de su papá y todo parecía iba a ir de maravillas, mas resulta que de pronto, un fuerte aguacero lo obligó a guarecerse tras una col bastante grande. 

Al cabo del rato pasó por allí un buey hambriento al que la lluvia poco le importunaba para saciar su apetito. Apenas vio la col en la que estaba el minúsculo hombrecillo, aunque sin ver a este, la devoró de un bocado. 

De esta forma, Garbancito fue a dar al interior del vientre del buey, sin posibilidad aparente de poder salir. … 

La lluvia terminó horas después y con ella, cansado de esperar por su almuerzo, el papá de Garbancito fue a la casa a recriminar a su esposa por el olvido. 

Esta le explicó que hacía rato que el hijo había ido a llevárselo y preguntó que cómo era posible que no lo hubiese visto, ni hubiese escuchado sus cánticos.

Ambos se preocuparon enormemente y corrieron al campo a buscar a su pequeño hijo, que tanto trabajo les había costado tener. 

Los vecinos se solidarizaron con su búsqueda apenas los escucharon vociferar con desespero el nombre del niño, al que todos quería por su perseverancia y ternura, que rebasaban en miles de veces la estatura de la cual lo había dotado la naturaleza. 

Tras mucho buscar, los padres oyeron a Garbancito cerca de donde pastaban unas vacas y un viejo buey. 

Le pidieron que siguiera vociferando para identificar el punto exacto en el que estaba, y así descubrieron que su voz provenía del interior del buey. 

De inmediato el padre hizo cosquillas al animal en el hocico, hasta obligarlo a estornudar con fuerza, de forma que con el brutal estornudo Garbancito salió disparado, pero sano y salvo. 

Los vecinos aplaudieron mucho de emoción mientras Garbancito y sus padres se fundían en un gran abrazo.

Luego volvieron a su casa cantando los tres el cántico del niño, el cual decía así: 

Pachín, pachín, pachán, 

A Garbancito no lo piséis 

Pachín, pachín, pachán, 

A Garbancito no lo piséis 

Y así, Garbancito fue feliz para siempre. Un día crecería y se casaría con una bella princesa, pero eso ya es otra historia. 

                             Garbancito


LA PRINCESA RAPUNZEL


Había una vez una linda pareja cuyo único deseo era tener un bebé. Tras años de espera, por fin lograron quedar embarazados y su felicidad se vio completa. Tendrían una hija o hijo y podrían ser una adorable familia. 

Sin embargo, no parecía que la felicidad estuviese destinada a ellos. Frente a su casa había un huerto donde crecían bellísimos frutos y flores. 

La mujer siempre había deseado probarlos, pero ni ella ni su marido se habían atrevido nunca a ir en su busca porque se decía que el terreno pertenecía a una cruel hechicera. 

Nadie entraba a ese huerto, pero aún así el deseo crecía por días en el interior de la mujer, que al no poder probar alguna de las manzanas que cada día disfrutaba con la vista, cayó gravemente enferma de pena. 

Ante la situación, que podía traer consecuencias también para el bebé, el hombre irrumpió en la huerta sin temor alguno y llevo algunas manzanas a su amor.

Como por arte de magia, al comer las frutas el estado de salud de la mujer mejoró, pero para mantenerse bien necesitaba comerlas cada día. 

Por ello todas las tardes el hombre irrumpía en la huerta de la hechicera hasta que esta, vigilante por la falta que percibió en su cultivo favorito, las manzanas, lo atrapó y amenazó con cobrarle su vida por tamaña osadía. 

El hombre le suplicó clemencia y le explicó el motivo por el cual tomaba las manzanas. 

La bruja comprendió al hombre pero en su corazón no había sitio para la bondad, por lo que le propuso un trato. Podría seguir llevando manzanas a su esposa, pero cuando naciera el bebé se lo entregaría a ella, que nunca había podido tener hijos. 

Al buen hombre no le quedó otro remedio que aceptar. 

Cuando nació su bebé, que era una tierna y linda niña, se le llevó a la hechicera, quien a la postre terminó criándola. … 

Pasaron los años y la niña, que se había convertido en la muchacha más bella que se había visto nunca por aquellos lares, despertó la envidia de la bruja, que decidió encerrarla en una torra alta y alejada, donde no había puertas por las que entrar o salir. 

La torre solo tenía una ventana alta desde la que Rapunzel, nombre que había dado la bruja a la niña, podía asomarse siempre que quisiera a disfrutar del paisaje. 

No obstante, la soledad y la reclusión no hacen la felicidad, por lo que Rapunzel no era ni de lejos una muchacha feliz. Su única interacción era con la hechicera, que cada tarde iba a la torre y la llamaba para que dejara caer su larga trenza y ella subir a verla y darle los alimentos necesarios. 

Un día esta rutina fue apreciada por un joven que, atraído por el canto de Rapunzel, se había acercado a la torre y se escondió tras un árbol al ver a la bruja. Vio como esta llamó a la bella muchacha y le pidió que dejase caer su trenza hasta el suelo para subir.

Así, cuando la malévola hechicera se fue, hizo lo mismo y trepó hasta la torre, con lo que Rapunzel se llevó una gran sorpresa. 

Al principio se asustó mucho, pues estaba acostumbrada solo a la presencia de la bruja, que en definitiva la había criado desde bebé, pero a medida que pasaron los minutos e interactuaba con el joven apuesto, se sintió bien y descubrió que compartir con él le resultaba más atractivo que estar recluida en la torre, cantar y recibir la visita de la hechicera. 

Sin embargo, la felicidad de los bellos jóvenes no duró mucho.


La bruja había olvidado su sombrero en la torre y regresó antes de lo previsto. Se percató que Rapunzel no estaba sola y espero a que el joven descendiese de la torre para atraparlo y dejarlo ciego con un hechizo.

Luego subió y cortó la trenza de Rapunzel, a la que desterró a una cabaña en un apartado del bosque que no frecuentaba nunca ninguna persona. 

Cegado, el joven estuvo condenado a vagar por el bosque, impedido de encontrar el camino a su casa y mucho menos de volver a contemplar la belleza de Rapunzel. 

Tras muchos meses de andares torpes y a ciegas, escuchó a lo lejos una bella voz que le resultó familiar. Siguió su rastro y a medida que se acercaba descubrió que esa voz era la de su bella Rapunzel.


Cuando lo vio, la muchacha fue corriendo a su encuentro y lo abrazó con gran ternura. Creyó que había ido a rescatarla de aquel infierno, pero al ver que el joven estaba ciego por un maleficio de la hechicera rompió en llanto. 

Tanto lloró, que inevitablemente algunas de sus lágrimas llegaron a los ojos del muchacho, devolviéndole la visión. 

Esto hizo muy feliz a la pareja que sin dudarlo se fue para siempre de aquel sitio, al pueblo del que provenía el joven, que en definitiva era un príncipe muy querido. 

La historia no es muy clara sobre si Rapunzel y su príncipe se casaron o quedaron como muy buenos amigos. Nosotros, amantes de los finales felices, más cuando se lucha mucho para conseguirlos, queremos creer que sí lo hicieron y que reinaron juntos, llevando felicidad a toda la comarca y a los muchos hijos que de seguro tuvieron. 

                       La princesa Rapunzel


LOS TRES CERDITOS Y EL LOBO FEROZ


Había una vez 3 cerditos que eran hermanos y vivían en lo más profundo del bosque. Siempre habían vivido felices y sin preocupaciones en aquel lugar, pero ahora se encontraban temerosos de un lobo que merodeaba la zona. Fue así como decidieron que lo mejor era construir cada uno su propia casa, que les serviría de refugio si el lobo los atacaba.

El primer cerdito era el más perezoso de los hermanos, por lo que decidió hacer una sencilla casita de paja, que terminó en muy poco tiempo. Luego del trabajo se puso a recolectar manzanas y a molestar a sus hermanos que aún estaban en plena faena. 

El segundo cerdito decidió que su casa iba a ser de madera, era más fuerte que la de su hermano pero tampoco tardó mucho tiempo en construirla. Al acabar se le unió a su hermano en la celebración.



lobo! ¡No puede entrar!”. 

El lobo que pasaba cerca de allí se sintió insultado ante tanta insolencia y decidió acabar con los cerditos de una vez. Los tomó por sorpresa y rugiendo fuertemente les gritó: -“Cerditos, ¡me los voy a comer uno por uno!”. 

Los 3 cerditos asustados corrieron hacia sus casas, pasaron los pestillos y pensaron que estaban a salvo del lobo. Pero este no se había dado por vencido y se dirigió a la casa de paja que había construido el primer cerdito. – 

“¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme o soplaré y la casa derribaré!”- dijo el lobo feroz. 

Como el cerdito no le abrió, el lobo sopló con fuerza y derrumbó la casa de paja sin mucho esfuerzo. El cerdito corrió todo lo rápido que pudo hasta la casa del segundo hermano. 

De nuevo el lobo más enfurecido y hambriento les advirtió: -

“¡Soplaré y soplaré y esta casa también derribaré!” 

El lobo sopló con más fuerza que la vez anterior, hasta que las paredes de la casita de madera no resistieron y cayeron. Los dos cerditos a duras penas lograron escapar y llegar a la casa de ladrillos que había construido el tercer hermano.



enfadado y decidido a comerse a los tres cerditos, así que sin siquiera advertirles comenzó a soplar tan fuerte como pudo. Sopló y sopló hasta quedarse sin fuerzas, pero la casita de ladrillos era muy resistente, por lo que sus esfuerzos eran en vano. 

Sin intención de rendirse, se le ocurrió trepar por las paredes y colarse por la chimenea. -“Menuda sorpresa le daré a los cerditos”, – pensó. 

Una vez en el techo se dejó caer por la chimenea, sin saber que los cerditos habían colocado un caldero de agua hirviendo para cocinar un rico guiso de maíz. El lobo lanzó un aullido de dolor que se oyó en todo el bosque, salió corriendo de allí y nunca más regresó.

Los cerditos agradecieron a su hermano por el trabajo duro que había realizado. Este los regañó por haber sido tan perezosos, pero ya habían aprendido la lección así que se dedicaron a celebrar el triunfo. Y así fue como vivieron felices por siempre, cada uno en su propia casita de ladrillos. 

                          Los tres cerditos


HANSEL Y GRETEL


Érase una vez dos niños llamados Hansel y Gretel, quienes vivían con su padre leñador y su madrastra cerca de un espeso bosque. La situación de la familia era precaria, vivían con mucha escasez y apenas tenían para alimentarse. 

Una noche la cruel madrastra le sugirió al buen leñador que se encontraba atormentado pensando que sus hijos morirían de hambre. – “Debemos abandonarlos en el bosque, ya no hay suficiente comida. A lo mejor se encuentran a alguien que se apiade y les dé de comer”. 

Al principio el padre se opuso rotundamente a la idea de abandonar a sus hijos a la merced del bosque. – “¿Cómo se te puede ocurrir semejante idea mujer? ¿Qué clase de padre crees que soy?” – le respondió enfadado. 

La mujer que estaba dispuesta a deshacerse de la carga de los niños, no descansó hasta convencer al débil leñador de que aquella era la única alternativa que le quedaba.


Los niños no estaban realmente dormidos, por lo que escucharon junto a la puerta de su habitación toda la conversación. Gretel lloraba desconsoladamente, pero Hansel la consoló asegurándole que tenía una idea para encontrar el camino de regreso. 

A la mañana siguiente cuando los niños se disponían a acompañar a su padre al bosque como hacían a menudo, la madrastra les dio un pedazo de pan a cada uno para el almuerzo. Así fue como los niños siguieron a su padre hasta la espesura al bosque, sabiendo que este los iba a dejar allí. Hansel iba detrás, dejando caer migas de su pan para marcar el camino por el que debían regresar a la casa. 

Cuando llegaron a un claro, el padre les dijo con una tristeza profunda. – “Esperen aquí hijos míos, iré a cortar algo de leña y luego vendré a buscarlos”.

Hansel y Gretel se quedaron tranquilos como su padre les había pedido, creyendo que tal vez había cambiado de opinión. Se quedaron profundamente dormidos hasta que los sorprendió la noche y siguiendo la luz de la luna, intentaron encontrar el camino de regreso. Pero por más que buscaron y buscaron no lograron encontrar las migas de pan que indicaban el camino, ya que antes los pájaros del bosque se las habían comido. 

Así vagaron sin rumbo durante la noche y el día siguiente por el bosque, y con cada paso que daban se alejaban más de la cabaña donde vivían. Pensaban que iban a morir de hambre cuando encontraron a un pajarillo blanco que cantaba y movía sus alas, como invitándoles a seguirle. Siguieron el vuelo de aquel pajarillo hasta que llegaron a una casita, que para su sorpresa estaba construida completamente de dulces. El tejado, las ventanas e incluso las paredes estaban recubiertas de jengibre, chocolate, bizcochos y azúcar.

De inmediato se abalanzaron hacia la casita y mientras mordisqueaban todo lo que podían, oyeron la voz de una viejecita desde el interior que los invitaba a pasar. Se trataba de una bruja malvada que usaba aquel hechizo para atraer a los niños y luego comérselos. 

Una vez adentro fue muy tarde para Hansel y Gretel, quienes no lograron escapar. La bruja decidió que Gretel le era más útil en las labores domésticas y a Hansel se lo comería luego de engordarlo, porque estaba muy delgado. Lo metió en una jaula donde lo alimentaba a diario y como estaba media ciega, cuando le pedía que le sacase la mano para ver si había engordado algo, Hansel la engañaba con un hueso. 

Pasó el tiempo y la bruja finalmente se aburrió, por lo que decidió comérselo así mismo. Le ordenó a Gretel que prepara el horno para cocinarlo. Mientras la bruja estaba distraída viendo si el horno estaba lo suficientemente caliente, Gretel aprovechó la oportunidad para empujarla a su interior. 

Gretel corrió y liberó a su hermano, pero antes de marcharse tomaron las joyas y diamantes que mantenía escondidos la bruja. Huyeron del bosque tan lejos como pudieron, hasta que llegaron a la orilla de un inmenso lago en el que nadaba un bello cisne blanco. Le pidieron ayuda al cisne que los ayudó a cruzar hasta la otra orilla, indicándoles el camino de regreso a su casa. 

Con inmensa alegría los niños encontraron a su padre, que no había pasado un día sin que se arrepintiera de lo que les había hecho a sus adorados hijos. Les contó que los había buscado por todo el bosque sin cesar y que la madrastra había muerto. Les prometió que en lo adelante se esforzaría por ser un mejor padre y hacerlos feliz. 

Los niños dejaron caer los tesoros de la bruja a los pies de su padre y le dijeron que ya no tendrían que pasar más malos momentos. Y fue así como vivieron felices y ricos por siempre, Hansel y Gretel y su padre el leñador. 

                     Hansel y Gretel

sábado, 30 de mayo de 2020

EL SASTRECILLO VALIENTE


En una pequeña ciudad, vivió hace mucho tiempo un joven sastrecillo que trabajaba todos los días cosiendo y remendando ropas con sus habilidosas manos. Cierta mañana, cansado de tanto laborar, el sastrecillo decidió comprar un poco de mermelada para comer con pan, y cuando recién se disponía a dar el primer bocado, aparecieron desde la ventana una docena de moscas que pretendían compartir con el sastrecillo aquel pan con mermelada tan suculento. 

Maldiciendo y lamentándose, el joven comenzó a espantar a sus molestos visitantes, pero al ver que toda acción era en vano, se dispuso a eliminarlas con un paño mojado de la cocina. Tras dar un golpe seco y rápido sobre la mesa, el sastrecillo pudo ver que había logrado matar a siete moscas, por lo que, orgulloso de sí mismo, decidió bordarse sobre el cinturón un cartel bien grande en el que se leía: “SIETE DE UN GOLPE”. 

Sin pensarlo dos veces, el sastrecillo abandonó la comodidad de su casa para pasearse por toda la ciudad con su cinturón bordado, no sin antes llevar consigo un trozo viejo de queso blanco y su mascota preferida: un pájaro. 

De esta manera, anduvo el sastrecillo durante horas por toda la ciudad, y tanto dieron sus piernas, que llegó hasta lo más alto de una montaña, donde reposaba tranquilamente un temible gigante. “Hola, amigo mío” – le dijo el sastrecillo que parecía un granito de sal al lado de semejante criatura. 

“No me molestes, enano. ¿No ves que estoy a mitad de mi siesta?”, dijo el gigante con desprecio, pero al ver el cinturón del sastrecillo en el que se leía “SIETE DE UN GOLPE”, la enorme criatura pensó que en realidad, aquel jovenzuelo había eliminado a siete caballeros, así que decidió ponerlo a prueba. 

Con sus imponentes manos, el gigante tomó una roca del suelo y la exprimió entre sus manos. “¿Acaso eres tan fuerte como yo?” – le preguntó el gigante al sastrecillo entre risas burlones, pero este decidió seguirle el juego y rápidamente sacó el pedazo de queso blanco de su bolsillo y lo apretó con todas sus fuerzas hasta desmoronarlo. 

Asombrado de tanta fuerza, el gigante quiso probar una vez más a aquel valiente joven, y tomando una piedra entre sus manos la lanzó tan alto que terminó perdiéndose en las nubes. “Ahora inténtalo tú, enano”, le dijo el gigante al sastrecillo mirándolo con desprecio, pero este no se dejó intimidar, y tomando de su bolsillo al pájaro que tenía por mascota, lo lanzó con todas las fuerzas de sus brazos hasta que el animal se perdió volando en el horizonte. 

Enfurecido y malhumorado, el gigante se marchó del lugar, sin dejar de reconocer que en verdad, aquel hombre menudo le había ganado en materia de fuerza. Contento por aquella hazaña, el sastrecillo valiente se dispuso a continuar su travesía, y tras un largo caminar, arribó al palacio de un lejano reino. 

En aquel lugar, vivía un viejo rey con su hija, una hermosa princesa. Al verla, el jovenzuelo no pudo ocultar su amor, y tan pronto se lo permitieron corrió a encontrarse con el rey para pedirle la mano de su hija. 

“Valiente caballero, si estás dispuesto a casarte con mi hija, deberás probar tu valentía. En el bosque habita un malvado gigante que destruye las cosechas y asusta a los campesinos. Acaba con él y te prometeré a mi hija, la princesa”. Tan pronto terminó de hablar el rey, el sastrecillo salió a toda velocidad por el mismo camino que había transitado, y al cabo de unas horas, encontró por fin al gigante, tumbado a la sombra de varios árboles. 

“Eh tú, grandulón, he pensado que esta tierra es demasiado grande para que podamos compartirla. Uno de los dos tiene que irse”, dijo el sastrecillo alzando su voz en lo alto. Al verlo, el gigante se llenó de furia, pero le pidió al sastrecillo que pasara una noche en su cueva, y si lograba sobrevivir, entonces aceptaría finalmente la derrota y se marcharía de aquellas tierras. 

Sin preocuparse demasiado, el jovenzuelo acordó el trato y se marchó con el gigante a una cueva enorme en las afueras del bosque. Tan pronto arribaron al lugar, el gigante le ofreció su cama al sastrecillo, pero como hacía tanto frío y la cama era tan grande, el pobre hombre pensó que sería mejor acurrucarse en una de las esquinas, y así lo hizo. 

En el medio de la noche, el gigante se acercó sigilosamente a la cama del sastrecillo, levantó el tronco de un grueso árbol y lo dejó caer con furia sobre el centro de la cama una, dos y tres veces. Sin embargo, a la mañana siguiente, el sastrecillo se levantó con toda tranquilidad y al verlo, el gigante se puso blanco como un papel. Sin decir media palabra, la enorme criatura salió disparada a toda velocidad, y nunca más se le ocurrió regresar a aquellas tierras. 

De regreso al palacio, el sastrecillo pudo contar la noticia al rey, quien no dudó un instante en casar a aquel valiente jovenzuelo con la princesa para que vivieran muy felices por el resto de sus vidas. 

                    El sastrecillo valiente

EL GIGANTE EGOISTA


Hace muchos años, en un pequeño pueblo, existían cinco niños muy amigos que cada tarde salían a jugar al bosque. Los pequeños correteaban por la yerba, saltaban a los árboles y se bañaban en los ríos con gran felicidad. En realidad, eran muy unidos y les gustaba sentirse en compañía de los animales y el calor que les brindaba el Sol. Sin embargo, cierta tarde, los niños se alejaron del bosque y fueron a dar con un inmenso castillo resguardado por unos altos muros. 

Sin poder contener la curiosidad, treparon los muros y se adentraron en el jardín del castillo, y después de varias horas de juego, sintieron una voz terrible que provenía de adentro. “¿Qué hacen en mi castillo? ¡Fuera de aquí!”. 

Asaltados por el miedo, los cinco niños se quedaron inmóviles mirando hacia todas partes, pero en seguida se asomó ante sus ojos un gigante egoísta horroroso con los ojos amarillos. “Este es mi castillo, rufianes. No quiero que nadie ande merodeando. Largo de aquí y no se atrevan a regresar. ¡Fuera!”. Sin pensarlo dos veces, los niños salieron disparados a toda velocidad de aquel lugar hasta perderse en la lejanía. 

Para asegurarse de que ningún otro intruso penetraría en el castillo, el gigante reforzó los muros con plantas repletas de espinas y gruesas cadenas que apenas dejaban mirar hacia el interior. Además, en la puerta principal, el gigante egoísta y malhumorado colocó un cartel enorme donde se leía: “¡No entrar!”. 

A pesar de todas estas medidas, los niños no se dieron por vencidos, y cada mañana se acercaban sigilosos a los alrededores del castillo para contemplar al gigante. Allí se quedaban por un largo rato hasta que luego regresaban con tristeza a casa. Tiempo después, tras la primavera, arribó el verano, luego el otoño, y finalmente el invierno. En pocos días, la nieve cubrió el castillo del gigante y le aportó un aspecto sombrío y feo. Los fuertes vientos arreciaban en las ventanas y las puertas, y el gigante permanecía sentado en su sillón deseando que regresara nuevamente la primavera. 

Al cabo de los meses, el frío por fin se despidió y dio paso a la primavera. El bosque gozó nuevamente de un verde brillante muy hermoso, el Sol penetró en la tierra y los animales abandonaron sus guaridas para poblar y llenar de vida la región. Sin embargo, eso no sucedió en el castillo del gigante egoísta. Allí la nieve aún permanecía reinando, y los árboles apenas habían asomado sus ramas verdosas. 

“¡Qué desdicha!” – se lamentaba el gigante“Todos pueden disfrutar de la primavera menos yo, y ahora mi jardín es un espacio vacío y triste”. 

Afligido por su suerte, este se tumbó en su lecho y allí hubiese quedado para siempre sino fuese porque un buen día oyó con gran sorpresa el cantar de un sinsonte en la ventana. Asombrado y sin poder creerlo aún, el gigante se asomó y esbozó una sonrisa en sus labios. Su jardín había recuperado la alegría, y ahora, no sólo los árboles ofrecían unas ramas verdes y hermosas, sino que las flores también habían decidido crecer, y para su sorpresa, los niños también se encontraban en aquel lugar jugando y correteando de un lado hacia el otro. 

“¿Cómo pude ser tan egoísta? Los niños me han traído la primavera y ahora me siento más feliz” – así gritaba el gigante mientras descendía las escaleras para salir al jardín. Al llegar al lugar, descubrió que los pequeñines trepaban a los árboles y se divertían alegremente. Todos menos uno, que por ser el más chico no podía trepar a ningún árbol. 

Compadecido con aquel niño, el gigante egoísta decidió ayudarlo y tendió su mano para que este pudiera subir al árbol. Entonces, la enorme criatura eliminó las plantas con espinas que había colocado en su muro y también las cadenas que impedían el paso hacia su castillo. 

Sin embargo, cuando los niños le vieron sintieron miedo de que el gigante egoísta les expulsará del lugar, y sin perder tiempo se apresuraron a marcharse del castillo, pero el niño más pequeño quedó entonces atrapado en el árbol sin poder descender. Para su sorpresa, las flores se marchitaron, la yerba se tornó gris y los árboles comenzaron a llenarse de nieve.

Con gran tristeza, el gigante le pidió al chico que no llorara, y en cambio le dijo que podía quedarse y jugar en su jardín todo el tiempo que quisiera. Entonces, los demás niños que permanecían escondidos desde fuera del muro, comprendieron que este no era malo, y que por fin podían estar en el jardín sin temor a ser expulsados. Desde ese entonces, cada año cuando la primavera arriba al bosque, los niños se apresuran hacia el castillo del gigante para llenar de vida su jardín y sus flores. 

                         El gigante egoísta

EL GANSO DE ORO


Érase una vez, un anciano leñador que tenía tres hijos. El más pequeño de los tres se llamaba “Tontín”, y sus hermanos lo despreciaban porque era muy lento para el trabajo. Un buen día, mientras el más grande y fuerte de los hijos del leñador se encontraba talando en el bosque, apareció de repente un anciano vestido con harapos que suplicaba por un sorbo de agua y un poco de comida. 

“De mi parte no recibirás nada, anciano inútil. Apártate” – le gritó el jovenzuelo y continuó su trabajo talando los árboles. Entonces, el hombre canoso le lanzó una maldición y desde lo alto cayó una rama pesada que fue a parar a la cabeza del joven leñador. 

Al llegar a casa, adolorido y triste, el más grande de los hijos del leñador le contó lo sucedido al hermano mediano, y este salió camino hacia el bosque para continuar con el trabajo. Horas después, apareció en el mismo lugar el débil anciano, y al pedir por un poco de comida y un sorbo de agua, el muchacho le respondió: 

“No le daré nada, viejo decrépito. Apártese a un lado”. Y nuevamente, el hombre canoso lanzó una maldición sobre el muchacho, quien recibió un fuerte golpe en la cabeza por una rama desprendida de los árboles. 

Con tan mala suerte, el hermano mediano regresó a casa y como no quedaba nadie para trabajar, Tontín decidió terminar de talar los árboles, y partió a toda velocidad hacia el bosque. Al llegar al lugar, el anciano apareció entre los árboles para pedir un poco de agua y comida, pero Tontín no lo pensó dos veces y aceptó compartir su comida con aquel hombre debilucho. Para recompensarlo, el anciano le regaló nada menos que un ganso de oro.


Alegre por su regalo, Tontín partió hacia la cabaña para reunirse con su padre y sus hermanos, pero como era de noche, decidió refugiarse en una pequeña posada en el medio del bosque. En aquel lugar, vivía un posadero con sus tres hijas, las cuales, al ver llegar a Tontín con su ganso de oro quisieron aprovecharse y robar las plumas de oro del animal. 

La mayor de las muchachas, esperó entonces a que Tontín se quedara dormido, y entró en el cuarto sigilosamente buscando el ganso de oro. Sin embargo, cuando por fin puso sus manos sobre el animal, quedó pegada irremediablemente a él sin poder escapar. Así lo hicieron las otras dos hermanas, quedando pegadas una detrás de la otra. 

A la mañana siguiente, Tontín emprendió su camino de regreso a casa, sin darse cuenta que las muchachas se arrastraban con él, pegadas al ganso de oro. Durante el trayecto, un granjero quiso ayudarlas, pero este también quedó pegado al animal sin poder zafarse. La esposa del pobre hombre decidió entonces hacer algo por su marido, pero tan pronto lo tocó se quedó enganchada de la fila. 

El perro de la esposa, al ver a su ama arrastrándose por el suelo, trató de ayudarla agarrándola por los tobillos, pero tanto el pobre animal, como el gato de la granja y tres pollitos quedaron inútilmente pegados, justo detrás de la mujer, el granjero y las tres hijas del posadero. 

Con el paso del tiempo, aquella extraña caravana llegó a la ciudad, donde el rey tenía una hija que nunca había podido reír. Tanta era la amargura del rey que ofreció la mano de la princesa a cualquier ser humano que fuera capaz de hacerla reír. Para suerte de Tontín, la triste muchacha se encontraba en ese momento descansando en su alcoba, y al ver aquella fila de personas y animales arrastrándose por el suelo, estalló en miles de carcajadas, por lo que el rey no tuvo más remedio que casarla con el atontado muchacho. 

Así fue que, en poco tiempo, Tontín logró casarse con la princesa para comenzar a vivir una vida llena de alegría y felicidad.

                                     El ganso de oro

LA CAPERUCITA ROJA


Érase una vez una niña que era muy querida por su abuelita, a la que visitaba con frecuencia aunque vivía al otro lado del bosque. Su madre que sabía coser muy bien le había hecha una bonita caperuza roja que la niña nunca se quitaba, por lo que todos la llamaban Caperucita roja.

Una tarde la madre la mandó a casa de la abuelita que se encontraba muy enferma, para que le llevara unos pasteles recién horneados, una cesta de pan y mantequilla. – “

Caperucita anda a ver cómo sigue tu abuelita y llévale esta cesta que le he preparado”, –le dijo. Además le advirtió: –“No te apartes del camino ni hables con extraños, que puede ser peligroso”.

Caperucita que siempre era obediente asintió y le contestó a su mamá: – “No te preocupes que tendré cuidado”. Tomó la cesta, se despidió cariñosamente y emprendió el camino hacia casa de su abuelita, cantando y bailando como acostumbraba.

No había llegado demasiado lejos cuando se encontró con un lobo que le preguntó: – “Caperucita, caperucita ¿a dónde vas con tantas prisas?”

Caperucita lo miró y pensó en lo que le había pedido su mamá antes de salir, pero como no sintió temor alguno le contestó sin recelo. – “A casa de mi abuelita, que está muy enfermita”. A lo que el lobo replicó: – “¿Y d ó nde vive tu abuelita?”.



El lobo que ya había decidido comerse a Caperucita, pensó que era mejor si primero tomaba a la abuelita como aperitivo. – “No debe estar tan jugosa y tierna, pero igual servirá”, – se dijo mientras ideaba un plan.

Mientras acompañaba a esta por el camino, astutamente le sugirió: – “¿Sabes qué haría realmente feliz a tu abuelita? Si les llevas algunas de las flores que crecen en el bosque”.

Caperucita también pensó que era una buena idea, pero recordó nuevamente las palabras de su mamá. – “Es que mi mamá me dijo que no me apartara del camino”. A lo que el lobo le contestó: – “¿Ves ese camino que está a lo lejos? Es un atajo con el que llegarás más rápido a casa de tu abuelita”.

Sin imaginar que el lobo la había engañado, esta aceptó y se despidió de él. El lobo sin perder tiempo alguno se dirigió a la casa de la abuela, a la que engañó haciéndole creer que era su nieta Caperucita. Luego de devorar a la abuela se puso su gorro, su camisón y se metió en la cama a esperar a que llegase el plato principal de su comida.

A los pocos minutos llegó Caperucita roja, quien alegremente llamó a la puerta y al ver que nadie respondía entró. La niña se acercó lentamente a la cama, donde se encontraba tumbada su abuelita con un aspecto irreconocible.



– “Abuelita, que ojos más grandes tienes”, – dijo con extrañeza. – “Son para verte mejor”, – dijo el lobo imitando con mucho esfuerzo la voz de la abuelita. –

“Abuelita, pero que orejas tan grandes tienes” – dijo Caperucita aún sin entender por qué su abuela lucía tan cambiada. –

“Son para oírte mejor”, – volvió a decir el lobo. –

“Y que boca tan grande tienes”. –

“Para comerte mejooooooooor”, – chilló el lobo que diciendo esto se abalanzó

sobre Caperucita, a quien se comió de un solo bocado, igual que había hecho antes con la abuelita.

En el momento en que esto sucedía pasaba un cazador cerca de allí, que oyó lo que parecía ser el grito de una niña pequeña. Le tomó algunos minutos llegar hasta la cabaña, en la que para su sorpresa encontró al lobo durmiendo una siesta, con la panza enorme de lo harto que estaba

El cazador dudó si disparar al malvado lobo con su escopeta, pero luego pensó que era mejor usar su cuchillo de caza y abrir su panza, para ver a quién se había comido el bribón. Y así fue como con tan solo dos cortes logró sacar a Caperucita y a su abuelita, quienes aún estaban vivas en el interior del lobo.

Entre todos decidieron darle un escarmiento al lobo, por lo que le llenaron la barriga de piedras y luego la volvieron a coser. Al despertarse este sintió una terrible sed y lo que pensó que había sido una mala digestión. Con mucho trabajo llegó al arroyo más cercano y cuando se acercó a la orilla, se tambaleó y cayó al agua, donde se ahogó por el peso de las piedras.

Caperucita roja aprendió la lección y pidió perdón a su madre por desobedecerla. En lo adelante nunca más volvería a conversar con extraños o a entretenerse en el bosque.

                                              Caperucita roja