Al igual que todos los años, en los meses de verano, la Señora Pata se dedicaba a empollar. El resto de las patas del corral siempre esperaban con muchos deseos que los patitos rompiesen el cascarón para poder verlos, pues los patitos de esta distinguida pata siempre eran los más bellos de todos los alrededores.
El momento tan esperado llegó, lo que causó un gran alboroto ya que todas las amigas de mamá pata corrieron hacia el nido para ver tal acontecimiento. A medida que iban saliendo del cascarón, tanto la Señora Pata como sus amigas gritaban de la emoción de ver a unos patitos tan bellos como esos. Era tanta la algarabía que había alrededor del nido que nadie se había percatado que aún faltaba un huevo por romperse. El séptimo era el más grande de todos y aún permanecía intacto lo que puso a la expectativa a todos los presentes. Un rato más tarde se empezó a ver como el cascarón se abría poco a poco, y de repente salió un pato muy alegre. Cuando todos lo vieron se quedaron perplejos porque este era mucho más grande y larguirucho que el resto de los otros patitos, y lo que más impresionó era lo feo que era.
Esto nunca le había ocurrido a la Señora Pata, quien para evitar las burlas de sus amigas lo apartaba con su ala y solo se dedicaba a velar por el resto de sus hermanitos. Tanto fue el rechazo que sufrió el patito feo que él comenzó a notar que nadie lo quería en ese lugar. Toda esta situación hizo que el patito se sintiera muy triste y rechazado por todos los integrantes del coral e incluso su propia madre y hermanos eran indiferentes con él. Él pensaba que quizás su problema solo requería tiempo, pero no era así pues a medida que pasaban los días era más largo, grande y mucho más feo. Además se iba convirtiendo en un patito muy torpe por lo que era el centro de burlas de todos. Un día se cansó de toda esta situación y huyó de la granja por un agujero que se encontraba en la cerca que rodeaba a la propiedad. Comenzó un largo camino solo con el propósito de encontrar amigos a los que su aspecto físico no les interesara y que lo quisieran por sus valores y características. Después de un largo caminar llegó a otra granja, donde una anciana lo recogió en la entrada. En ese instante el patito pensó que ya sus problemas se habían solucionado, lo que él no se imaginaba que en ese lugar sería peor. La anciana era una mujer muy mala y el único motivo que tuvo para recogerlo de la entrada era usarlo como plato principal en una cena que preparaba. Cuando el patito feo vio eso salió corriendo sin mirar atrás.
Pasaba el tiempo y el pobrecillo continuaba en busca de un hogar. Fueron muchas las dificultades que tuvo que pasar ya que el invierno llegó y tuvo que aprender a buscar comida en la nieve y a refugiarse por sí mismo, pero estas no fueron las únicas pues tuvo que esquivar muchos disparos provenientes de las armas de los cazadores. Siguió pasando el tiempo, hasta que por fin llegó la primavera y fue en esta bella etapa donde el patito feo encontró por fin la felicidad. Un día mientras pasaba junto a estanque diviso que dentro de él había unas aves muy hermosas, eran cisnes. Estas tenían clase, eran esbeltas, elegantes y se desplazaban por el estanque con tanta frescura y distinción que el pobre animalito se sintió muy abochornado por lo torpe y descuidado que era él. A pesar de las diferencias que él había notado, se llenó de valor y se dirigió hacia ellos preguntándole muy educadamente que si él podía bañarse junto a ellos. Los cisnes con mucha amabilidad le respondieron todos juntos: – ¡Claro que puedes, como uno de los nuestros no va a poder disfrutar de este maravilloso estanque! El patito asombrado por la respuesta y apenado les dijo:
– ¡No se rían de mí! Como me van a comparar con ustedes que están llenos de belleza y elegancia cuando yo soy feo y torpe. No sean crueles burlándose de ese modo. – No nos estamos riendo de ti, mírate en el estanque y veras como tu reflejo demostrara cuan real es lo que decimos.- le dijeron los cisnes al pobre patito. Después de escuchar a las hermosas aves el patito se acercó al estanque y se quedó tan asombrado que ni el mismo lo pudo creer, ya no era feo. ¡Se había transformado en un hermoso cisne durante todo ese tiempo que pasó en busca de amigos! Ya había dejado de ser aquel patito feo que un día huyó de su granja para convertirse en el más bello y elegante de todos los cisnes que nadaban en aquel estanque. El patito feo
Había una vez, una mamá cabra que vivía en una casita del bosque con siete cabritillos. Los pequeñines vivían muy felices, protegidos por su madre de todo peligro. Cierta mañana, la cabra decidió salir al bosque en busca de comida para sus pequeños pero antes de partir les advirtió: “Mis queridos hijos, no deben abrirle la puerta a nadie hasta que yo regrese. El lobo malo anda suelto por el bosque y de seguro vendrá a devorarlos mientras yo no esté”. “No te preocupes mamá. Tendremos mucho cuidado”, prometieron los cabritillos viendo alejarse a su madre por el bosque. Unas horas después, mientras los pequeñines saltaban y jugaban dentro de la casita, oyeron unos golpes secos en la puerta. “Hijitos míos, soy vuestra madre y he regresado. Por favor, abridme”. Pero los cabritillos no se dejaron engañar, pues supieron por la voz que se trataba del lobo malo. “No abriremos la puerta. Sabemos que no eres nuestra madre”, gritaron los cabritillos con todas sus fuerzas. El lobo, enfurecido, salió a toda velocidad hacia su cueva y devoró una docena de huevos para aclararse la voz. Al llegar nuevamente a la casita de mamá cabra, toco suavemente la puerta y dijo con mucho cuidado: “Hijos míos, soy vuestra madre y les he traído un regalo. Abridme, por favor”. Engañados por la voz suave y melodiosa del lobo, los cabritillos decidieron mirar por debajo de la puerta y fue entonces cuando pudieron ver las patas negras y gordas del lobo. “No te abriremos porque no eres nuestra madre”, gritaron los pequeñines con temor. Sin embargo, el lobo no se rindió, y partió hacia su cueva nuevamente para pintarse las patas con harina blanca. Por segunda vez, arribó la bestia a la casita donde vivían los cabritillos. “Abridme la puerta mis queridos hijos. Mamá cabra ha llegado”, dijo el lobo malo con una voz suave y musical. Al mirar por debajo de la puerta, los pequeñines pudieron ver unas patas blancas como las de su mamá, y fue entonces cuando el lobo logró entrar a la casita. Muertos de miedo, los pequeños cabritos se pusieron a correr por todo el lugar, pero el lobo era mucho más rápido y logró capturar al cabrito que se había escondido en la estufa, al que se refugió debajo de la cama, al que quedó colgado del techo, al que se ocultó detrás del piano y finalmente, al que se había metido debajo de la alfombra.
Uno por uno, la bestia feroz devoró a los cinco cabritillos, sin darse cuenta que uno de los pequeñines se había quedado escondido en el armario. Repleto y cansado, el lobo decidió abandonar la casita para irse a dormir a la sombra de un árbol. Tiempo después, mamá cabra llegó por fin a la casita con la esperanza de ver a sus hijos, pero cuál fue su sorpresa cuando descubrió que solamente uno de los cabritillos se encontraba en el lugar. Asustada y nerviosa, mamá cabra abrazó a su pequeñín mientras este le contaba cómo el lobo malo había devorado a sus hermanos. Sin tiempo que perder, la madre salió en busca del lobo feroz, y tal cómo había imaginado lo encontró tendido a los pies de un árbol, roncando y durmiendo profundamente con la panza hinchada de tanto comer. Con gran valor, mamá cabra regresó a casa en busca de hilo, agujas y una tijera, para abrirle la panza al lobo malo y rescatar a sus hijitos.
Tan pronto cómo abrió la panza, uno de los cabritillos asomó la cabeza, luego otro, y otro, y otro, hasta que los seis pequeñines se encontraron a salvo bajo el amparo de su madre. Seguidamente, la cabra le indicó a sus hijos que buscaran todas las piedras en los alrededores, y cuando tuvieron una pila enorme, rellenaron la panza del lobo hasta dejarla bien inflada.
Con mucho cuidado, mamá cabra cosió al lobo y se marchó con sus cabritillos rápidamente hacia casa. Cuando la bestia mala despertó, sintió un peso enorme en su estómago, así que se dirigió al río para tomar agua. Como las piedras pesaban mucho, el lobo quedó atrapado en el fondo del río sin poder salvarse, mientras la madre cabra y los cabritillos festejaban a salvo en su casita del bosque.
Versión 1: Cuento de El gato con botas Érase una vez un viejo molinero que tenía tres hijos. El molinero solo tenía tres posesiones para dejarles cuando muriera: su molino, un asno y un gato. Estaba en su lecho de muerte cuando llamó a sus hijos para hacer el reparto de su herencia.
– “Hijos míos, quiero dejarles lo poco que tengo antes de morir”, les dijo. Al hijo mayor le tocó el molino, que era el sustento de la familia. Al mediano le dejó al burro que se encargaba de acarrear el grano y transportar la harina, mientras que al más pequeño le dejó el gato que no hacía más que cazar ratones. Dicho esto, el padre murió. El hijo más joven estaba triste e inconforme con la herencia que había recibido. –“Yo soy el que peor ha salido ¿Para qué me puede servir este gato?”, – pensaba en voz alta.
El gato que lo había escuchado, decidió hacer todo lo que estuviese a su alcance para ayudar a su nuevo amo. – “No te preocupes joven amo, si me das un bolso y un par de botas podremos salir a recorrer el mundo y verás cuántas riquezas conseguiremos juntos”. El joven no tenía muchas esperanzas con las promesas del gato, pero tampoco tenía nada que perder. Si se quedaba en aquella casa moriría de hambre o tendría que depender de sus hermanos, así que le dio lo que pedía y se fueron a recorrer el mundo. Caminaron y caminaron durante días hasta que llegaron a un reino lejano. El gato con botas había escuchado que al rey de aquel país le gustaba comer perdices, pero como eran tan escurridizas se hacían casi imposibles de conseguir. Mientras que el joven amo descansaba bajo la sombra de un árbol, el gato abrió su bolsa, esparció algunos granos que le quedaban sobre ella y se escondió a esperar.
Llevaba un rato acechando cuando aparecieron un grupo de perdices, que encontraron el grano y se fueron metiendo una a una en el saco para comérselo. Cuando ya había suficientes, el gato tiró de la cuerda que se encontraba oculta, cerrando el saco y dejando atrapadas a las perdices. Luego se echó el saco al hombro y se dirigió al palacio para entregárselas al rey. Cuando se presentó ante el rey le dijo: – “Mi rey, el Marqués de Carabás le envía este obsequio. (Este fue el nombre que se le ocurrió darle a su amo)”. El rey complacido aceptó aquella oferta y le pidió que le agradeciera a su señor. Pasaron los días y el gato seguía mandándole regalos al rey, siempre de parte de su amo. Un día el gato se enteró de que el rey iba a pasear con su hermosa hija cerca de la ribera del río y tuvo una idea. Le dijo a su amo: – “Si me sigues la corriente podrás hacer una fortuna, solo quítate la ropa y métete al río”. Así lo hizo el hijo del molinero hasta que escuchó a su gato gritando: – “¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Se ahoga el Marqués de Carabás! ¡Le han robado sus ropas!”. El rey atraído por los gritos se acercó a ver qué pasaba. Al ver que se trataba del Marqués que tantos obsequios le había enviado, lo envolvió en ropas delicadas y lo subió en su carruaje para que les acompañara en el paseo. El astuto gato se adelantó a la comitiva real y se dirigió a las tierras de un temido ogro, donde se encontraban trabajando unos campesinos. Los amenazó diciéndoles: – “Cuando el rey pase por aquí y les pregunte de quién son estas tierras, deberán responder que pertenecen al Marqués de Carabás, sino morirán”. De esta manera cuando el rey cruzó con su carruaje y preguntó a quién pertenecían aquellas tierras, todos los campesinos contestaron: – “Son del señor Marqués de Carabás”. El gato con botas que se sentía muy complacido con su plan, se dirigió luego al castillo del ogro, pensando en reclamarlo para su amo. Ya había escuchado todo lo que el ogro podía hacer y lo mucho que le gustaba que lo adularan. Así que se anunció ante él con el pretexto de haber viajado hasta allí para presentarle sus respetos.
Cuando estuvo solo con el ogro, el gato le dijo: – “Me han dicho que es capaz de convertirse en cualquier clase de animal, como por ejemplo un elefante o un león”.
– “Es cierto”, – contestó el ogro muy halagado y se transformó de inmediato en un rugiente león para demostrarlo. A lo que el gato contestó: – “¡Sorprendente! ¡Ha sido increíble! Pero me impresionaría más si pudieras transformarte en algo tan pequeñito como un ratón. Eso debe ser imposible, incluso para un ogro tan poderoso como tú”. El ogro ansioso por impresionar al gato, se convirtió en un segundo en un diminuto ratón, pero apenas lo hizo el gato se lanzó sobre él y se lo tragó de un bocado. Fue así como el gato reclamó aquel palacio y las tierras circundantes para el recién nombrado Marques de Carabás, su joven amo. Allí recibió al rey, que impresionado ante el lujo y la majestuosidad del castillo, le propuso de inmediato la mano de su hija en matrimonio. El hijo del molinero aceptó y luego de que el rey murió gobernó aquellas tierras, al lado de el gato con botas a quien nombró primer ministro.
Versión 2: Cuento de El gato con botas Érase una vez un molinero que tenía tres hijos, a los que quería por igual. Sin embargo, el molinero era muy pobre y por eso cuando murió tan solo tenía para darles en herencia a sus hijos el molino, un burro y un gato, en apariencia bastante común. La repartición de los bienes, según la voluntad del fallecido, sería atendiendo a la edad de sus muchachos. Así, el molino correspondió al primogénito, el burro al hijo del medio, y el gato al más pequeño. Apenas estuvo hecha la repartición, este último pensó que había sido el más desgraciado. Sus hermanos podrían trabajar mancomunadamente y aprovechar sus fuerzas para acumular algo de riqueza, algo que el padre, aunque muy bueno, no había podido lograr por su tozudez y viejos hábitos. En cambio él, con un simple gato, nada podría hacer para ganarse la vida.
Al tanto de los pensamientos de su nuevo amo, el gato, para nada un felino doméstico común, lo sorprendió al hablar cual si fuera una persona y le dijo: -No lamentes en vano, pues ciertamente de los tres eres el que ha salido mejor parado. Para demostrártelo y consolidar tu fortuna solo necesito que me consigas un par de botas y un saco. Sorprendido, el muchacho le buscó al gato lo que este demandaba. Siempre había sabido que el gato era muy astuto por su comportamiento extraño en comparación con otros animales, pero nunca había imaginado que pudiese hablar, y mucho menos coordinar acciones para un plan como el que al parecer tenía ideado. Así, el gato tomó sus botas y se las encasquetó y saco en ristre salió hacia el bosque. Una vez llegó allí llenó el saco con hierba y trampas para animales y se tiró en el suelo, simulando estar muerto. A los pocos minutos varios conejos se acercaron al saco y al intentar comer de la hierba que contenía, quedaron atrapados en las trampas. Contento por el triunfo de su ardid, el gato con botas recogió el saco con los conejos y fue al palacio real, donde pidió hablar con el rey para entregarle un presente de su amo. Los guardias lo dejaron entrar y, ya frente al monarca, el gato exclamó: -Su Majestad, permítame entregarle este obsequio resultante de su habilidad para cazar, de mi amo el Marqués de Carabás. El rey nunca había oído hablar de tal noble, pero los conejos tenían tan buena carne, que enseguida pensó que se trataba de un muy buen cazador y gustoso aceptó el regalo. -Gracias por este presente, gato –dijo el rey-. Asegúrate que tu amo reciba mi gratitud y dile que es bienvenido en nuestra corte. El gato desbordaba de júbilo y rápidamente fue a poner al tanto a su dueño, incapaz de comprender la estrategia de su felino. Este le pidió que lo dejara actuar, que llegado el momento comprendería de qué iba todo. El día después de haber cazado los conejos y regalárselos al monarca, el gato repitió su operación. Esa vez, la presa fueron dos perdices y a cambio recibió una propina del rey, que vino muy bien al joven que heredó tan astuto gato con botas. El tiempo fue pasando y por varios meses el gato llevó el resultado de su caza al rey, que siempre le daba algo a cambio y le manifestaba su interés por conocer al Marqués que tantos detalles tenía con él.
Pero resulta que un día las condiciones que el singular felino requería para pasar a la siguiente etapa de su plan se materializaron. El rey salió en su carruaje junto a su hija, la bella princesa de la comarca, a dar un paseo por la ribera del río. Enterado de esto, el gato instó a su amo a meterse en el río en paños menores y le pidió que lo dejase actuar y solo le siguiese el rollo. El joven hizo tal cual le pidió el gato sin cuestionarse nada. En definitiva, llevaba ya varios meses viviendo del dinero que su astuto compañero animal le llevaba cada día. Cuando el carruaje pasó por las cercanías del sitio exacto en el que el joven se bañaba, el gato comenzó a gritar: -Auxilio, auxilio! Unos ladrones han asaltado a mi amo y se han llevado su ropa. Por eso está en el río, avergonzado y sin poder salir. Apenas lo escuchó el rey mandó a detener su caravana. Había reconocido al gato y preocupado por la suerte del noble Marqués de Carabás, le pidió al gato que le contase la historia con lujo de detalles. Así lo hizo el gato y ganó la solidaridad del monarca, que ordenó dar ropas lujosas al Marqués, para que pudiera salir del agua. Cuando esto estuvo hecho el rey trabó inmediata confianza con el supuesto noble que había estado regalándole el resultado de su habilidad para la caza durante meses. El joven hijo de un pobre molinero había ganado en astucia desde el momento en que heredó a su gato con botas, razón por la que comprendió de inmediato el sentido de todo lo que había estado haciendo su suerte de mascota. De esta forma, aceptó la invitación del rey a acompañarlo a él y su hija en el carruaje, durante el resto del paseo. A medida que avanzaba, la caravana real se encontraba a su paso a productores de heno, trigo y otros cultivos de gran demanda en el palacio.
El rey siempre ordenaba detener el paso de su carruaje para interactuar con los trabajadores y preguntarles para quién trabajaban y de quién eran las tierras en la que lo hacían. Estos, a los que oportunamente el gato con botas, que iba al frente de la caravana, les había alertado lo que debían decir para supuestamente no morir, respondía al monarca que eran trabajadores del famoso Marqués de Carabás, dueño y señor de las tierras por las que el monarca transitaba ahora mismo. Mientras esto pasaba, en la cabeza del rey iba cobrando cada vez más forma una idea. El joven Marqués era el pretendiente ideal para su hija, la que al parecer estaba encantada con el joven tanto como él lo estaba con ella. Unos kilómetros más adelante de donde habían visto al último productor de trigo, los nobles se encontraron con un fabuloso castillo, que competía en belleza y esplendor con el palacio real. Pero sucede que unos minutos antes de que la caravana llegase, el astuto gato, que se había adelantado aún más, había tomado cartas en el asunto. Ese castillo, el cual conocía muy bien, era propiedad de un horrendo ogro. El gato conocía que esta criatura tenía la extraña habilidad de convertirse en animal. Por ello, cuando llegó al castillo y lo vio, le increpó:
- ¿Es cierto que tienes la habilidad de convertirte en cualquier animal? -Por supuesto que sí -le dijo el ogro, al tiempo que se convertía en un león. Sin dejarse amilanar ante la impresión y el temor que le causaba el llamado rey de la selva, el gato con botas agregó a la conversación: -¿Pero acaso serás capaz de transformarte también en animales más pequeños? -¿Por quién me tomas? Claro que sí –exclamó orgulloso el ogro, mientras se convertía en un ratón.
Esta era la oportunidad que el gato esperaba. Apenas vio al roedor le fue encima y se lo tragó de golpe, de forma que el castillo quedaba sin amo. Así, cuando la caravana real llegó, la recibió y con mucha solemnidad dijo: -Bienvenido Su Majestad y bella princesa al castillo de mi amo el Marqués de Carabás. Pueden disponer de sus terrenos como gusten para descansar y volver cada vez que les apetezca. Esto era lo que necesitaba oír el rey para tomar su decisión. El joven, guapo y rico Marqués de Carabás era sin dudas el candidato perfecto para desposar a la princesa y sucederlo en el trono. Y exactamente así fue al cabo de pocos meses. El joven vivió feliz para siempre con su bella y adorada esposa, orgulloso de haber heredado a un astuto gato con botas que lo convirtió en rey.
Hace mucho tiempo, existió un rey que gustaba de dar largos paseos por el bosque. Un buen día, y cansado de tanto cabalgar, el monarca llegó a una humilde casita entre los árboles. En aquel lugar, vivía un agricultor con su hija joven, la cual rápidamente se ganó la admiración del rey por su belleza. “Mi hija no solo es bella, sino que también tiene un don especial” – alardeaba el campesino. Cuando el rey le preguntó de qué se trataba, el anciano respondió que la muchacha era capaz de convertir en oro la paja seca con el uso de una rueca. “Genial, la llevaré conmigo al palacio” – gritó entonces el rey. Al llegar al enorme castillo, el monarca condujo a la joven doncella hacia una habitación donde se encontraba una rueca rodeada de paja. “A la mañana siguiente vendré a ver si es verdad que puedes convertir todo esto en oro. Si me engañas, tú y tu padre sufrirán las consecuencias por haberme mentido”. Al no saber qué hacer, la pobre muchacha se desplomó en el suelo y se puso a llorar hasta la llegada de la noche. Entonces, cuando dieron exactamente las doce en el reloj, apareció por una de las ventanas, un enano narizón que prometió ayudarla.
“Si me regalas tu collar, convertiré toda esta paja en oro” – dijo el enano con una voz suave, y sin pensarlo dos veces, la hermosa joven le entregó su collar a la criatura, y esta se dispuso a hilar la rueca con toda la paja de la habitación. A la mañana siguiente, el rey abrió la puerta y quedó boquiabierto de ver que, efectivamente, toda la paja había sido convertida en oro. Cegado por su ambición, el rey tomó a la muchacha por las manos y la llevó hacia otra habitación mucho más grande que la anterior. Enormes bultos de paja se extendían hasta el techo. “Ahora debes hacer lo mismo en esta habitación. Si no lo haces, verás las consecuencias de tu engaño”, le dijo el monarca antes de cerrar la puerta. La suerte de la muchacha no había cambiado, y tan nerviosa se puso que se tumbó en el suelo a llorar desconsoladamente. A las doce en punto de la noche, apareció nuevamente el enano narizón que la había ayudado. “Si me das esa sortija que brilla en tus dedos, te ayudaré a convertir toda esta paja en oro”, le dijo la criatura a la muchacha, y esta no dudo un segundo en cumplir su parte del trato. Para sorpresa del rey, cuando regresó a la mañana siguiente, la habitación se encontraba repleta de hilos de oro, y fue tanta su avaricia, que decidió casarse entonces con la pobre muchacha, pero a cambio debía repetir el acto mágico una vez más. Tan triste se puso aquella joven, que no tuvo más remedio que echarse a llorar durante toda la noche. Como era costumbre, el enano narizón apareció entonces a las doce de la noche y acercándose lentamente a la muchacha le dijo: “No llores más, hermosa. Te ayudaré con el rey, pero deberás entregarme algo a cambio”. “No tengo más joyas que darte”, exclamó la muchacha con pesadumbre, pero el enano le pidió entonces una cosa mucho más importante: “Cuando nazca tu primer hijo, deberás entregármelo sin dudar. ¿Aceptas?”. La princesa no tuvo que pensarlo mucho, y tal como había prometido el enano, convirtió toda la paja de la habitación en oro usando la rueca. En las primeras horas de la mañana siguiente, el rey apareció como de costumbre, y al ver que era más rico aún gracias a la muchacha, ordenó a sus súbditos que preparan un banquete de bodas gigante para casarse de inmediato. Al cabo de un año, el rey y la nueva reina tuvieron su primer hijo, y aunque la muchacha había olvidado por completo la promesa del enano narizón, este apareció una buena noche en la ventana de su alcoba. “He venido a llevarme lo prometido. Entrégame a tu hijo como acordamos”, susurró el enano entre risas. “Por favor, criatura. No te lleves lo que más amo en este mundo”, suplicó la reina arrodillada, “te daré todo lo que desees, montañas de oro, mares de plata, todo porque dejes a mi hijo en paz”. Pero el enano no se dejó convencer, y tanta fue la insistencia de la muchacha que finalmente, la criatura le dijo: “Sólo hay un modo de que puedas romper la promesa, y es el siguiente: dentro de tres noches vendré nuevamente a buscarte, si para ese entonces adivinas mi nombre, te dejaré en paz”. Y dicho aquello se desapareció al instante. La reina, decidió entonces averiguar por todos los medios el nombre de aquella criatura, por lo que mandó a sus guardias a todos los rincones del mundo y les ordenó que no volvieran si no traían una respuesta. Tras dos días y dos noches, apareció uno de los guardias, contando la historia de un enano que había visto caminando por el bosque, mientras cantaba lo siguiente: “Soy un duende maldito, Inteligente como yo, nunca encontrarán Mañana me llevaré al niño Y el nombre de Rumpelstiltskin, jamás adivinarán”
Así pudo saber la reina el nombre del enano narizón, y cuando se apareció en la noche le dijo: “Tu nombre es Rumpelstiltskin”. Entre gritos y lamentos, el enano comenzó a dar saltos enfurecidos por toda la habitación, y tanto fue su enfado, que saltando y saltando llegó al borde del balcón y se cayó en el foso del castillo, quedando atrapado allí para siempre. El enano saltarín
Esta historia que estás a punto de conocer sucedió en París, en una época muy lejana. Se trata de una leyenda que se mantuvo en secreto por muchos años en la catedral de Notre Dame. En realidad, era un lugar muy hermoso, un edificio inmenso y deslumbrante cuyas torres se alzaban hasta el cielo. Cuentan las personas de aquel tiempo, que las paredes de la catedral encerraban un misterio horroroso, pero otras aseguraban que, en realidad, se trataba de una historia de amor como pocas. Esto fue lo que sucedió: Los niños y los comerciantes que merodeaban cerca de Notre Dame, se horrorizaban cada cierto tiempo con una silueta extraña que se desplazaba por las campanas de la catedral, sobre todo en las noches. Algunos ancianos decían que se trataba de un espíritu, mientras que otros aseguraban que se trataba de una temible bestia peluda que expulsaba fuego por los ojos. La verdad, no era ni una cosa ni la otra, sino un ser humano común que había nacido con una peculiar deformidad en su espalda. Aquel jorobado de Notre Dame se llamaba Quasimodo, y era un joven muy tímido de noble corazón que había sido condenado a vivir en el interior de la catedral desde los primeros días de su vida. Quasimodo estaba acostumbrado a la soledad del campanario, y todos los días se dedicaba a repicar las campanas y mantener limpio el lugar. El obispo de Notre Dame, de nombre Frollo, era el encargado de mantener al jorobado atrapado en lo alto, y según dicen, era una persona malvada que maltrataba al pobre muchacho y no le tenía el menor cariño. Con el paso del tiempo, Quasimodo creció y sintió una enorme curiosidad por conocer el mundo bajo sus pies. Así fue que, una tarde de verano en que se celebraba el Festival de los Bufones, el noble jorobado decidió descender del campanario para participar de la fiesta. Al comienzo, tuvo mucho miedo de no ser aceptado, pero a medida que avanzaba entre las personas, pudo reconocer que todos eran muy amables con él. Había avanzado algunas calles cuando arribó a un espectáculo maravilloso, era una danza seductora interpretada por la gitana Esmeralda, y al verla, Quasimodo quedó encantado con el aspecto de la bella joven. Esmeralda, también fue muy amable con él, e incluso, le invitó a unirse a la fiesta. Más tarde, el capitán Febo, enamorado de la gitana, también apareció y entabló una hermosa amistad con Quasimodo. Todo aquello le resultó detestable al obispo Frollo, quien enardecido de rencor y odio, decidió apresar a Febo y a Esmeralda para que recibieran un castigo inmerecido. Quasimodo también fue castigado y obligado a regresar al campanario. Durante varios días, el jorobado permaneció encadenado sin poder moverse apenas, y durante ese tiempo se lamentaba de la maldad del mundo, y de personas que, como su amo Frollo, no tenían pureza de corazón. Finalmente, arribó el día en que el capitán Febo y su amada Esmeralda serían condenados. Las personas se reunieron en torno a la catedral, donde yacían encadenados sobre el estrado los dos enamorados. Cuando el verdugo se disponía a ejecutarlos, se oyó un temible sonido desde lo alto del campanario. ¡Era Quasimodo! El jorobado se había librado de las cadenas y con gran agilidad arribó ante sus dos amigos para liberarlos. El pueblo comenzó a gritar para apoyar a Quasimodo, pero el obispo Frollo se llenó de una ira incontenible. Rápidamente, el jorobado rompió las cadenas de Esmeralda y del capitán Febo, y reunidos en un abrazo lograron sonreír por primera vez después de largo tiempo. Las personas allí reunidas se sumaron a la celebración, y con gran entusiasmo gritaban el nombre de Quasimodo y le aplaudían por su gran heroísmo. El obispo Frollo no pudo hacer mucho al respecto, y desde entonces, el jorobado de Notre Dame consiguió librarse de los castigos de su amo y vivir entre las personas como un verdadero héroe, que aunque jorobado y de aspecto extraño, poseía un corazón puro y noble. El Jorobado de Notre Dame
Había una vez, un viejo carpintero de nombre Gepetto, que como no tenía familia, decidió hacerse un muñeco de madera para no sentirse solo y triste nunca más. “¡Qué obra tan hermosa he creado! Le llamaré Pinocho” – exclamó el anciano con gran alegría mientras le daba los últimos retoques. Desde ese entonces, Gepetto pasaba las horas contemplando su bella obra, y deseaba que aquel niño de madera, pudiera moverse y hablar como todos los niños. Tal fue la intensidad de su deseo, que una noche apareció en la ventana de su cuarto el Hada de los Imposibles. “Como eres un hombre de noble corazón, te concederé lo que pides y daré vida a Pinocho” – dijo el hada mágica y agitó su varita sobre el muñeco de madera. Al momento, la figura cobró vida y sacudió los brazos y la cabeza.
– ¡Papá, papá! – mencionó con voz melodiosa despertando a Gepetto.
– ¿Quién anda ahí?
– Soy yo, papá. Soy Pinocho. ¿No me reconoces? – dijo el niño acercándose al anciano. Cuando logró reconocerle, Gepetto lo cargó en sus brazos y se puso a bailar de tanta emoción. “¡Mi hijo, mi querido hijo!”, gritaba jubiloso el anciano.
Los próximos días, fueron pura alegría en la casa del carpintero. Como todos los niños, Pinocho debía alistarse para asistir a la escuela, estudiar y jugar con sus amigos, así que el anciano vendió su abrigo para comprarle una cartera con libros y lápices de colores.
El primer día de colegio, Pinocho asistió acompañado de un grillo para aconsejarlo y guiarlo por el buen camino. Sin embargo, como sucede con todos los niños, este prefería jugar y divertirse antes que asistir a las clases, y a pesar de las advertencias del grillo, el niño travieso decidió ir al teatro, a disfrutar de una función de títeres. Al verle, el dueño del teatro quedó encantado con Pinocho: “¡Maravilloso! Nunca había visto un títere que se moviera y hablara por sí mismo. Sin dudas, haré una fortuna con él” – y decidió quedárselo. Este aceptó la invitación de aquel hombre ambicioso, y pensó que con el dinero ganado podría comprarle un nuevo abrigo a su padre. Durante el resto del día, Pinocho actúo en el teatro como un títere más, y al caer la tarde decidió regresar a casa con Gepetto. Sin embargo, el dueño malo no quería que el niño se fuera, por lo que lo encerró en una caja junto a las otras marionetas. Tanto fue el llanto de Pinocho, que al final no tuvo más remedio que dejarle ir, no sin antes obsequiarle unas pocas monedas. Cuando regresaba a casa, se topó con dos astutos bribones que querían quitarle sus monedas. Como era un niño inocente y sano, los ladrones le engañaron, haciéndole creer que si enterraba su dinero, encontraría al día siguiente un árbol lleno de monedas, todas para él. El grillo trató de alertarle sobre semejante timo, pero Pinocho no hizo caso a su amigo y enterró las monedas. Luego, los terribles vividores esperaron a que el niño se marchara, desenterraron el dinero y se lo llevaron muertos de risa. Al llegar a casa, Pinocho descubrió que Gepetto no se encontraba, y empezó a sentirse tan solo, que rompió en llantos. Inmediatamente, apareció el Hada de los Imposibles para consolar al triste niño. “No llores Pinocho, tu padre se ha ido al mar a buscarte”. Y tan pronto supo aquello, Pinocho partió a buscar a Gepetto, pero por el camino tropezó con un grupo de niños:
– ¿A dónde se dirigen? – preguntó Pinocho
– Vamos al País de los Dulces y los Juguetes – respondió uno de ellos – Ven con nosotros, podrás divertirte sin parar.
– No lo hagas, Pinocho – le dijo el grillo – Debemos encontrarnos con tu padre, que se ha ido solo y triste a buscarte.
llegar, quedó tan maravillado con aquel lugar que se olvidó de salir a buscar al pobre de Gepetto. Saltaba y reía Pinocho rodeado de juguetes, y tan feliz era, que no notó cuando empezó a convertirse en un burro. Sus orejas crecieron y se hicieron muy largas, su piel se tornó oscura y hasta le salió una colita peluda que se movía mientras caminaba. Cuando se dio cuenta, comenzó a llorar de tristeza, y el Hada de los Imposibles volvió para ayudarle y devolverlo a su forma de niño.
– Ya eres nuevamente un niño bello, Pinocho, pero recuerda que debes estudiar y ser bueno. – Oh sí, señora hada, a mí me encanta estudiar – dijo Pinocho y al instante, le quedó crecida la nariz.
– Tampoco debes decir mentiras, querido Pinocho.
– No, para nada, nunca he dicho una mentira – pero la nariz le creció un poco más – ¡Y siempre me porto muy bien! Pero al decir aquello la nariz le creció tanto, que apenas podía sostenerla con su cabeza. Con lágrimas en los ojos, Pinocho se disculpó con el Hada y le prometió que jamás volvería a decir mentiras, por lo que su nariz volvió a ser pequeña. Entonces, él y el grillo decidieron salir a buscar a Gepetto. Sin embargo, cuando llegaron al mar, descubrieron que el anciano había sido tragado por una enorme ballena. Enseguida, se lanzó al agua, y después de mucho nadar, se encontró frente a frente con la temible ballena. “Por favor, señora ballena, devuélvame a mi padre”. Pero el animal no le hizo caso, y se tragó a Pinocho también. Al llegar al estómago, se encontró con el viejo Gepetto y quedaron abrazados un largo rato.
– Tenemos que salir cuanto antes, Pinocho – exclamó Gepetto
– Hagamos una fogata papá. El humo hará estornudar a la ballena y podremos escapar. Y así fue como Pinocho y su padre quedaron a salvo de la ballena, pues estornudó tan fuerte que los lanzó fuera del vientre y lograron escapar a tierra firme. Cuando llegaron a casa, este se arrepintió por haber desobedecido a su padre, y desde entonces no faltó nunca a clases, y fue tan bueno y disciplinado, que el Hada de los Imposibles decidió convertirlo en un niño de carne y hueso, para alegría de su padre, el viejo Gepetto, y del propio Pinocho. Pinocho
Érase una vez hace mucho tiempo, un niño tan pequeño que cabía en la palma de una mano. Todos le llamaban Garbancito, incluso sus padres que le adoraban porque era un hijo cariñoso y muy listo. El tamaño poco importa cuando se tiene grande el corazón. Era tan diminuto que nadie lo veía cuando salía a la calle. Eso sí, lo que sí podían hace era oirle cantando su canción preferida:
– “¡Pachín, pachín, pachín! ¡Mucho cuidado con lo que hacéis! ¡Pachín, pachín, pachín! ¡A Garbancito no piséis!” A Garbancito le gustaba acompañar a su padre cuando iba al campo a la faena y aunque este temía lo que le pudiera pasar, le dejaba acompañarlo. En una ocasión Garbancito iba disfrutando de lo lindo, porque su padre le había permitido guiar al caballo. – “¡Verás como también puedo hacerlo!”, le había dicho a su padre. Luego le pidió que lo situara sobre la oreja del animal y empezó a darle órdenes, que el caballo seguía sin saber de dónde provenían.
–“¿Ves, papá? No importa si soy pequeño, si también puedo pensar”. Le decía Garbancito a su padre que lo miraba orgulloso. Cuando llegaron al campo de coles, mientras su padre recolectaba todas las verduras para luego llevarlas al mercado, Garbancito jugaba y correteaba por dentro de las plantas. Tanto se divertía el niño que no se dio cuenta de que cada vez se iba alejando más de su padre. De repente en una de las volteretas quedó atrapado dentro de una col, captando la atención de un enorme buey que se encontraba muy cerca de allí. El animal de color parduzco se dirigió hacia donde se encontraba Garbancito y engulló la col de un solo bocado, con el niño adentro. Cuando llegó la hora de regresar el padre buscó a Garbancito por todos lados, sin éxito. Desesperado fue a avisar a su mujer, quien le ayudó a recorrer todos los sembrados y caminos casi hasta el anochecer. Gritaban con una sola voz: – ¡Garbancito! ¿Dónde estás hijo? Pero nadie respondía. Los padres apenas pudieron conciliar el sueño aquella noche con el temor de no volver a ver a su hijo. A la mañana siguiente retomaron la búsqueda, sin ser capaces de encontrar aún a Garbancito. Pasó la época de lluvia y luego las nevadas, y los padres seguían buscando: – ¡Garbancito! ¡Garbancito! Hasta un día en que se cruzaron con el enorme buey parduzco y sintieron una voz que parecía provenir de su interior. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Estoy aquí! ! ¡En la tripa del buey, donde ni llueve ni nieva!
Sin poder creer que lo habían encontrado y aún seguía vivo, los padres se acercaron al buey e intentaron hacerle cosquillas para que lo dejara salir. El animal no pudo resistir y con un gran estornudo lanzó a Garbancito hacia afuera, quien abrazó a sus padres con inmensa alegría. Luego de los abrazos y los besos, los tres regresaron a la casa celebrando y cantando al unísono:
– “¡Pachín, pachín, pachín!
– ¡Mucho cuidado con lo que hacéis!
– ¡Pachín, pachín, pachín!
– ¡A Garbancito no piséis!” Versión 2: Cuento de Garbancito Érase una vez una pareja de campesinos humildes que soñaba con tener hijos para traer más amor y bienestar espiritual a la familia. Trasmucho intentarlo consiguieron salir embarazados, aunque tras el parto se llevaron una gran sorpresa: su hijo era tan pequeño como un grano de legumbre, razón por la que lo llamaron Garbancito. A medida que pasaron los años el niño ganaba en belleza y desarrollo de su cuerpo y músculos, pero seguía siendo extremadamente pequeño. Esto preocupaba a sus padres, que constantemente temían además de que por su aparente indefensión, su hijo resultase dañado o muerto ante cualquier eventualidad o accidente de la vida. Sin embargo, Garbancito no se amilanaba nunca por su pequeñez. Se sentía fuerte y en tal sentido quería siempre ayudar a sus padres en todo, para superar esa sobreprotección que comprendía, pero que no le gustaba. Un día la madre estaba haciendo una exquisita comida y se quedó sin uno de los ingredientes infaltables en la receta, el azafrán.
Ni corto ni perezoso Garbancito se ofreció para ir a buscarlo al pueblo. La madre rechazó su ofrecimiento de inicio, alegando la posibilidad de que ocurriese algún accidente, pero tanto insistió el niño, que no tuvo más remedio que dejar que fuese él quien se encargase de ir al pueblo por azafrán. Cuando caminaba entre multitudes, Garbancito tenía un cántico específico para alertar a los demás de su presencia y evitar que le pisasen. No obstante, al ser tan pequeño, el cántico apenas se escuchaba, por lo que si una desgracia estaba destinada a suceder, sucedería sin más. Afortunadamente Garbancito llegó sano y salvo a la tienda donde la madre le encargó comprar el azafrán.
Luego de no poder distinguir de dónde lo llamaban, el tendero vio que el nuevo cliente era un minúsculo hombrecillo, más pequeño incluso que la moneda con la que pagaría el azafrán. Se mostró muy sorprendido y hasta un poco asustado de estar perdiendo sus estribos y teniendo visiones, pero al cabo de unos minutos comprendió que podía ser el famoso hijo del tamaño de una legumbre, que hacía unos años habían tenido unos campesinos de la zona. Como en definitiva lo único que importaba al tendero era vender, tomó la moneda que agarraba Garbancito y le dio el azafrán. Este, contento por la satisfacción del deber cumplido, reemprendió el camino a casa con su cántico característico.
… La madre de Garbancito se puso muy contenta cuando vio que su hijo había regresada sano y salvo. Así, cuando este pidió ser él quien llevase el almuerzo al padre, la madre no mostró tanta preocupación como la vez anterior, aunque sí le exigió que se cuidara mucho de todos los animales y trabajadores del campo. Garbancito salió con la cesta del almuerzo de su papá y todo parecía iba a ir de maravillas, mas resulta que de pronto, un fuerte aguacero lo obligó a guarecerse tras una col bastante grande. Al cabo del rato pasó por allí un buey hambriento al que la lluvia poco le importunaba para saciar su apetito. Apenas vio la col en la que estaba el minúsculo hombrecillo, aunque sin ver a este, la devoró de un bocado. De esta forma, Garbancito fue a dar al interior del vientre del buey, sin posibilidad aparente de poder salir.
… La lluvia terminó horas después y con ella, cansado de esperar por su almuerzo, el papá de Garbancito fue a la casa a recriminar a su esposa por el olvido. Esta le explicó que hacía rato que el hijo había ido a llevárselo y preguntó que cómo era posible que no lo hubiese visto, ni hubiese escuchado sus cánticos. Ambos se preocuparon enormemente y corrieron al campo a buscar a su pequeño hijo, que tanto trabajo les había costado tener. Los vecinos se solidarizaron con su búsqueda apenas los escucharon vociferar con desespero el nombre del niño, al que todos quería por su perseverancia y ternura, que rebasaban en miles de veces la estatura de la cual lo había dotado la naturaleza. Tras mucho buscar, los padres oyeron a Garbancito cerca de donde pastaban unas vacas y un viejo buey.
Le pidieron que siguiera vociferando para identificar el punto exacto en el que estaba, y así descubrieron que su voz provenía del interior del buey. De inmediato el padre hizo cosquillas al animal en el hocico, hasta obligarlo a estornudar con fuerza, de forma que con el brutal estornudo Garbancito salió disparado, pero sano y salvo. Los vecinos aplaudieron mucho de emoción mientras Garbancito y sus padres se fundían en un gran abrazo. Luego volvieron a su casa cantando los tres el cántico del niño, el cual decía así: Pachín, pachín, pachán, A Garbancito no lo piséis Pachín, pachín, pachán, A Garbancito no lo piséis Y así, Garbancito fue feliz para siempre. Un día crecería y se casaría con una bella princesa, pero eso ya es otra historia. Garbancito
Había una vez una linda pareja cuyo único deseo era tener un bebé. Tras años de espera, por fin lograron quedar embarazados y su felicidad se vio completa. Tendrían una hija o hijo y podrían ser una adorable familia. Sin embargo, no parecía que la felicidad estuviese destinada a ellos. Frente a su casa había un huerto donde crecían bellísimos frutos y flores. La mujer siempre había deseado probarlos, pero ni ella ni su marido se habían atrevido nunca a ir en su busca porque se decía que el terreno pertenecía a una cruel hechicera. Nadie entraba a ese huerto, pero aún así el deseo crecía por días en el interior de la mujer, que al no poder probar alguna de las manzanas que cada día disfrutaba con la vista, cayó gravemente enferma de pena. Ante la situación, que podía traer consecuencias también para el bebé, el hombre irrumpió en la huerta sin temor alguno y llevo algunas manzanas a su amor. Como por arte de magia, al comer las frutas el estado de salud de la mujer mejoró, pero para mantenerse bien necesitaba comerlas cada día. Por ello todas las tardes el hombre irrumpía en la huerta de la hechicera hasta que esta, vigilante por la falta que percibió en su cultivo favorito, las manzanas, lo atrapó y amenazó con cobrarle su vida por tamaña osadía. El hombre le suplicó clemencia y le explicó el motivo por el cual tomaba las manzanas. La bruja comprendió al hombre pero en su corazón no había sitio para la bondad, por lo que le propuso un trato. Podría seguir llevando manzanas a su esposa, pero cuando naciera el bebé se lo entregaría a ella, que nunca había podido tener hijos. Al buen hombre no le quedó otro remedio que aceptar. Cuando nació su bebé, que era una tierna y linda niña, se le llevó a la hechicera, quien a la postre terminó criándola.
… Pasaron los años y la niña, que se había convertido en la muchacha más bella que se había visto nunca por aquellos lares, despertó la envidia de la bruja, que decidió encerrarla en una torra alta y alejada, donde no había puertas por las que entrar o salir. La torre solo tenía una ventana alta desde la que Rapunzel, nombre que había dado la bruja a la niña, podía asomarse siempre que quisiera a disfrutardel paisaje. No obstante, la soledad y la reclusión no hacen la felicidad, por lo que Rapunzel no era ni de lejos una muchacha feliz. Su única interacción era con la hechicera, que cada tarde iba a la torre y la llamaba para que dejara caer su larga trenza y ella subir a verla y darle los alimentos necesarios. Un día esta rutina fue apreciada por un joven que, atraído por el canto de Rapunzel, se había acercado a la torre y se escondió tras un árbol al ver a la bruja. Vio como esta llamó a la bella muchacha y le pidió que dejase caer su trenza hasta el suelo para subir. Así, cuando la malévola hechicera se fue, hizo lo mismo y trepó hasta la torre, con lo que Rapunzel se llevó una gran sorpresa. Al principio se asustó mucho, pues estaba acostumbrada solo a la presencia de la bruja, que en definitiva la había criado desde bebé, pero a medida que pasaron los minutos e interactuaba con el joven apuesto, se sintió bien y descubrió que compartir con él le resultaba más atractivo que estar recluida en la torre, cantar y recibir la visita de la hechicera. Sin embargo, la felicidad de los bellos jóvenes no duró mucho.
La bruja había olvidado su sombrero en la torre y regresó antes de lo previsto. Se percató que Rapunzel no estaba sola y espero a que el joven descendiese de la torre para atraparlo y dejarlo ciego con un hechizo. Luego subió y cortó la trenza de Rapunzel, a la que desterró a una cabaña en un apartado del bosque que no frecuentaba nunca ninguna persona. Cegado, el joven estuvo condenado a vagar por el bosque, impedido de encontrar el camino a su casa y mucho menos de volver a contemplar la belleza de Rapunzel. Tras muchos meses de andares torpes y a ciegas, escuchó a lo lejos una bella voz que le resultó familiar. Siguió su rastro y a medida que se acercaba descubrió que esa voz era la de su bella Rapunzel.
Cuando lo vio, la muchacha fue corriendo a su encuentro y lo abrazó con gran ternura. Creyó que había ido a rescatarla de aquel infierno, pero al ver que el joven estaba ciego por un maleficio de la hechicera rompió en llanto. Tanto lloró, que inevitablemente algunas de sus lágrimas llegaron a los ojos del muchacho, devolviéndole la visión. Esto hizo muy feliz a la pareja que sin dudarlo se fue para siempre de aquel sitio, al pueblo del que provenía el joven, que en definitiva era un príncipe muy querido. La historia no es muy clara sobre si Rapunzel y su príncipe se casaron o quedaron como muy buenos amigos. Nosotros, amantes delos finales felices, más cuando se lucha mucho para conseguirlos, queremos creer que sí lo hicieron y que reinaron juntos, llevando felicidad a toda la comarca y a los muchos hijos que de seguro tuvieron. La princesa Rapunzel
Había una vez 3 cerditos que eran hermanos y vivían en lo más profundo del bosque. Siempre habían vivido felices y sin preocupaciones en aquel lugar, pero ahora se encontraban temerosos de un lobo que merodeaba la zona. Fue así como decidieron que lo mejor era construir cada uno su propia casa, que les serviría de refugio si el lobo los atacaba. El primer cerdito era el más perezoso de los hermanos, por lo que decidió hacer una sencilla casita de paja, que terminó en muy poco tiempo. Luego del trabajo se puso a recolectar manzanas y a molestar a sus hermanos que aún estaban en plena faena. El segundo cerdito decidió que su casa iba a ser de madera, era más fuerte que la de su hermano pero tampoco tardó mucho tiempo en construirla. Al acabar se le unió a su hermano en la celebración.
lobo! ¡No puede entrar!”. El lobo que pasaba cerca de allí se sintió insultado ante tanta insolencia y decidió acabar con los cerditos de una vez. Los tomó por sorpresa y rugiendo fuertemente les gritó: -“Cerditos, ¡me los voy a comer uno por uno!”. Los 3 cerditos asustados corrieron hacia sus casas, pasaron los pestillos y pensaron que estaban a salvo del lobo. Pero este no se había dado por vencido y se dirigió a la casa de paja que había construido el primer cerdito.
– “¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme o soplaré y la casa derribaré!”- dijo el lobo feroz. Como el cerdito no le abrió, el lobo sopló con fuerza y derrumbó la casa de paja sin mucho esfuerzo. El cerdito corrió todo lo rápido que pudo hasta la casa del segundo hermano. De nuevo el lobo más enfurecido y hambriento les advirtió:
- “¡Soplaré y soplaré y esta casa también derribaré!” El lobo sopló con más fuerza que la vez anterior, hasta que las paredes de la casita de madera no resistieron y cayeron. Los dos cerditos a duras penas lograron escapar y llegar a la casa de ladrillos que había construido el tercer hermano.
enfadado y decidido a comerse a los tres cerditos, así que sin siquiera advertirles comenzó a soplar tan fuerte como pudo. Sopló y sopló hasta quedarse sin fuerzas, pero la casita de ladrillos era muy resistente, por lo que sus esfuerzos eran en vano. Sin intención de rendirse, se le ocurrió trepar por las paredes y colarse por la chimenea. -“Menuda sorpresa le daré a los cerditos”, – pensó. Una vez en el techo se dejó caer por la chimenea, sin saber que los cerditos habían colocado un caldero de agua hirviendo para cocinar un rico guiso de maíz. El lobo lanzó un aullido de dolor que se oyó en todo el bosque, salió corriendo de allí y nunca más regresó. Los cerditos agradecieron a su hermano por el trabajo duro que había realizado. Este los regañó por haber sido tan perezosos, pero ya habían aprendido la lección así que se dedicaron a celebrar el triunfo. Y así fue como vivieron felices por siempre, cada uno en su propia casita de ladrillos. Los tres cerditos
Érase una vez dos niños llamados Hansel y Gretel, quienes vivían con su padre leñador y su madrastra cerca de un espeso bosque. La situación de la familia era precaria, vivían con mucha escasez y apenas tenían para alimentarse. Una noche la cruel madrastra le sugirió al buen leñador que se encontraba atormentado pensando que sus hijos morirían de hambre. – “Debemos abandonarlos en el bosque, ya no hay suficiente comida. A lo mejor se encuentran a alguien que se apiade y les dé de comer”. Al principio el padre se opuso rotundamente a la idea de abandonar a sus hijos a la merced del bosque. – “¿Cómo se te puede ocurrir semejante idea mujer? ¿Qué clase de padre crees que soy?” – le respondió enfadado. La mujer que estaba dispuesta a deshacerse de la carga de los niños, no descansó hasta convencer al débil leñador de que aquella era la única alternativa que le quedaba.
Los niños no estaban realmente dormidos, por lo que escucharon junto a la puerta de su habitación toda la conversación. Gretel lloraba desconsoladamente, pero Hansel la consoló asegurándole que tenía una idea para encontrar el camino de regreso. A la mañana siguiente cuando los niños se disponían a acompañar a su padre al bosque como hacían a menudo, la madrastra les dio un pedazo de pan a cada uno para el almuerzo. Así fue como los niños siguieron a su padre hasta la espesura al bosque, sabiendo que este los iba a dejar allí. Hansel iba detrás, dejando caer migas de su pan para marcar el camino por el que debían regresar a la casa. Cuando llegaron a un claro, el padre les dijo con una tristeza profunda. – “Esperen aquí hijos míos, iré a cortar algo de leña y luego vendré a buscarlos”. Hansel y Gretel se quedaron tranquilos como su padre les había pedido, creyendo que tal vez había cambiado de opinión. Se quedaron profundamente dormidos hasta que los sorprendió la noche y siguiendo la luz de la luna, intentaron encontrar el camino de regreso. Pero por más que buscaron y buscaron no lograron encontrar las migas de pan que indicaban el camino, ya que antes los pájaros del bosque se las habían comido. Así vagaron sin rumbo durante la noche y el día siguiente por el bosque, y con cada paso que daban se alejaban más de la cabaña donde vivían. Pensaban que iban a morir de hambre cuando encontraron a un pajarillo blanco que cantaba y movía sus alas, como invitándoles a seguirle. Siguieron el vuelo de aquel pajarillo hasta que llegaron a una casita, que para su sorpresa estaba construida completamente de dulces. El tejado, las ventanas e incluso las paredes estaban recubiertas de jengibre, chocolate, bizcochos y azúcar. De inmediato se abalanzaron hacia la casita y mientras mordisqueaban todo lo que podían, oyeron la voz de una viejecita desde el interior que los invitaba a pasar. Se trataba de una bruja malvada que usaba aquel hechizo para atraer a los niños y luego comérselos. Una vez adentro fue muy tarde para Hansel y Gretel, quienes no lograron escapar. La bruja decidió que Gretel le era más útil en las labores domésticas y a Hansel se lo comería luego de engordarlo, porque estaba muy delgado. Lo metió en una jaula donde lo alimentaba a diario y como estaba media ciega, cuando le pedía que le sacase la mano para ver si había engordado algo, Hansel la engañaba con un hueso. Pasó el tiempo y la bruja finalmente se aburrió, por lo que decidió comérselo así mismo. Le ordenó a Gretel que prepara el horno para cocinarlo. Mientras la bruja estaba distraída viendo si el horno estaba lo suficientemente caliente, Gretel aprovechó la oportunidad para empujarla a su interior. Gretel corrió y liberó a su hermano, pero antes de marcharse tomaron las joyas y diamantes que mantenía escondidos la bruja. Huyeron del bosque tan lejos como pudieron, hasta que llegaron a la orilla de un inmenso lago en el que nadaba un bello cisne blanco. Le pidieron ayuda al cisne que los ayudó a cruzar hasta la otra orilla, indicándoles el camino de regreso a su casa. Con inmensa alegría los niños encontraron a su padre, que no había pasado un día sin que se arrepintiera de lo que les había hecho a sus adorados hijos. Les contó que los había buscado por todo el bosque sin cesar y que la madrastra había muerto. Les prometió que en lo adelante se esforzaría por ser un mejor padre y hacerlos feliz. Los niños dejaron caer los tesoros de la bruja a los pies de su padre y le dijeron que ya no tendrían que pasar más malos momentos. Y fue así como vivieron felices y ricos por siempre, Hansel y Gretel y su padre el leñador. Hansel y Gretel