viernes, 26 de marzo de 2021

AURORA, LA PRINCESA QUE NO CONOCIA LA LUNA

 


Aurora era una princesita muy querida en el reino, era bondadosa, dulce y bella. Sus padres vivían en un hermoso castillo y la consentían en todo lo que deseaba, excepto en algo que la pequeña anhelaba con todas sus fuerzas: conocer la luna. 

 Por mucho que los reyes deseaban cumplir el sueño de la princesa, temían que nunca podrían hacerlo. Una bruja malvada que vivía en aquel reino la había hechizado cuando aún era una bebé. El hechizo hacía que la princesita cayera rendida de sueño al caer la tarde, y no había quien la mantuviese despierta hasta el anochecer. Con este hechizo la bruja pretendía que la joven no pudiera asistir a bailes, fiestas y conocer a algún príncipe. Sin más herederos en el reino, la corona sería suya algún día. 

 Las costumbres del castillo se fueron adaptando para que la princesa pudiese llevar una vida lo más normal posible. La cena se preparaba antes de las cinco de la tarde, lo que siempre traía corriendo a los cocineros. Los bailes se hacían en la mañana, algo que era bastante inusual y molesto para el reino. 

 A pesar de esto los reyes seguían intentándolo todo para que su hija conociera la luna, que tanto la apasionaba. Cambiaban la hora de los relojes en todo el palacio, cerraban los cortinados antes del anochecer, intentaban despertarla, pero nada funcionaba. La princesa Aurora se quedaba dormida donde quiera que estuviese, apenas el sol comenzaba a caer. 

 Aurora fue creciendo hasta convertirse en una hermosa jovencita. Cada cumpleaños pedía el mismo deseo, esperando que algún día el hechizo se rompiese. 

 Cuando cumplió los dieciocho años sus padres hicieron una gran celebración, a la que invitaron a príncipes y princesas de todos los reinos vecinos. Allí Aurora conoció al príncipe Bash, un apuesto caballero de armadura brillante. El amor surgió como una chispa entre los dos y el príncipe que conocía el padecimiento de la joven, se apresuró en decirle lo bella que le parecía y lo mucho que deseaba volverla a ver, antes que la noche se la arrebatara de sus brazos. 

 Aurora y Bash se comprometieron y eran felices, compartían todo el tiempo que la luz del sol les daba para estar juntos. Pero el príncipe veía cómo la tristeza de Aurora empañaba aquella felicidad, así que decidió darle a su amada lo que tanto deseaba. 

 No se sabe cómo fue que lo consiguió, pero un día se marchó y regresó pasada una semana con un saco, cuyo interior relucía intensamente. Le había traído la luna a la princesa Aurora, solo por una noche, ya que después tendría que regresarla al cielo. 

 .La princesa fue tan feliz aquel día que no quedó ni un poquito de tristeza en su corazón, logrando así que el hechizo se rompiera. Y vivieron felices por siempre.

                    

EL BIZCOCHO DE LA ABUELA

 


Esther era la abuela que todo niño desearía tener. Tenía el pelo blanco recogido en un gran moño y una cara de ángel que reflejaba su carácter bondadoso. Sus nietos pequeños disfrutaban de cada visita que ella hacía en las fiestas navideñas, cuando la casa se llenaba de aromas y platos deliciosos. 

 Y es que Esther era muy buena cocinera, ¡la mejor! Había aprendido de su abuela y no había platillo que se le resistiera. Disfrutaba sobre todo haciendo pasteles y tortas para sus nietecitos, que la miraban con fascinación mientras ella cocinaba y les explicaba sus recetas. 

 Un año la abuela llegó emocionada pensando hacer un bizcocho de chocolate para sus nietos, pero pronto se dio cuenta de que estos mostraban poco interés en ayudarla. – 

“Abuela preferimos salir a jugar”,- dijo el nieto. “Sí, mis amigas me están esperando para que les enseñe mi muñeca nueva”, – replicó la pequeña. 

 La abuela se sintió triste de que sus nietos no quisieran ayudarla, pero se propuso hacer el mejor bizcocho que podía para sorprenderlos. Así fue como ideó una receta especial y se puso manos a la obra. Comenzó a mezclar todos los ingredientes: azúcar, huevos, harina, aceite, yogur, levadura, ralladura de limón, trocitos de nueces, chocolate y el ingrediente secreto, una dosis de mucho amor. 

 Luego de un par de horas el bizcocho comenzó a oler y los nietos que se encontraban en el salón, se acercaron expectantes ante aquel dulce que olía tan bien. Estaban inquietos frente a la puerta cuando vieron salir un impresionante bizcocho navideño. 

 Era un bizcocho inmenso, revestido de una capa verde de azúcar con la forma de un árbol de navidad. Encima habían colocados todo tipo dulces que decoraban el árbol como si fuesen adornos navideños. En el centro había un letrero de chocolate negro que decía: – “Para mis amados nietos por Navidad”. 

 Los nietos se sintieron muy apenados de no haber ayudado a su abuela y corrieron a darle un fuerte abrazo. En lo adelante cada año la ayudarían a realizar un bizcocho como este, que fue declarado ese año como el postre de la Navidad.

                       

miércoles, 21 de octubre de 2020

EL DESEO DE LUISA

 


Hace mucho tiempo, existió un pueblito pequeño de nombre Tristonia, cuyos habitantes eran muy pobres, tan pobres, que apenas tenían para comer o para vestir. Sin embargo, a pesar de la pobreza, eran personas muy bondadosas, que compartían todo cuanto tuviesen, incluso la tristeza. 

 En efecto, las personas de aquel pueblito siempre andaban tristes y esperaban con impaciencia la llegada del nuevo año, pues durante esa fecha, el hada de los pobres aparecía justo a las doce de la noche, para conceder un deseo a la persona que tuviese el corazón más bondadoso de todos. 

 En aquel pueblito, vivía una dulce muchacha llamada Luisa, que se levantaba cada mañana bien temprano a trabajar la tierra para poder obtener comida, y brindarla a los más pobres de Tristonia. Las tierras de Luisa no eran buenas, y la pobre campesina debía trabajar día y noche para lograr abundante comida. 

 Cuando terminaba la época de cosecha, repartía lo obtenido entre todos y a partes iguales, y solo se quedaba para ella una porción muy pequeña de los alimentos. Su alma era tan generosa, que se compadecía de todos los seres de Tristonia, y sufría por todos los niños que se iban a la cama sin probar bocado alguno. 

Finalmente, llegó el último día del año, y todos esperaban impacientes la aparición del hada mágica para que concediera un deseo. Cuando todos comenzaban a impacientarse, se abrió una luz en el cielo, y descendiendo hizo su entrada la noble figura del hada. Tras mirar a todos los ciudadanos, decidió que el deseo sería para la buena de Luisa, y ¿Saben lo que Luisa pidió? 

 Pues más tierras para cultivar, y así dar de comer a todos los niños de la ciudad. Las persona aplaudieron emocionadas, y Luisa pudo ver su deseo hecho realidad.

sábado, 19 de septiembre de 2020

EL LIBRO DE LA SELVA

 


Como cada tarde la pantera Bagheera fue al río a saciar su sed, pero ese día estaba destinado a que pasase algo distinto, que cambiaría su rutina.

A la orilla del río había una pequeña embarcación en ruinas, de cuyo interior provenía el lamento de un pequeño humano. Bagheera no quiso dejarlo allí solo, donde podría morir de inanición o ante el apetito voraz de cualquier otro depredador de la jungla, por lo que lo tomó y lo llevó a la manada de lobos que habitaba por allí, para dejarlo a su cuidado.

En la manada el niño fue recibido como un hijo de la jungla más y fue nombrado Mowgli.

El criarse en la selva con lobos convirtió a Mowgli en una criatura salvaje, pero con cuerpo y sentimientos humanos, que gozaba de las simpatías de todos los animales excepto uno: el tigre Shere Khan, quien advirtió que iría a por el muchacho para devorarlo.

Shere Khan odiaba a los hombres y no permitiría que uno en la jungla le disputase su reinado.

Ante el inminente peligro que el sanguinario tigre representaba para Mowgli, los lobos le dijeran a su protectora, la pantera Bagheera, que lo llevase a la aldea de hombres más cercana que hubiese, pues allí es donde más seguro estaría .

Bagheera aceptó, contra la voluntad de Mowgli que no temía al tigre, y lo hizo emprender un viaje junto a ella en busca de la aldea. …

El viaje del singular binomio tuvo muchas peripecias. 

Una noche treparon a un árbol para dormir y una enorme serpiente, conocida como Kaa, hipnotizó al niño para engullirlo.

Gracias al rápido accionar de Bagheera esto no sucedió y pudieron seguir su camino, en el que tropezaron con una banda de elefantes, que funcionaban como la patrulla de la jungla, encargada de velar por el orden en la misma.

A Mowgli le encantó el estilo de estos elefantes y quiso desfilar con ellos, lo cual molestó mucho al jefe de la patrulla, quien no quiso dañar al muchacho pero pidió a la pantera que se lo llevase urgentemente de allí

Molesto por tener que seguir viaje hacia un sitio en el que no quería estar, el chico escapó del control de su protectora hacia las profundidades de la selva, donde conoció a un perezoso y simpático oso llamado Baloo. 

Este hizo de inmediato buenas migas con el muchacho 
y le dijo que lo enseñaría a ser un buen oso despreocupado como él.



A Mowgli le encantó la idea y comenzó a aprender de Baloo todo lo que necesitaba para ser un gran oso como él.

Pero sucede que al percatarse de la presencia del niño por esos alrededores, los monos Bandar Long lo raptaron para llevarlo ante su líder King Louie, un orangután cuyo estado mental emulaba con la locura.

King Louie no quería dejar ir a Mowgli hasta que no le revelase el secreto del fuego, algo que el chico no sabía porque no había estado nunca entre humanos.

Por suerte Bagheera y Baloo, que se habían juntado ante la desaparición de Mowgli, dieron con su paradero y lo rescataron de los locos monos Bandar Long, no sin antes protagonizar una curiosa lucha cuya consecuencia fue la destrucción del templo de King Louie.

Tras mucho discutir como buenos amigos que eran, la pantera convenció al oso y al niño de que lo mejor era que este último estuviese con sus semejantes. Allí tendría más seguridad y ello no implicaba que dejasen de verse de vez en cuando. …

Cuando faltaba poco para llegar a la aldea el tigre Shere Khan fue al encuentro de Mowgli para matarlo, pero Baloo intercedió en su defensa y se batió fieramente con el depredador.

A pesar de su habilidad, Baloo tenía las de perder, razón por la que Mowgli acudió a la pelea con una rama prendida con fuego, que se había incendiado ante el impacto de un rayo en un árbol cercano, y causó temor en el fiero felino, que huyó despavorido.

Así, el trío de amigos reemprendió viaje hasta que por fin llegaron a las inmediaciones de la aldea.

No hizo falta que ninguno de los dos animales convenciese a Mowgli de que allí debía estar, pues este quedó prendado de una bella niña que merodeaba por allí, buscando agua, y sin dudarlo y apenas despedirse de sus amigos, la siguió.

Baloo quedó entristecido pero al igual que Bagheera comprendía que el hijo de la jungla estaba donde le correspondía, entre hombres, aunque en la selva siempre tendría fieles y adorables amigos.

                        El libro de la selva

viernes, 14 de agosto de 2020

BLANCANIEVES Y LOS 7 ENANITOS


Blancanieves era una bella niña que tenía grandes sentimientos. Siendo aún muy pequeña su madre murió y, tiempo después, su padre volvió a rehacer su vida al lado de otra mujer. La madrasta de Blancanieves era una terrible mujer y la envidiaba muchísimo a causa de su belleza. La madrasta de Blancanieves poseía un espejo mágico que era capaz de decirle quien era la mujer más guapa del reino. Ella siempre muy confiada le decía:

– Ohhh espejito mágico, ¿podrías decirme tu quién es la más guapa?

– Eres tú mi señora, la más bella de todas – el espejo respondía ante la petición de su ama. Hubo una ocasión en que la respuesta del espejo no fue la que ella acostumbraba a escuchar sino que en su lugar dijo:

– Mi señora eres tú muy guapa pero, siento decirle que hoy Blancanieves es más guapa. Al escuchar aquella respuesta la mujer enfureció muchísimo pues no entendía que Blancanieves fuese la más hermosa. Debido a esto reunió a todos sus sirvientes con prisa y les dijo:

– Hace unos instantes el espejo mágico me ha revelado que ahora Blancanieves es más guapa que yo. Es por esto que les ordeno que la capturen, la lleven al bosque y la maten, y para estar segura de que cumplieron la orden, me traen en una caja su corazón.

Todos los sirvientes, ante tal orden, fueron en busca de la joven y al encontrarla le propusieron ir a dar un paseo por el bosque. Mientras daban el paseo, todos los empleados iban comentando que no podían hacer eso porque la pequeña Blancanieves era muy buena y noble y no se merecía ese castigo.

Después de un rato caminando llegaron a las profundidades del bosque, y ahí todos los sirvientes le contaron que su madrastra los había enviado a matarla pero que ellos no podía hacer eso, la dejaron ahí y le pidieron que huyera. En su lugar, le llevaron a la madrastra un corazón de un jabalí para que no sospechara.



La pobre muchacha empezó a caminar por el bosque hasta que encontró una pequeña casita y entró. En el interior todo era muy pequeño, había una mesa muy chiquitica, 7 sillitas y 7 camitas. La pobre Blancanieves tenía mucha hambre y estaba un poco cansada así que se comió todo lo que había en los siete platitos y después se acostó sobre las siete camitas.

Esta pequeña casita que Blancanieves había invadido tenía dueños, y no eran nada más y nada menos que siete enanitos. Al llegar estos a la casa se percataron como la niña dormía tan placenteramente sobre sus camas. Uno de los presentes al verla dijo:

– ¡Nunca había visto tanta belleza! Vean que linda es. 

– Si es muy bella – respondió otro de los enanos – Podría quedarse a vivir con nosotros. Y así sucedieron las cosas, al despertar ella les contó todo lo que había sucedido y las terribles cosas que su madrastra pretendía. Al terminar le pidieron que se quedara con ellos y ella accedió muy contenta.

La madrasta no se daba por vencida y seguía preguntándole a su espejo que quien era la más guapa de todas, y el espejo como no podía mentir, respondía una y otra vez:

– Mi señora eres tú muy guapa pero, siento decirle que hoy Blancanieves es más guapa. La madrastra muy enfadada decía – esto no puede ser, ella está muerta, yo vi su corazón. El espejo ante tal exclamación le dijo a su señora:

– Siento decirle que fue engañada, ella no está muerte, sino que vive aún, y está en una pequeña casa en el bosque junto a siete enanitos.

La madrastra muy enfadad, al descubrir que había sido engañada y que la joven aún vivía, se disfrazó de vieja y se dirigió hacia donde estaba la pequeña. Para poder acabar de una vez con ella, llevaba una cesta con manzanas que estaban envenenadas. Al llegar a la casa tocó a la puerta y Blancanieves dijo:

– ¿Quién llama a la puerta? – dijo Blancanieves.

– Mi niña, soy una anciana muy pobre y he venido a traerte manzanas – respondió la malvada madrastra. 

Al escuchar esas palabras, Blancanieves abrió la puerta y al ver las hermosas manzanas no pudo resistirse. Tomó una ye inmediatamente cayó muerta. La terrible mujer se marchaba riendo mucho y muy alegre de que por fin había logrado acabar con Blancanieves y ser ella la más hermosa de todas.

Los enanitos, al llegar a la casa se encontraron a Blancanieves tendida en el suelo y ellos muy entristecidos empezaron a llorar. Los enanitos muy apenados construyeron una caja de cristal en la que pusieron a Blancanieves y la trasladaron al bosque. Mientras estaban allí, el príncipe pasó y se quedó maravillado con la belleza de Blancanieves y sintió mucho la tristeza de los enanitos. Fue entonces cuando decidió abrir la caja y besar a Blancanieves, que despertó.

¡Qué alegría tenían todos los enanos cuando vieron que Blancanieves estaba viva, no paraban de saltar de la emoción! Después de esto el príncipe se casó con Blancanieves y ellos junto a los siete enanitos vivieron juntos en el palacio. 

                     Blancanieves y los 7 enanitos


domingo, 2 de agosto de 2020

BAMBI












Era uno de esos bellos días, de los que normalmente ocurrían en el bosque, cuando un pájaro comenzó a expandir la noticia por todos los lugares. Volaba rápido e iba despertando a todos los animales diciéndoles que ya había un nuevo príncipe en el bosque, había nacido Bambi. Al escuchar las palabras del pájaro todos fueron a su encuentro.

Bambi comenzó a crecer y junto a él siempre estuvo un conejillo conocido por tambor. Él lo ayudó a dar los primeros pasos, le enseñó todas las cosas magníficas que podía encontrar en la naturaleza y todos sus misterios, ya que para Tambor no había nada oculto.

Pasaban mucho tiempo jugando y corriendo, y en unas de esas correrías conocieron a Flor, una pequeña zorrita que poco a poco se fue incorporando a las andanzas de juegos y carreras de Bambi y Tambor.

Un día, en cuanto amaneció, la madre de Bambi le pide que fuera con ella a la Gran Pradera pues ya había llegado el momento de conocer a alguien muy importante y especial. Ese animal tan importante no era nada menos que el padre de Bambi, el rey del bosque y cuyo aspecto era majestuoso. Fue en este recorrido donde también pudo conocer a Falina, una linda cervatilla, por la que Bambi quedó muy atraído. 

Llegó el primer invierno de Bambi, y a pesar de que para él era muy divertido pudo darse cuenta de que en este período la situación se ponía difícil para los animales. La alimentación era uno de los principales renglones que se veía afectada pues a consecuencia del clima muchos alimentos escaseaban por lo que comer les sería muy difícil.

Otra de las cosas que más afectaba a los animales en este período era la presencia del hombre, su peor enemigo. Ellos siempre andaban con perros y palos con llamas muy altas, y tenían como objetivo cazar a todos los que tuviesen en frente. Cualquier animal que se cruzara en su camino, moría sin dejar rastro alguno. El pequeño Bambi tuvo que presenciar esta situación, y ver como su madre era una de las víctimas del hombre. Un día cuando iban a toda carrera en busca de un escondite para protegerse, Bambi escuchó un disparo, y después de eso no volvió a ver a su madre jamás.

Por suerte el invierno acabó y llegaron los cálidos y bellos días de primavera donde desapareció el blanco de la nieve y renació el verde de las plantas. Junto con este cambio de estación, Bambi cambió también, ya no era más un pequeño e indefenso animal sino que ya tenía unos cuernos muy bellos que resaltaban en su cabeza. Es en esta delicada etapa del año cuando todos los animales deciden enamorarse, pero Bambi y sus amigos no eran de esos. Ese grupo de tres siempre andaba diciendo que ellos nunca se enamorarían y que no eran de ese tipo, pero sucedió todo lo contrario. Primero se enamoró Flor, después Tambor emprendió camino junto a una conejita muy linda con pestañas muy largas, y por último Bambi se encontró con Falina delante de la que cayó perdidamente enamorado.

Bambi no era el único que deseaba el corazón de Falina así que tuvo que pelear con otro ciervo tan joven y esbelto como él. En esta pelea nuestro querido Bambi fue el vencedor, y fue desde ese entonces que jamás se separaron de nuevo.

Cuando creían que ya eran felices completamente, llegó el hombre para echarlo a perder todo de nuevo y destruir la paz con la que vivían. Los atacaron fuertemente, sobre a todo a Falina, quien pudo liberarse de los perros gracias a Bambi quien no solo peleo contra ellos sino que buscó la forma de mantenerlos entretenidos para que Falina pudiese huir.

Hubo un disparo, y después cayó Bambi, y para empeorar la situación el bosque comenzó a incendiarse. Los animales le temían al fuego más que a los propios cazadores así que corrían desesperados por todos los lados posibles con el único propósito de poder salvarse. Todos podían hacer esto, todos menos el pequeño Bambi que no podía porque su herida era muy grave.

Pero siempre hay una luz al final del camino, y fue que cuando para Bambi todo estaba perdido, el rey del bosque salió para ayudarlo dándole el ánimo necesario y señalándole el camino al río, que sería su única posibilidad de salvación. Pero al final pudo llegar y salvarse, y al final atravesaron un largo camino llegan al lago donde se reunirían con Falina. 

En la siguiente primavera Bambi fue proclamado rey 
del bosque debido a que su padre se había retirado, y además en este momento tuvo unos bellos hijos. 

                                  Bambi


viernes, 31 de julio de 2020

JUAN SIN MIEDO


Había una vez, en una aldea que contaba con pocos habitantes, un hombre que tenía dos hijos. El mayor jamás lo disgustaba pues era un muchacho trabajador, asentado y muy emprendedor, mientras que el segundo era todo lo contrario pues aún no lograba establecerse decentemente. Ya el padre mayor y enfermo se acerca al joven y le dice: 

– Sabes que nuestra situación económica no es muy favorables, así que el día que falte no podrás heredar mucho de mí. Yo noto que nada te motiva y que no has sido capaz aún de encontrar un trabajo que te permita vivir modestamente. ¿No hay nada en la vida que te gustaría aprender hacer? 

– Si padre quiero aprender a sentir miedo. Hasta el momento ninguna de las historias de monstruos que he escuchado me han causado temor, mientras que a todos los que la escuchan alrededor mío se aterran. 

El padre decepcionado por la respuesta de su hijo le dijo que se marchara de la casa en busca del miedo, para ver si de ese modo su hijo encontraba el camino correcto de la vida. Y así hizo Juan, se despidió de su única familia, su padre y su hermano, y comenzó su largo recorrido el cual no tenía rumbo pero si un propósito, encontrar al miedo. Durante la travesía se encontró a un sacristán con el que instauró una amena conversación. 

– Buenas, mi nombre es Juan Sin Miedo. 

Ante tal presentación el sacristán le respondió: 

– Es tu nombre muy poco usual. 

– Mi nombre se debe a que siempre he vivido sin miedo y es por eso que he abandonado mi casa y he llegado hasta tan lejos. ¿Podría usted decirme dónde puedo hallarlo?

– Tal vez pueda ayudarte- fue la respuesta del sacristán, quien posteriormente comenzó a narrarle una historia muy antigua. 

– Hace muchos, pero muchos años en un lugar que está más allá del valle existía un castillo que era gobernado por un mago maléfico. Ahora el dueño del castillo es un pobre rey que ha ofrecido grandes riquezas al que logre liberar a su castillo de ese malvado mago. Hasta el momento todos habían fracasado y tenían que huir muy aterrados. Estoy seguro de que en ese lugar encontrarás eso que tanto deseas. 

Una vez que el hombre terminó la historia, Juan partió en busca de este castillo y de su terrible maldición. Cuando llegó a la puerta del lugar les dijo a los guardias que se encontraban allí: 

– Mi nombre es Juan Sin Miedo y necesito conversar con vuestro rey. 

Uno de los guardias lo llevó al salón del trono donde se encontraba el rey. En ese preciso instante el rey le explicó las condiciones que debía cumplir para poder liberar al castillo de este terrible poder malvado. 

– Serás un hombre muy rico pues si logras pasar tres noches allí y liberas a mi castillo de esta maldición, te entregaré todo el oro de mi reino. 

Asombrado del ofrecimiento, Juan le respondió: 

– Es usted muy amable, y le agradezco mucho lo que pretende hacer, pero mi único objetivo es poder descubrir que es sentir miedo. 

A pesar de sus palabras, el rey tenía pocas esperanzas pues muchos habían intentado y habían fracasado. 

Y llegó la primera noche de Juan en el castillo; ya estaba durmiendo cuando un quejido aterrador proveniente de un sombrío fantasma lo despertó. 

– ¿Quién eres tú que has tenido la osadía de despertarme?- Preguntó Juan sin temor alguno. 

A Juan no le importó ninguno de los chillidos de ese fantasma, y continuó con su sueño. Al día siguiente cuando el rey visitó al muchacho en el castillo conversó con él, siempre recordándole que para poder cumplir su acuerdo aún le quedaban dos noches más. Y llegó la segunda noche, cuando nuevamente Juan volvió a sentir los alaridos de ese espectro y comenzó a buscar el lugar de donde provenían. Cuando Juan vio que el fantasma que lo había despertado por segunda vez se encontraba preso de una cadena, corrió a liberarlo, logrando de este modo que el espectro desapareciera para siempre de la habitación y del castillo. 

A pesar de esto el rey aún no estaba satisfecho con el valor del joven pues no había terminado de cumplir su promesa de pasar las tres noches en el castillo embrujado. Y llegó la tercera y última noche cuando ya estaba dormido nuevamente y sintió que lo pasos de una desagradable momia lo despertaron. 

¿Quién eres tú que te has atrevido a despertarme?- Preguntó Juan esperando una respuesta rápida.

Debido a que no escuchó ninguna respuesta, Juan se levantó y le quitó la venda a la momia, y pudo ver que debajo de esos trapos se encontraba el malvado mago quien le dijo: 

– Por lo que he visto mi magia no te hace efecto, así que si me dejas escapar el castillo quedará libre de todos mis hechizos. 

Ante tal noticia el Rey estaba lleno de alegría. Todo el reino se reunió a las puertas del castillo para demostrarle a Juan Sin Miedo su alegría y agradecimiento y celebrar junto a él su gran hazaña. Debido a la gratitud del rey hacia Juan este le permitió vivir en su castillo por mucho tiempo, y cada momento que pasaba allí estaba seguro de que jamás conocería el miedo. 

Después de muchos años una de las hijas del rey dejó caer una pecera llenas de pececitos sobre la cama de Juan Sin Miedo. Ante tal hecho, el joven gritó: 

– ¡Quítenme esto de aquí! ¡Qué miedo tengo! 

De este modo fue como Juan Sin Miedo descubrió el miedo, inexplicable que unos simples pececitos de colores causaran tal temor en el valiente joven. A pesar de que por primera vez la joven princesa vio que Juan tenía miedo decidió no contar nada de lo sucedido para que aquel hombre siguiese siendo “Juan Sin Miedo”. 

                                 Juan sin miedo

martes, 28 de julio de 2020

ALADINO


La leyenda de Aladino comienza en el Lejano Oriente, hace muchos años atrás. En la plaza de una ciudad, un muchacho menudo se la pasaba todo el día buscando comida para él y para su madre. Cierta tarde, se le acercó un señor de aspecto sobrio y traje elegante: 

“Aladino. Aunque no me reconozcas, yo soy tu tío. Todos estos años me encontraba navegando por los mares y he llegado a acumular una gran riqueza, ahora quiero ayudarte a ti y a tu madre. Ven conmigo”. 

Dicho aquello, el misterioso señor salió caminando hacia las afueras de la ciudad, y Aladino decidió seguirlo por curiosidad, pero también por todas las cosas buenas que le habían prometido. Cuando llevaban un buen rato caminando, el muchacho se percató de que su supuesto tío lo había llevado hacia un lugar apartado del desierto desde donde no se divisaban los edificios de la ciudad. 

Tras permanecer un tiempo en silencio, el misterioso señor pronunció unas palabras extrañas alzando los brazos, y de repente, la arena comenzó a abrirse para dar paso a un estrecho, pero oscuro agujero. Aladino, sorprendido, no hacía otra cosa que mirar con los ojos bien abiertos todo lo que estaba sucediendo. “Querido sobrino, como puedes ver, ese agujero es muy estrecho y yo apenas puedo entrar. En cambio, tú si puedes hacerlo, así que ayúdame y busca en su interior una vieja lámpara de aceite. Anda, tráemela” 

Aladino escuchó con desconfianza aquellas palabras, pero con tal de recibir la ayuda que le prometían, se adentró sin pensarlo en el agujero hasta descubrir un estrecho y oscuro pasadizo. Luego de caminar por unos minutos, el joven arribó a una cueva subterránea repleta de joyas, piedras preciosas y todo el oro del mundo que jamás hubiese sido capaz de imaginar. Al fondo de la cueva, se encontraba la lámpara de aceite que su tío le había pedido. 

Con gran agilidad, Aladino saltó entre los cofres de joyas y agarró la lámpara, pero en ese momento, sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. El lugar parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro, así que el muchacho se dispuso a marcharse antes de que fuera demasiado tarde. Una vez en la entrada nuevamente, el señor de traje elegante le aguardaba:


“Dame la lámpara, muchacho. Apresúrate” 

“Por favor, tío. Ayúdame a salir primero de este lugar” 

“No seas imbécil. Entrégame la lámpara o morirás” 

Pero no había terminado de decir aquellas palabras el señor cuando el agujero misterioso se cerró por completo, dejando prisionero a Aladino en la total oscuridad. Desesperado y con miedo, el muchacho se lamentaba de su suerte cuando de pronto, agarró entre sus manos la lámpara y la acarició accidentalmente. 

Al momento, apareció frente al chico una figura peculiar rodeada por una luz blanca. “Amo, soy el genio de la lámpara y tus deseos son órdenes para mí”. “¡Perfecto!” – exclamó Aladino – “Quiero regresar a casa”. De esa manera, no tardó más de un segundo para que el afortunado muchacho se encontrará junto a su madre. Por supuesto, antes de partir, se había asegurado de llenar sus bolsillos de joyas y piedras preciosas, y al llegar a casa pudo reunirse con su madre y contarle todo lo sucedido. 

Con el paso del tiempo, Aladino pudo vivir cómodamente gracias a las joyas que había tomado de la cueva, pero un buen día, mientras se encontraba en el mercado de la ciudad, conoció a una hermosa joven que resultó ser la hija del Sultán. Enamorado profundamente de la belleza de la princesa, Aladino decidió frotar la lámpara una vez más para pedirle al genio que le concediera todo tipo de riquezas, carruajes finos y una legión de soldados. 

Así lo hizo entonces su fiel sirviente, y esa misma tarde partió el chico rumbo al palacio para pedir la mano de la princesa en matrimonio. Por supuesto, la princesa también se enamoró de Aladino tan pronto lo vio, y de esa manera, el Sultán accedió con alegría a celebrar una boda real por todo lo alto. 

Varios años después, mientras Aladino vivía felizmente con su esposa en el palacio, se acercó un buen día un mendigo a las puertas reales pidiendo limosna. La princesa, al verlo, no dudó un segundo en llevarle algo de comida y ropas. Sin embargo, lo que ella no sabía, era que aquel mendigo se trataba del tío malvado de Aladino, y su intención no era otra que la de raptar a la princesa para pedir a cambio la lámpara maravillosa. 

Al enterarse de lo sucedido, Aladino tuvo una idea genial, y cuando por fin se encontró con su tío, le ofreció la lámpara a cambio de su amada esposa. Cuando la princesa se encontraba a salvo, el señor malvado frotó la lámpara para pedir que Aladino perdiera su riqueza y su felicidad, pero aquella lámpara no era mágica, sino que había sido engañado, y de esa manera los guardias lograron apresarlo y ponerlo bajo custodia para siempre. 

Una vez juntos y felices, Aladino y la princesa retornaron al castillo, y vivieron el resto de sus días muy enamorados. 
                                    Aladino

sábado, 25 de julio de 2020

PEDRO Y EL LOBO


Érase una vez un pastorcillo llamado Pedro, que se pasaba la mayor parte del día cuidando a sus ovejas en un prado cercano al pueblo donde vivía. Todas las mañanas salía con las primeras luces del alba con su rebaño y no regresaba hasta caída la tarde. El pastorcillo se aburría enormemente viendo cómo pasaba el tiempo y pensaba en todas las cosas que podía hacer para divertirse. 

Hasta un día en que se encontraba descansando bajo la sombra de un árbol y tuvo una idea. Decidió que era hora de pasar un buen rato a costa de la gente del pueblo que vivían cerca de allí. Dispuesto a gastarles una broma se acercó y comenzó a gritar: -

“¡Socorro, el lobo! ¡Viene el lobo!”. 

Los aldeanos de inmediato agarraron las herramientas que tenían a mano y se dispusieron a acudir al pedido de auxilio del pobre pastor. Al llegar hasta la pradera lo encontraron deshaciéndose en risas en el suelo, por lo que descubrieron que todo había sido una broma de mal gusto. Los aldeanos se enfadaron con el pastor y regresaron a sus faenas molestos por la interrupción.

Al pastor le había hecho tanta gracia la broma que se dispuso a repetirla. Ya había pasado un buen rato cuando se volvieron a escuchar los gritos alarmantes de Pedro:



-“¡Socorro, el lobo! ¡Viene el lobo!”. 

Al volver a oír los gritos del pastor, la gente del pueblo creyó que en esta ocasión sí se trataba del lobo feroz y corrieron a ayudarlo. Pero otra vez volvieron a encontrarse con la decepción de que el pastor no necesitaba su ayuda y se divertía viendo cómo habían vuelto a caer con su broma. Esta vez los aldeanos se enfadaron mucho más con la actitud del pastor y juraron no dejarse engañar más por este. 

Al día siguiente el pastor volvió al prado a pastar con sus ovejas. Aún recordaba con risas lo bien que se lo había pasado el día anterior, cuando había hecho correr a los aldeanos con sus gritos. Estaba tan entretenido que no vio acercarse al lobo feroz hasta que lo tuvo muy cerca. Preso del miedo al ver que este se acercaba a sus ovejas, comenzó a gritar muy fuerte: -

“¡Socorro, el lobo! ¡Viene el lobo! ¡Ayudan a mis ovejas! ¡Auxilio!”. 

Gritaba una y otra vez, pero los aldeanos no parecían escucharlo. Hacían oídos sordos ante los gritos de auxilio del pastor, ya que pensaban que se trataba de otra broma. El pastor no sabía qué otra cosa hacer, por lo que seguía pidiendo ayuda, desconcertado sin saber por qué nadie acudía. -

“¡Socorro, el lobo! ¡Viene el lobo! ¡Se está comiendo a mis ovejas! ¡Auxilio!” 

Pero ya era muy tarde para convencer a los aldeanos de que esta vez era verdad. Fue así como el pastor tuvo que ver con dolor cómo el lobo devoraba una tras otra sus ovejas, hasta quedar saciado. Luego de este día el pastor se arrepintió profundamente de su comportamiento y la manera en que había engañado a la gente del pueblo. En lo adelante nunca más repetiría una broma como esta.

                             Pedro y el lobo

jueves, 9 de julio de 2020

LA PRINCESA RAPUNZEL


Había una vez una linda pareja cuyo único deseo era tener un bebé. Tras años de espera, por fin lograron quedar embarazados y su felicidad se vio completa. Tendrían una hija o hijo y podrían ser una adorable familia. 

Sin embargo, no parecía que la felicidad estuviese destinada a ellos. Frente a su casa había un huerto donde crecían bellísimos frutos y flores

La mujer siempre había deseado probarlos, pero ni ella ni su marido se habían atrevido nunca a ir en su busca porque se decía que el terreno pertenecía a una cruel hechicera. 

Nadie entraba a ese huerto, pero aún así el deseo crecía por días en el interior de la mujer, que al no poder probar alguna de las manzanas que cada día disfrutaba con la vista, cayó gravemente enferma de pena. 

Ante la situación, que podía traer consecuencias también para el bebé, el hombre irrumpió en la huerta sin temor alguno y llevo algunas manzanas a su amor.  
Como por arte de magia, al comer las frutas el estado de salud de la mujer mejoró, pero para mantenerse bien necesitaba comerlas cada día. 

Por ello todas las tardes el hombre irrumpía en la huerta de la hechicera hasta que esta, vigilante por la falta que percibió en su cultivo favorito, las manzanas, lo atrapó y amenazó con cobrarle su vida por tamaña osadía. 

El hombre le suplicó clemencia y le explicó el motivo por el cual tomaba las manzanas. 

La bruja comprendió al hombre pero en su corazón no había sitio para la bondad, por lo que le propuso un trato. Podría seguir llevando manzanas a su esposa, pero cuando naciera el bebé se lo entregaría a ella, que nunca había podido tener hijos. 

Al buen hombre no le quedó otro remedio que aceptar. 

Cuando nació su bebé, que era una tierna y linda niña, se le llevó a la hechicera, quien a la postre terminó criándola. … 

Pasaron los años y la niña, que se había convertido en la muchacha más bella que se había visto nunca por aquellos lares, despertó la envidia de la bruja, que decidió encerrarla en una torra alta y alejada, donde no había puertas por las que entrar o salir. 

La torre solo tenía una ventana alta desde la que Rapunzel, nombre que había dado la bruja a la niña, podía asomarse siempre que quisiera a disfrutar del paisaje. 

No obstante, la soledad y la reclusión no hacen la felicidad, por lo que Rapunzel no era ni de lejos una muchacha feliz. Su única interacción era con la hechicera, que cada tarde iba a la torre y la llamaba para que dejara caer su larga trenza y ella subir a verla y darle los alimentos necesarios. 

Un día esta rutina fue apreciada por un joven que, atraído por el canto de Rapunzel, se había acercado a la torre y se escondió tras un árbol al ver a la bruja. Vio como esta llamó a la bella muchacha y le pidió que dejase caer su trenza hasta el suelo para subir. 

Así, cuando la malévola hechicera se fue, hizo lo mismo y trepó hasta la torre, con lo que Rapunzel se llevó una gran sorpresa. 

Al principio se asustó mucho, pues estaba acostumbrada solo a la presencia de la bruja, que en definitiva la había criado desde bebé, pero a medida que pasaron los minutos e interactuaba con el joven apuesto, se sintió bien y descubrió que compartir con él le resultaba más atractivo que estar recluida en la torre, cantar y recibir la visita de la hechicera. 

Sin embargo, la felicidad de los bellos jóvenes no duró mucho. 

La bruja había olvidado su sombrero en la torre y regresó antes de lo previsto. Se percató que Rapunzel no estaba sola y espero a que el joven descendiese de la torre para atraparlo y dejarlo ciego con un hechizo. 

Luego subió y cortó la trenza de Rapunzel, a la que desterró a una cabaña en un apartado del bosque que no frecuentaba nunca ninguna persona. 

Cegado, el joven estuvo condenado a vagar por el bosque, impedido de encontrar el camino a su casa y mucho menos de volver a contemplar la belleza de Rapunzel. 

Tras muchos meses de andares torpes y a ciegas, escuchó a lo lejos una bella voz que le resultó familiar. Siguió su rastro y a medida que se acercaba descubrió que esa voz era la de su bella Rapunzel. 

Cuando lo vio, la muchacha fue corriendo a su encuentro y lo abrazó con gran ternura. Creyó que había ido a rescatarla de aquel infierno, pero al ver que el joven estaba ciego por un maleficio de la hechicera rompió en llanto. 

Tanto lloró, que inevitablemente algunas de sus lágrimas llegaron a los ojos del muchacho, devolviéndole la visión. 

Esto hizo muy feliz a la pareja que sin dudarlo se fue para siempre de aquel sitio, al pueblo del que provenía el joven, que en definitiva era un príncipe muy querido. 

La historia no es muy clara sobre si Rapunzel y su príncipe se casaron o quedaron como muy buenos amigos. Nosotros, amantes de los finales felices, más cuando se lucha mucho para conseguirlos, queremos creer que sí lo hicieron y que reinaron juntos, llevando felicidad a toda la comarca y a los muchos hijos que de seguro tuvieron. 
                
                              La princesa Rapunzel

jueves, 2 de julio de 2020

EL SOLDADITO DE PLOMO


¿Te sabes la historia del soldadito de plomo? Todo comienza en la pequeña casa de una ciudad donde habitaba un niño. El día de su cumpleaños, nuestro amiguito había recibido como regalo de sus padres una caja misteriosa. Lleno de curiosidad, el niño abrió la caja y descubrió en su interior quince soldaditos de plomo idénticos. Con un porte elegante, fusil al hombro, pantalones azules y gorra roja, los quince soldaditos habían nacido de una vieja cuchara de plomo fundida. 

El niño aplaudió con gran alegría al ver sus nuevos juguetes, y sin perder un segundo los sacó de la caja y los colocó en fila para comenzar a jugar. Sin embargo, el último de los soldaditos no era igual que el resto, pues como el plomo de la cuchara no había sido suficiente le faltaba una pierna al desdichado. Aun así, el soldadito se mantenía firme igual que sus hermanos, y una vez que fue colocado junto al resto de los juguetes en la alacena, pudo comprobar un hermoso castillo de papel que se alzaba frente a él. 

Aquel castillo era realmente deslumbrante, tenía grandes ventanas y puertas doradas, y en su interior, lo más sorprendente era una pequeña muñeca que se encontraba con los brazos en alto y una pierna recogida hacia arriba como suelen hacer las bailarinas. Al verla, el soldadito quedó completamente enamorado, y como pensó que a ella también le faltaba una pierna, decidió tomarla por esposa cuanto antes. 

“He encontrado la persona perfecta para mí, y encima tiene un castillo donde podremos vivir juntos”, así pensaba el soldadito de plomo mientras contemplaba la belleza de su amada. Al arribar la noche, el niño terminó de jugar y se marchó a la cama, y en ese instante, los juguetes cobraron vida y comenzaron a caminar y a conversar en la alacena. Sin embargo, el soldadito de plomo permanecía inmóvil con la mirada fija en la muñeca bailarina. A cambio, ella también le devolvía sonrisas y en poco tiempo entablaron una hermosa amistad que hubiese durado por mucho tiempo si la envidia y la maldad no hubiesen aparecido esa noche. 

Resulta que entre los juguetes, existía además un feo payaso de plástico que no soportaba el amor que se tenían la muñeca y soldadito. A la mañana siguiente, el niño regresó a la alacena para jugar como de costumbre, pero a la hora del almuerzo, abandonó al soldadito de plomo en el borde de la ventana, y entonces, el payaso malvado aprovechó para empujar al pobre hacia la calle. Desde una gran altura, el soldadito cayó sin remedio hasta caer en el justo medio de la calle, con riesgo de que algún automóvil pasara a toda velocidad y lo aplastara. 

Cuando el niño notó la ausencia del soldadito, bajó hasta la calle para encontrarlo, pero la suerte no estuvo de su lado, y aunque buscó y buscó por largo tiempo, jamás pudo encontrar a su juguete que permanecía abandonado y triste en el pavimento. Al caer la tarde, el cielo tomó un color gris, y unos cuantos segundos después, comenzó a llover tan fuerte que las calles se llenaron de agua, y fue entonces cuando el soldadito fue arrastrado por la corriente hasta alejarse de la casa y de su amada, la muñeca bailarina. 

El agua de lluvia caprichosa deslizó al soldadito calle abajo, pero este apenas se movía mientras contemplaba el cielo gris sobre su cabeza. Al rato, el agua se adentró por una alcantarilla oscura y horrorosa, y con ella, también el soldadito. “Cómo quisiera regresar a casa y contemplar la belleza de mi amada”, pensaba nuestro amigo mientras la corriente de agua impulsaba su menudo cuerpecito de plomo por tuberías estrechas y oscuras. 

Durante algún tiempo anduvo el soldadito navegando por las alcantarillas cuando de pronto, sintió un temible sonido. La tubería por donde navegaba estaba llegando a su fin, y el agua se abalanzaba a toda velocidad hacia un inmenso canal. Sin más remedio que dejarse llevar, el soldadito fue abalanzado con fuerza hacia el exterior de la alcantarilla, y justo antes de caer en el estanque, un enorme pez saltó desde las profundidades y se lo tragó de un solo bocado. 

Allí, en el estómago de aquel pez, el soldadito de plomo permaneció durante varios días, y como todo era tan oscuro, no hacía otra cosa que pensar en su querida muñeca y en sus ganas de regresar a casa. Finalmente, una buena tarde, el pez comenzó a moverse bruscamente, luego quedó inmóvil y cuando pudo notarlo, el soldadito fue capaz de ver nuevamente la luz. Unos pescadores se habían hecho con el pez y lo habían vendido a una sirvienta. Al llegar a casa, la señora lo abrió con un cuchillo y cuál fue su sorpresa cuando, sin poder imaginarlo, encontró dentro al querido soldadito de plomo. 

Rápidamente, la sirvienta salió de la cocina y se dirigió al comedor donde aguardaban los dueños de la casa, y ¿Saben qué? Aquellas personas no eran otras que los padres del niño, y el propio niño que no pudo contener su emoción al ver que su juguete perdido había regresado milagrosamente a casa. El soldadito también se emocionó, pues su deseo se había hecho realidad. “Por fin, he regresado” – gritaba con emoción para sus adentros – “Dentro de poco podré estar nuevamente junto a mi adorada muñeca”. 

Y así mismo sucedió. El niño colocó al soldadito en la alacena junto al castillo de papel, y desde una de las ventanas, unos ojos bañados en lágrimas lo contemplaban. Era la muñeca bailarina llena de alegría al ver como su amado regresaba junto a ella. Desde entonces, el payaso malvado no volvió a entrometerse con la pareja de enamorados, y el amor, triunfó una vez más por encima del mal. 

                          El soldadito de plomo 


sábado, 27 de junio de 2020

EL PATITO FEO


Al igual que todos los años, en los meses de verano, la Señora Pata se dedicaba a empollar. El resto de las patas del corral siempre esperaban con muchos deseos que los patitos rompiesen el cascarón para poder verlos, pues los patitos de esta distinguida pata siempre eran los más bellos de todos los alrededores. 

El momento tan esperado llegó, lo que causó un gran alboroto ya que todas las amigas de mamá pata corrieron hacia el nido para ver tal acontecimiento. A medida que iban saliendo del cascarón, tanto la Señora Pata como sus amigas gritaban de la emoción de ver a unos patitos tan bellos como esos. Era tanta la algarabía que había alrededor del nido que nadie se había percatado que aún faltaba un huevo por romperse. 

El séptimo era el más grande de todos y aún permanecía intacto lo que puso a la expectativa a todos los presentes. Un rato más tarde se empezó a ver como el cascarón se abría poco a poco, y de repente salió un pato muy alegre. Cuando todos lo vieron se quedaron perplejos porque este era mucho más grande y larguirucho que el resto de los otros patitos, y lo que más impresionó era lo feo que era. 

Esto nunca le había ocurrido a la Señora Pata, quien para evitar las burlas de sus amigas lo apartaba con su ala y solo se dedicaba a velar por el resto de sus hermanitos. Tanto fue el rechazo que sufrió el patito feo que él comenzó a notar que nadie lo quería en ese lugar. 

Toda esta situación hizo que el patito se sintiera muy triste y rechazado por todos los integrantes del coral e incluso su propia madre y hermanos eran indiferentes con él. Él pensaba que quizás su problema solo requería tiempo, pero no era así pues a medida que pasaban los días era más largo, grande y mucho más feo. Además se iba convirtiendo en un patito muy torpe por lo que era el centro de burlas de todos. 

Un día se cansó de toda esta situación y huyó de la granja por un agujero que se encontraba en la cerca que rodeaba a la propiedad. Comenzó un largo camino solo con el propósito de encontrar amigos a los que su aspecto físico no les interesara y que lo quisieran por sus valores y características. 

Después de un largo caminar llegó a otra granja, donde una anciana lo recogió en la entrada. En ese instante el patito pensó que ya sus problemas se habían solucionado, lo que él no se imaginaba que en ese lugar sería peor. La anciana era una mujer muy mala y el único motivo que tuvo para recogerlo de la entrada era usarlo como plato principal en una cena que preparaba. Cuando el patito feo vio eso salió corriendo sin mirar atrás.



Pasaba el tiempo y el pobrecillo continuaba en busca de un hogar. Fueron muchas las dificultades que tuvo que pasar ya que el invierno llegó y tuvo que aprender a buscar comida en la nieve y a refugiarse por sí mismo, pero estas no fueron las únicas pues tuvo que esquivar muchos disparos provenientes de las armas de los cazadores. 

Siguió pasando el tiempo, hasta que por fin llegó la primavera y fue en esta bella etapa donde el patito feo encontró por fin la felicidad. Un día mientras pasaba junto a estanque diviso que dentro de él había unas aves muy hermosas, eran cisnes. Estas tenían clase, eran esbeltas, elegantes y se desplazaban por el estanque con tanta frescura y distinción que el pobre animalito se sintió muy abochornado por lo torpe y descuidado que era él. 

A pesar de las diferencias que él había notado, se llenó de valor y se dirigió hacia ellos preguntándole muy educadamente que si él podía bañarse junto a ellos. Los cisnes con mucha amabilidad le respondieron todos juntos: 

– ¡Claro que puedes, como uno de los nuestros no va a poder disfrutar de este maravilloso estanque! 

El patito asombrado por la respuesta y apenado les dijo: – 

¡No se rían de mí! Como me van a comparar con ustedes que están llenos de belleza y elegancia cuando yo soy feo y torpe. No sean crueles burlándose de ese modo. 

– No nos estamos riendo de ti, mírate en el estanque y veras como tu reflejo demostrara cuan real es lo que decimos.- le dijeron los cisnes al pobre patito. 

Después de escuchar a las hermosas aves el patito se acercó al estanque y se quedó tan asombrado que ni el mismo lo pudo creer, ya no era feo. ¡Se había transformado en un hermoso cisne durante todo ese tiempo que pasó en busca de amigos! Ya había dejado de ser aquel patito feo que un día huyó de su granja para convertirse en el más bello y elegante de todos los cisnes que nadaban en aquel estanque. 
                              El patito feo

domingo, 14 de junio de 2020

EL LOBO FEROZ Y LOS CABRITOS


Había una vez, una mamá cabra que vivía en una casita del bosque con siete cabritillos. Los pequeñines vivían muy felices, protegidos por su madre de todo peligro. Cierta mañana, la cabra decidió salir al bosque en busca de comida para sus pequeños pero antes de partir les advirtió: “Mis queridos hijos, no deben abrirle la puerta a nadie hasta que yo regrese. El lobo malo anda suelto por el bosque y de seguro vendrá a devorarlos mientras yo no esté”. 

“No te preocupes mamá. Tendremos mucho cuidado”, prometieron los cabritillos viendo alejarse a su madre por el bosque. Unas horas después, mientras los pequeñines saltaban y jugaban dentro de la casita, oyeron unos golpes secos en la puerta. “Hijitos míos, soy vuestra madre y he regresado. Por favor, abridme”. Pero los cabritillos no se dejaron engañar, pues supieron por la voz que se trataba del lobo malo.

“No abriremos la puerta. Sabemos que no eres nuestra madre”, gritaron los cabritillos con todas sus fuerzas. El lobo, enfurecido, salió a toda velocidad hacia su cueva y devoró una docena de huevos para aclararse la voz. Al llegar nuevamente a la casita de mamá cabra, toco suavemente la puerta y dijo con mucho cuidado: “Hijos míos, soy vuestra madre y les he traído un regalo. Abridme, por favor”. 

Engañados por la voz suave y melodiosa del lobo, los cabritillos decidieron mirar por debajo de la puerta y fue entonces cuando pudieron ver las patas negras y gordas del lobo. “No te abriremos porque no eres nuestra madre”, gritaron los pequeñines con temor. 

Sin embargo, el lobo no se rindió, y partió hacia su cueva nuevamente para pintarse las patas con harina blanca. Por segunda vez, arribó la bestia a la casita donde vivían los cabritillos. “Abridme la puerta mis queridos hijos. Mamá cabra ha llegado”, dijo el lobo malo con una voz suave y musical. Al mirar por debajo de la puerta, los pequeñines pudieron ver unas patas blancas como las de su mamá, y fue entonces cuando el lobo logró entrar a la casita. 

Muertos de miedo, los pequeños cabritos se pusieron a correr por todo el lugar, pero el lobo era mucho más rápido y logró capturar al cabrito que se había escondido en la estufa, al que se refugió debajo de la cama, al que quedó colgado del techo, al que se ocultó detrás del piano y finalmente, al que se había metido debajo de la alfombra. 


Uno por uno, la bestia feroz devoró a los cinco cabritillos, sin darse cuenta que uno de los pequeñines se había quedado escondido en el armario. Repleto y cansado, el lobo decidió abandonar la casita para irse a dormir a la sombra de un árbol. 

Tiempo después, mamá cabra llegó por fin a la casita con la esperanza de ver a sus hijos, pero cuál fue su sorpresa cuando descubrió que solamente uno de los cabritillos se encontraba en el lugar. Asustada y nerviosa, mamá cabra abrazó a su pequeñín mientras este le contaba cómo el lobo malo había devorado a sus hermanos. 

Sin tiempo que perder, la madre salió en busca del lobo feroz, y tal cómo había imaginado lo encontró tendido a los pies de un árbol, 
roncando y durmiendo profundamente con la panza hinchada de tanto comer. Con gran valor, mamá cabra regresó a casa en busca de hilo, agujas y una tijera, para abrirle la panza al lobo malo y rescatar a sus hijitos. 


Tan pronto cómo abrió la panza, uno de los cabritillos asomó la cabeza, luego otro, y otro, y otro, hasta que los seis pequeñines se encontraron a salvo bajo el amparo de su madre. Seguidamente, la cabra le indicó a sus hijos que buscaran todas las piedras en los alrededores, y cuando tuvieron una pila enorme, rellenaron la panza del lobo hasta dejarla bien inflada.  

Con mucho cuidado, mamá cabra cosió al lobo y se marchó con sus cabritillos rápidamente hacia casa. Cuando la bestia mala despertó, sintió un peso enorme en su estómago, así que se dirigió al río para tomar agua. Como las piedras pesaban mucho, el lobo quedó atrapado en el fondo del río sin poder salvarse, mientras la madre cabra y los cabritillos festejaban a salvo en su casita del bosque.

miércoles, 10 de junio de 2020

EL GATO CON BOTAS


Versión 1: Cuento de El gato con botas 

Érase una vez un viejo molinero que tenía tres hijos. El molinero solo tenía tres posesiones para dejarles cuando muriera: su molino, un asno y un gato. Estaba en su lecho de muerte cuando llamó a sus hijos para hacer el reparto de su herencia. –

“Hijos míos, quiero dejarles lo poco que tengo antes de morir”, les dijo. Al hijo mayor le tocó el molino, que era el sustento de la familia. Al mediano le dejó al burro que se encargaba de acarrear el grano y transportar la harina, mientras que al más pequeño le dejó el gato que no hacía más que cazar ratones. Dicho esto, el padre murió. 

El hijo más joven estaba triste e inconforme con la herencia que había recibido. –“Yo soy el que peor ha salido ¿Para qué me puede servir este gato?”, – pensaba en voz alta. El gato que lo había escuchado, decidió hacer todo lo que estuviese a su alcance para ayudar a su nuevo amo. – “No te preocupes joven amo, si me das un bolso y un par de botas podremos salir a recorrer el mundo y verás cuántas riquezas conseguiremos juntos”. 

El joven no tenía muchas esperanzas con las promesas del gato, pero tampoco tenía nada que perder. Si se quedaba en aquella casa moriría de hambre o tendría que depender de sus hermanos, así que le dio lo que pedía y se fueron a recorrer el mundo. 

Caminaron y caminaron durante días hasta que llegaron a un reino lejano. El gato con botas había escuchado que al rey de aquel país le gustaba comer perdices, pero como eran tan escurridizas se hacían casi imposibles de conseguir. Mientras que el joven amo descansaba bajo la sombra de un árbol, el gato abrió su bolsa, esparció algunos granos que le quedaban sobre ella y se escondió a esperar.



Llevaba un rato acechando cuando aparecieron un grupo de perdices, que encontraron el grano y se fueron metiendo una a una en el saco para comérselo. Cuando ya había suficientes, el gato tiró de la cuerda que se encontraba oculta, cerrando el saco y dejando atrapadas a las perdices. Luego se echó el saco al hombro y se dirigió al palacio para entregárselas al rey. 

Cuando se presentó ante el rey le dijo: – “Mi rey, el Marqués de Carabás le envía este obsequio. (Este fue el nombre que se le ocurrió darle a su amo)”. El rey complacido aceptó aquella oferta y le pidió que le agradeciera a su señor. Pasaron los días y el gato seguía mandándole regalos al rey, siempre de parte de su amo. 

 Un día el gato se enteró de que el rey iba a pasear con su hermosa hija cerca de la ribera del río y tuvo una idea. Le dijo a su amo: – “Si me sigues la corriente podrás hacer una fortuna, solo quítate la ropa y métete al río”. Así lo hizo el hijo del molinero hasta que escuchó a su gato gritando: – “¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Se ahoga el Marqués de Carabás! ¡Le han robado sus ropas!”. 

El rey atraído por los gritos se acercó a ver qué pasaba. Al ver que se trataba del Marqués que tantos obsequios le había enviado, lo envolvió en ropas delicadas y lo subió en su carruaje para que les acompañara en el paseo. 

El astuto gato se adelantó a la comitiva real y se dirigió a las tierras de un temido ogro, donde se encontraban trabajando unos campesinos. Los amenazó diciéndoles: – “Cuando el rey pase por aquí y les pregunte de quién son estas tierras, deberán responder que pertenecen al Marqués de Carabás, sino morirán”. 

De esta manera cuando el rey cruzó con su carruaje y preguntó a quién pertenecían aquellas tierras, todos los campesinos contestaron: – “Son del señor Marqués de Carabás”. 

El gato con botas que se sentía muy complacido con su plan, se dirigió luego al castillo del ogro, pensando en reclamarlo para su amo. Ya había escuchado todo lo que el ogro podía hacer y lo mucho que le gustaba que lo adularan. Así que se anunció ante él con el pretexto de haber viajado hasta allí para presentarle sus respetos.



Cuando estuvo solo con el ogro, el gato le dijo: – “Me han dicho que es capaz de convertirse en cualquier clase de animal, como por ejemplo un elefante o un león”. – 

“Es cierto”, – contestó el ogro muy halagado y se transformó de inmediato en un rugiente león para demostrarlo. 

A lo que el gato contestó: – “¡Sorprendente! ¡Ha sido increíble! Pero me impresionaría más si pudieras transformarte en algo tan pequeñito como un ratón. Eso debe ser imposible, incluso para un ogro tan poderoso como tú”. 

El ogro ansioso por impresionar al gato, se convirtió en un segundo en un diminuto ratón, pero apenas lo hizo el gato se lanzó sobre él y se lo tragó de un bocado. 

Fue así como el gato reclamó aquel palacio y las tierras circundantes para el recién nombrado Marques de Carabás, su joven amo. Allí recibió al rey, que impresionado ante el lujo y la majestuosidad del castillo, le propuso de inmediato la mano de su hija en matrimonio. El hijo del molinero aceptó y luego de que el rey murió gobernó aquellas tierras, al lado de el gato con botas a quien nombró primer ministro. 

Versión 2: Cuento de El gato con botas 

Érase una vez un molinero que tenía tres hijos, a los que quería por igual. Sin embargo, el molinero era muy pobre y por eso cuando murió tan solo tenía para darles en herencia a sus hijos el molino, un burro y un gato, en apariencia bastante común. 

La repartición de los bienes, según la voluntad del fallecido, sería atendiendo a la edad de sus muchachos. Así, el molino correspondió al primogénito, el burro al hijo del medio, y el gato al más pequeño. 

Apenas estuvo hecha la repartición, este último pensó que había sido el más desgraciado. Sus hermanos podrían trabajar mancomunadamente y aprovechar sus fuerzas para acumular algo de riqueza, algo que el padre, aunque muy bueno, no había podido lograr por su tozudez y viejos hábitos. En cambio él, con un simple gato, nada podría hacer para ganarse la vida. 

Al tanto de los pensamientos de su nuevo amo, el gato, para nada un felino doméstico común, lo sorprendió al hablar cual si fuera una persona y le dijo: 

-No lamentes en vano, pues ciertamente de los tres eres el que ha salido mejor parado. Para demostrártelo y consolidar tu fortuna solo necesito que me consigas un par de botas y un saco. 

Sorprendido, el muchacho le buscó al gato lo que este demandaba. Siempre había sabido que el gato era muy astuto por su comportamiento extraño en comparación con otros animales, pero nunca había imaginado que pudiese hablar, y mucho menos coordinar acciones para un plan como el que al parecer tenía ideado. 

Así, el gato tomó sus botas y se las encasquetó y saco en ristre salió hacia el bosque. 

Una vez llegó allí llenó el saco con hierba y trampas para animales y se tiró en el suelo, simulando estar muerto. 

A los pocos minutos varios conejos se acercaron al saco y al intentar comer de la hierba que contenía, quedaron atrapados en las trampas. 

Contento por el triunfo de su ardid, el gato con botas recogió el saco con los conejos y fue al palacio real, donde pidió hablar con el rey para entregarle un presente de su amo. 

Los guardias lo dejaron entrar y, ya frente al monarca, el gato exclamó: 

-Su Majestad, permítame entregarle este obsequio resultante de su habilidad para cazar, de mi amo el Marqués de Carabás. 

El rey nunca había oído hablar de tal noble, pero los conejos tenían tan buena carne, que enseguida pensó que se trataba de un muy buen cazador y gustoso aceptó el regalo. 

-Gracias por este presente, gato –dijo el rey-. Asegúrate que tu amo reciba mi gratitud y dile que es bienvenido en nuestra corte. 

El gato desbordaba de júbilo y rápidamente fue a poner al tanto a su dueño, incapaz de comprender la estrategia de su felino. Este le pidió que lo dejara actuar, que llegado el momento comprendería de qué iba todo. 

El día después de haber cazado los conejos y regalárselos al monarca, el gato repitió su operación. Esa vez, la presa fueron dos perdices y a cambio recibió una propina del rey, que vino muy bien al joven que heredó tan astuto gato con botas. 

El tiempo fue pasando y por varios meses el gato llevó el resultado de su caza al rey, que siempre le daba algo a cambio y le manifestaba su interés por conocer al Marqués que tantos detalles tenía con él. 

Pero resulta que un día las condiciones que el singular felino requería para pasar a la siguiente etapa de su plan se materializaron. 

El rey salió en su carruaje junto a su hija, la bella princesa de la comarca, a dar un paseo por la ribera del río. 

Enterado de esto, el gato instó a su amo a meterse en el río en paños menores y le pidió que lo dejase actuar y solo le siguiese el rollo. 

El joven hizo tal cual le pidió el gato sin cuestionarse nada. En definitiva, llevaba ya varios meses viviendo del dinero que su astuto compañero animal le llevaba cada día. 

Cuando el carruaje pasó por las cercanías del sitio exacto en el que el joven se bañaba, el gato comenzó a gritar: 

-Auxilio, auxilio! Unos ladrones han asaltado a mi amo y se han llevado su ropa. Por eso está en el río, avergonzado y sin poder salir. 

Apenas lo escuchó el rey mandó a detener su caravana. Había reconocido al gato y preocupado por la suerte del noble Marqués de Carabás, le pidió al gato que le contase la historia con lujo de detalles. 

Así lo hizo el gato y ganó la solidaridad del monarca, que ordenó dar ropas lujosas al Marqués, para que pudiera salir del agua. 

Cuando esto estuvo hecho el rey trabó inmediata confianza con el supuesto noble que había estado regalándole el resultado de su habilidad para la caza durante meses. 

El joven hijo de un pobre molinero había ganado en astucia desde el momento en que heredó a su gato con botas, razón por la que comprendió de inmediato el sentido de todo lo que había estado haciendo su suerte de mascota. 

De esta forma, aceptó la invitación del rey a acompañarlo a él y su hija en el carruaje, durante el resto del paseo. 

A medida que avanzaba, la caravana real se encontraba a su paso a productores de heno, trigo y otros cultivos de gran demanda en el palacio. El rey siempre ordenaba detener el paso de su carruaje para interactuar con los trabajadores y preguntarles para quién trabajaban y de quién eran las tierras en la que lo hacían. 

Estos, a los que oportunamente el gato con botas, que iba al frente de la caravana, les había alertado lo que debían decir para supuestamente no morir, respondía al monarca que eran trabajadores del famoso Marqués de Carabás, dueño y señor de las tierras por las que el monarca transitaba ahora mismo. 

Mientras esto pasaba, en la cabeza del rey iba cobrando cada vez más forma una idea. El joven Marqués era el pretendiente ideal para su hija, la que al parecer estaba encantada con el joven tanto como él lo estaba con ella. 

Unos kilómetros más adelante de donde habían visto al último productor de trigo, los nobles se encontraron con un fabuloso castillo, que competía en belleza y esplendor con el palacio real. 

Pero sucede que unos minutos antes de que la caravana llegase, el astuto gato, que se había adelantado aún más, había tomado cartas en el asunto.

Ese castillo, el cual conocía muy bien, era propiedad de un horrendo ogro. 

El gato conocía que esta criatura tenía la extraña habilidad de convertirse en animal. 

Por ello, cuando llegó al castillo y lo vio, le increpó: -

¿Es cierto que tienes la habilidad de convertirte en cualquier animal? 

-Por supuesto que sí -le dijo el ogro, al tiempo que se convertía en un león. 

Sin dejarse amilanar ante la impresión y el temor que le causaba el llamado rey de la selva, el gato con botas agregó a la conversación: 

-¿Pero acaso serás capaz de transformarte también en animales más pequeños? 

-¿Por quién me tomas? Claro que sí –exclamó orgulloso el ogro, mientras se convertía en un ratón. 

Esta era la oportunidad que el gato esperaba. Apenas vio al roedor le fue encima y se lo tragó de golpe, de forma que el castillo quedaba sin amo. 

Así, cuando la caravana real llegó, la recibió y con mucha solemnidad dijo: 

-Bienvenido Su Majestad y bella princesa al castillo de mi amo el Marqués de Carabás. Pueden disponer de sus terrenos como gusten para descansar y volver cada vez que les apetezca. 

Esto era lo que necesitaba oír el rey para tomar su decisión. El joven, guapo y rico Marqués de Carabás era sin dudas el candidato perfecto para desposar a la princesa y sucederlo en el trono. 

Y exactamente así fue al cabo de pocos meses. El joven vivió feliz para siempre con su bella y adorada esposa, orgulloso de haber heredado a un astuto gato con botas que lo convirtió en rey.

                         El gato con botas